El silencio de Avikar 47
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Edén

Me escapé cuando la puerta volvió a sonar, aunque los hermanos seguían cada uno de nuestros movimientos con miradas pícaras y sonrisas guasonas.

¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

Con disimulo me llevé la mano hasta el bolsillo derecho del pantalón para sentir el estuche. Entonces exhalé y abrí la puerta.

—Buenas noches, señorita Edén —dijo el señor Logan.

—Hola, Edén. —Detrás de él se encontraba la señorita Zoey.

—Señorita Edén. —Saludó con formalidad la señora Madison unos pasos más atrás del brazo de quien debía ser su esposo.

—Esta debe de ser la puerta que más ayudantes ha requerido para montarse —exclamó el señor Owen. Sus primos rieron—. ¡Vamos, fue gracioso, Antoine!

Al parecer, ellos no advirtieron ese destello de travesura que apareció en sus ojos.

—Pasen, por favor. Está muy fría la noche.

En menos de diez minutos su familia se había adueñado de mi hogar, debajo de los anoraks llevaban la camiseta del equipo. Agradecí ser fanática del mismo equipo, porque si no la situación se tornaría más extraña de lo que ya era.

El señor Logan ayudó a Avikar con la puerta. El señor Owen, Jack y Alex, el esposo de la señora Madison, ocuparon el sofá para ver lo que restaba de juego. En cuanto entré a la cocina, sus primas ya habían puesto a freír las papas.

Era una experiencia nueva.

Abrí el refrigerador y saqué el litro del caldo de pollo que mamá me había empacado.

Lo coloqué en la encimera, a la distancia justa.

De la alacena bajé la olla y la puse en la hornilla, entonces vacié el jugo en la olla y encendí la estufa.

Entretanto, las Avikar seguían envueltas en su conversación.

Miré de reojo el televisor cuando los hombres comenzaron a vitorear. De pronto, la cocina quedó en silencio.

—¿Te gusta el hockey? —La señorita Zoey tenía los ojos abiertos de par en par.

—Sí.

—¿Por qué? —dijo con incredulidad la señora Madison.

—Me gusta verlos patinar y jugar en equipo.

—A mí se me hace tan bárbaro. —La señora Madison estaba escandalizada.

—¿Al menos son guapos? —contrapuso la señorita Zoey.

Ambas seguían pendientes de las papas. La señora Madison las escurría y su prima las echaba a freír.

—Creo que sí.

—Pero ¿cómo vamos a saberlo? Tienen demasiada ropa cubriéndolos. ¡Y los cascos! —se quejó la señorita Zoey.

—Es que se tienen que proteger del frío y los golpes.

—A ella le gustan más destapaditos —intervino la señora Madison.

De la alacena, bajé cuatro platos grandes. Con disimulo, coloqué el pulgar en el borde del mostrador y extendí el índice para acomodarlos, tanto vertical como horizontal.

—¿Desde cuándo a ti no? —reclamó la señorita Zoey.

—Desde que estoy casada.

Agarré las papas que ya no tenían grasa en exceso y me aseguré de que cada plato tuviera la misma cantidad.

—Casada, pero no ciega. No me digas que te enamoraste de Alex. —No me pasó desapercibida la incredulidad de la señorita Zoey.

—Tanto como enamorarme, aún no lo sé, pero es un dios en la cama.

Las observé de reojo por su conversación. No entendía de qué hablaban.

—Creo que nuestra amiga canadiense está perdida. Su matrimonio fue arreglado, Edén —me explicó la señorita Zoey.

—¡Oh! —Fue lo único que pude contestar.

—¿Cómo esperaban que consiguiera esposo con todo el trabajo en la embotelladora? ¡Y Antoine con sus cambios! No nos ha dejado respirar en estos dos años —se quejó la señora Madison.

La señorita Zoey sonrió por su exabrupto y me dijo:

—Hizo a su padre, el hombre más feliz de la Tierra, al pedirle que le buscara esposo.

—Él me conoce muy bien, fue quien me crio —dijo con practicidad la señora Madison—.

Y logró un gran convenio económico con la familia de Alex.

Añádele que estamos de acuerdo en los detalles más importantes, que podemos mantener una conversación amena y que nos acoplamos a la perfección en la cama, ¿qué más podría pedir?

Ni siquiera sabía que aún se arreglaban matrimonios, pero si a ella le funcionaba, ¿quién era yo para juzgar?

—Y nada tiene que ver el hecho de que tuvieron sexo antes —dijo la señorita Zoey con una sonrisa sagaz.

—Zoey, no seas grosera. Si papá llega a saber que lo deshonré de esa manera —contestó con la piel lívida su prima.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué? ¿Qué hizo, señora Madison?

—Sé que en Canadá es normal tener sexo con un hombre antes del matrimonio, Edén. Pero en nuestra familia una unión así tiene el peso de un matrimonio no bendecido. Si mi padre se enterara, dejaría de ser su hija. Deshonré nuestro linaje, ¿lo entiendes?

Negué con la cabeza al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa que esperaba fuera reconfortante.

—No se preocupe, señora Madison. Su secreto está a salvo conmigo.

Ella sonrió, ya más tranquila, y continuaron hablando.

Cuando terminé con las papas, le vertí el gravy de pollo por encima, en una medida exacta, y le agregué los trozos de cuajada de queso para terminar el poutine. Por suerte, ellas estaban tan envueltas en la conversación que no se percataron de mis movimientos.

—Tú lo pintas hermoso —dijo la señorita Zoey al levantar sus ojos al cielo.

Tomé dos platos para llevarlos a la sala.

—Tienes suerte de que la tía Marima te perdonara que vivieras con Peter. Y de que esté concentrada en Antoine; si no, hace mucho que estarías casada —replicó la señora Madison.

—Creo que mis días están contados —contestó la señorita Zoey—. No me preguntes por qué, pero creo que papá le va a presentar a alguien a Antoine.

Parpadeé varias veces ante su comentario, pues me tomó desprevenida. Inspiré y exhalé despacio. Era lo mejor, él dejaría de buscarme y yo me concentraría solo en mi trabajo y la sensación de libertad que me brindaba.

—¿Te imaginas si llega a ver cuándo Antoine la amarró a él? —La señora Madison me señaló mientras reía a carcajadas—. Lo hubiera obligado a casarse con ella ante esa grosería.

—Me extraña que la tía Amelia no se lo haya dicho —dijo la señorita Zoey.

—Ambas sabemos que Antoine es el talón de Aquiles de las mujeres de la familia. Él podrá hacer lo que quiera.

—Se lo merece —aseguró la señorita Zoey.

—Yo nunca dije lo contrario.

Esperé a que ellas dejaran los platos en la mesa de centro para que todos estuvieran a la misma distancia, los unos de los otros, además de los bordes de la mesa. Cuando terminé, me senté en el sillón para intentar ver lo que quedaba de juego, aunque perdíamos.

—Esta vez exageraste con la limpieza, Antoine —le dijo el señor Owen cuando se acercaron a la sala pocos minutos después.

Esa fuerza invisible seguía tirando de nosotros para que nuestras miradas se encontraran. Avikar se quedó de pie mientras su primo Owen continuó su camino hacia mí. Yaad se removió incómodo, por lo que Avikar le dio permiso para que se acomodara a mi lado.

—¿Qué le pasa a ese perro hoy? —dijo el señor Logan con los ojos entrecerrados.

—Owen, bebé, ven aquí —le dijo la señorita Zoey a su primo cuando estuvo a punto de sentarse junto a mí.

—¿Para qué me quieres? —contestó él con un mohín.

La familia rio.

En cuanto se vayan tendrás que limpiar la cocina a conciencia… Lo sé… ¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí…

Con disimulo me llevé la mano hasta el bolsillo derecho para tocar el estuche.

—Creo que se nos quedó algo en la cocina. ¿Puedes ayudarme a buscarlo, por favor?

Ella se puso en pie y él la siguió.

—Antoine, siéntate. Ya te has pasado de grosero por cómo has devorado a la señorita Edén con la mirada, sentarte junto a ella no implicaría una mayor ofensa. —Había cierta burla en la voz del señor Jack.

No acababa de comprender por qué ellos consideraban una grosería las miradas, aunque después de conocer a la señora Marima sospechaba que las reglas familiares eran estrictas.

Avikar llegó hasta el sillón para sentarse.

En cuanto lo hizo, colocó su mano sobre la mía, la misma con la que acariciaba la cabeza de Yaad.

Bajé la mirada, consciente de que su familia fingía concentrarse en la televisión y pretender que nosotros no existíamos.

Con la yema de los dedos, él dibujó el contorno de mi rostro, en tanto seguía con la mirada sus propios movimientos como si deseara grabárselos en la memoria.

—Lo siento, no quería arruinarte el juego —dijo en un tono bajo y ronco.

Sonreí y desvié la mirada. Me apenaba que él conociera la inquietud que me causaba con sus roces. Negué con la cabeza.

—Es… una experiencia nueva y no me molesta.

Esa curva conocida apareció en sus labios. Ambos nos observábamos, quizás un poco más de lo debido; sin embargo, nos sobresaltamos cuando su teléfono comenzó a sonar. Todavía observándome, se lo sacó del bolsillo y frunció el ceño al romper el contacto para ver el número.

—Hola, Chloe. Sí, en el juego con mis primos. —Se levantó del sillón—. ¿Ir por ti? Sí, por supuesto. No, no interrumpes nada.

La familia soltó varias maldiciones entre murmullos mientras evitaban mirarme. En ese instante, Yaad bajó de mi regazo y comenzó a aullar.

—¡Quieto! —Él cesó su comportamiento al instante—. ¿Qué hablamos? Ve con él. ¡Ahora!

De su garganta escapó un sonido lastimero, por lo que me acerqué para acariciarlo. Entonces dio la vuelta y siguió a Avikar.

—¿Cómo sabes que es un perro de servicio? —preguntó el señor Logan.

Ahora sí todos me contemplaban y, al parecer, esperaban una respuesta.