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Edén
Avikar le ordenó a Yaad que me siguiera. Comencé a caminar hasta la cocina con él cuidando mis pasos, mientras los dos hermanos se llevaban la mano derecha sobre el corazón y fingían estar heridos de muerte. Me eché a reír.
¿Tu piel está bien?... Sí… ¿Tu garganta no te molesta?… No… Lávate las manos…
Saqué carne del refrigerador y la calenté unos minutos para colocarla en un envase y dársela a Yaad junto con agua. Entonces llené una olla con aceite y la dejé sobre la lumbre.
Yaad se acostó en el suelo de la cocina cuando terminó de comer. Era un perro bello e imponente, como su dueño. Tenía el pelaje negro y blanco, su cuerpo era fornido y tenía una cola larga y espesa.
—¿Te recuerdo a tu anterior dueño, cariño? ¿Por eso te debates entre los dos? —Comencé a acariciarlo—. Es muy sencilla la decisión, siempre quédate a su lado, ¿de acuerdo? Sé buen chico, y regresa con tu amigo.
Yaad se acercó y me rozó el rostro con la cabeza antes de salir.
Mientras ellos desmontaban la puerta del baño, pelé cinco papas grandes. Al cortarlas, me aseguré de que todas tuvieran el mismo tamaño y forma. Al terminar, las coloqué en agua con sal y las dejé reposar.
Llené la tetera con agua, con exactitud, hasta la mitad y la coloqué en la hornilla. Entonces bajé cuatro tazas de la repisa. Con cada una ubiqué el pulgar en la orilla del mostrador y extendí el dedo índice para que quedaran a la medida perfecta.
Al acercarme a ellos, media hora después, la puerta rayada estaba desmontada y Avikar medía el lugar donde debían ir las ranuras y el pomo de la nueva. Les entregué las tazas a los hermanos, mientras que el juego se escuchaba en el fondo.
—¿Necesitan que los ayude en algo?
—Por supuesto que no, preciosa —aseguró el señor Jack.
—Se toman muchas libertades con mi asistente, ¿no?
Avikar intentó sonar despreocupado, pero no lo consiguió. Lo miré de reojo un segundo y me llevé la taza hasta los labios para ocultar una sonrisa que me tomó desprevenida.
Sin embargo, todos se distrajeron cuando el teléfono del señor Owen sonó. Al contestar, encendió el altavoz, así que podíamos escuchar su conversación con el señor Logan.
—¿Dónde están? Ya se perdieron el inicio del juego.
—Todavía estamos en casa de la señorita Edén —informó el señor Owen.
—¿Qué les pasó?
—Pues que aquí al caballero con las grandes ideas y una puerta como escudo, se le olvidó que para poderla instalar había que hacer los rebajes para las bisagras y el agujero del pomo —explicó el señor Owen mientras se rascaba detrás de la cabeza.
—Voy para allá —respondió el señor Logan.
—No es necesario —dijo Antoine.
—Ethan sabe la dirección, ¿verdad? Llego máximo en media hora —insistió él.
El señor Owen se guardó el teléfono mientras Avikar contemplaba la puerta como si esta pudiera decirle qué hacer.
—Antoine, ¿qué te pasa? Hay que ensuciar un poco si es que quieres terminar. —El señor Jack lo observaba con los ojos entrecerrados por su actitud.
—Lo haré en la calle.
—¿Con el frío que hace? ¡Yo no voy a salir! —exclamó el señor Owen—. Me voy a sentar a ver el juego.
Di los pocos pasos que faltaban para estar al lado de Avikar y le entregué la taza, la misma que había utilizado la primera vez.
—No me importa, hazlo aquí —susurré para que solo él me escuchara.
Nuestras miradas se encontraron otra vez. Miró la puerta, luego volvió a mí, todavía indeciso.
—Sé que piensas que mis obsesiones son con la limpieza y el orden. En parte sí, pero… —Hice una pausa y apreté entre los dedos mi propia taza —No sé cómo explicarte. Por su olor, sé que la puerta es de madera en su totalidad y estoy en casa.
Volví a detenerme porque sabía que mis palabras no tendrían sentido para él, pero todavía no podía explicarle y mucho menos ese día con tantas personas a nuestro alrededor.
—No vas a desencadenar una reacción si la cortas aquí mismo y veo los pedazos o el aserrín.
Me acunó el rostro entre sus manos y me contempló como si necesitara comprobar que no le mentía. En ese momento mis palabras eran sinceras; sin embargo, también era culpable de omisión.
—¿Estás segura?
—Sí. —Sonreí—. Date prisa, nos perderemos lo que queda del juego.
Me acerqué y le dejé un beso en el pómulo. No estábamos en la oficina, además, el CEO de la empresa no era el que me visitaba, solo Avikar, el hombre, que por algún motivo necesitó verme con la excusa de traerme una puerta.
—¿No hay uno de esos por ahí para mí también? —dijo el señor Jack con una sonrisa pícara en los labios.
Se escuchó un gruñido. ¿Había salido de la garganta de Antoine? El señor Jack y yo lo miramos con los ojos muy abiertos durante unos segundos.
—Ahora, ¿quién es el grosero?
El señor Jack rio a carcajadas mientras yo bajaba la mirada.