48
Edén
—¿Qué haces aquí?
Me sobresalté al reconocer la voz de Avikar, por lo que el guante se me quedó atascado en la trituradora. Con los ojos de par en par, observé cómo se lanzaba a apagarla a la vez que parecía querer zarandearme.
Lucía el traje de tres piezas en color negro. Sin embargo, había escogido una de las camisas que le compré y la había combinado con una corbata del mismo color. Era el día de su cita con la señorita Grenier.
—¡Chod! Te juro que si te vuelvo a ver usar el aparatejo ese, lo convertiré en una linda maceta.
Su apariencia general era un desastre. Tenía la corbata y los primeros botones de la camisa sueltos; además, llevaba las mangas arremangadas, y su cabello estaba más desordenado de lo usual.
Parpadeé varias veces mientras él daba la vuelta y entraba a la oficina.
—¿Estás bien?
—Sí, lo estoy.
Apagué la computadora y me aseguré de dejar todo en orden, aunque me apresuré. Él siempre estaba impoluto y eran muy pocas las ocasiones en que no. Sin embargo me quedé en la entrada y observé cómo tiraba sus pertenencias en el escritorio. Entonces se dejó caer en la silla y cerró los ojos.
Me acerqué paso a paso y, sin pensarlo demasiado, subí a horcadas sobre sus piernas a la vez que le entrelazaba los dedos en el cabello. Tal vez era un atrevimiento por mi parte, pero intuí que algo no estaba bien. Ante mis acciones, soltó el aire de golpe como si se desinflara.
—¿Por qué siempre estás ahí?
Su voz había sido apenas un susurro.
—¿Quieres que me vaya?
Me rodeó la cintura.
—No.
No hubo duda en su voz, lo que provocó que se me aceleraran los latidos del corazón.
—¿Qué sucedió?
Se encogió de hombros mientras negaba con la cabeza.
—No vale la pena. ¿Por qué no vas tú al musical? Sería una lástima que esos boletos se perdieran. Aún puedes llegar a tiempo.
Solo entonces abrió los ojos y con la mano izquierda me rodeó la cintura para impedir que me cayera. Entonces se estiró hasta el escritorio para tomar los boletos y entregármelos.
—Gracias, ¿son dos?
—Sí, puedes invitar a quien tú desees.
Intenté reprimir una sonrisa al verlo apretar los labios hasta formar una línea recta.
Observé las entradas. La obra era Eugene Onegin. Comenzaba a las siete y media y era una única presentación.
—¿Por qué no vas con la señorita Zoey?
Se lo propuse porque, desde el día del juego, me había evitado, aunque no estaba enojada con él, pues era lo que le había pedido.
—El teatro no es lo suyo y tenía una noche de chicas. Algo de ir a una cata de vinos en la tienda entre las calles 11 y 14. Al parecer tienen un nuevo sommelier.
—¿Y no hay nadie más? —Hice una pausa—. ¿Quizá la señora Marima?
No creía que quisiera ir con su madrina, además faltaría un boleto para el señor Aarón, su padrino, pero quería darle la oportunidad de que me invitara. Sin embargo, al pasar los minutos entendí que no lo haría, por lo que tomé la iniciativa.
—¿Quieres acompañarme?
—¿Disculpa?
Abrió los ojos de par en par ante mi sugerencia, como si fuera la más descabellada del mundo.
¿De verdad se le hacía tan imposible creer que quería que me acompañara?
¿O su incredulidad era porque yo pensara que él querría ir conmigo?
Lo cierto era que era la primera vez que invitaba a un hombre a salir y, todo indicaba que sería rechazada.
—¿Me acompañarías? Nunca he ido al teatro.
Procuré mantener el tono casual, si bien desvié la mirada en un intento de ocultarle cómo me lastimaba su respuesta. Sabía que a las personas no les gustaba estar en público conmigo, pero jamás pensé que él fuera una de ellas.
—¿Quieres ir conmigo?
Entrecerró los ojos, como si intentara cerciorarse de que hablaba en serio. Sin embargo, añadí:
—Al menos uno de los dos iría bien vestido.
Había intentado que mi voz tuviera un tono divertido y despreocupado, si bien había salido más pausada de lo usual.
Ese día vestía un traje azul en seda y un cinturón del mismo color. Se me ceñía al cuerpo, aunque las mangas eran abombadas. Lo cierto era que no era muy abrigador.
Había intentado verme hermosa, espectacular, que cuando él me viera sintiera al menos una pizca de arrepentimiento por haber invitado a la señorita Grenier y no a mí. Algo ridículo, lo reconocía, y más porque yo misma había programado sus citas del día y él ni siquiera debía estar allí.
Le sonreí, en un intento de enmascarar cuánto me dolía su rechazo.
—Eres hermosa y siempre vistes muy bien. Nadie pensará que estás fuera de lugar.
Sí, era atractiva y mi vestimenta impecable, pero en cuanto me escuchaban hablar y observaban mis actos, las personas huían de mí.
—¿Eso es un sí?
¿Cómo lo miraría a los ojos al día siguiente? ¿O al otro? Y añadí:
—Como amigos, sin cena o cualquier otra actividad que lo convierta en una cita.
Me dedicó esa pequeña curva que ya me resultaba familiar. Y me recorrió el rostro con la mirada antes de fijar esos ojos oscuros en los míos, lo que provocó que contuviera el aliento.
—¿Significa que no podré apartar a los caballeros que se acercarán a ti?
Se me escapó la risa. Sabía que solo lo decía por preservar mi dignidad, si ni siquiera él quería acompañarme.
—Me aseguraré de sujetarte al asiento para que no me los espantes.
Asintió una y otra vez.
—Me lo merezco. Al menos ¿podrías ser tan amable de arreglar mi apariencia para lucir un poco decente a tu lado?
Parecía más relajado, o tal vez yo quería creerlo. Tal vez solo era un acto dulce porque no sabía cómo deshacerse de mí.
—No seas indulgente —lo amonesté—. Si alguien me pide una cita, diré que sí.
—Entonces estaré toda la obra así.
Creí percibir cierta diversión en su voz, aunque no podía estar muy segura, pues siempre se comportaba con propiedad y recato y en ese instante no era diferente. ¡Era yo quien había subido a su regazo!
Nos contemplamos unos segundos antes de que llevara las manos a su corbata, dispuesta a hacerle el nudo.
—Ok, no soy tan valiente.
Sin embargo me tomó desprevenida cuando me sujetó las manos y me impidió moverme.
—No tenemos una hora.
No estaba segura de qué sucedía, tal vez era su último intento para que desistiera de esa tonta idea de que me acompañara. ¡Su única intención al entregarme los boletos era que no se perdieran!