El silencio de Avikar 45
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Edén

Me senté en el sillón con un tazón de poutine entre las manos.

Estaba lista para ver el juego de los Ice contra los Broncos que comenzaría en media hora.

El día había sido largo y solo deseaba distraerme un poco e ir a dormir, lo que para mí significaba una rutina de cuatro horas.

Las primeras dos las dedicaba a dejar todo organizado para el día siguiente; las otras dos, acostada en la cama, a lidiar con mis obsesiones mientras permanecía despierta.

Sin embargo, no alcancé a llevarme el primer bocado a la boca cuando tocaron a la puerta. Se me hizo muy extraño porque no solía recibir visitas.

—¿Qui-quién es? —pregunté al acercarme con dudas.

—Antoine… —Hizo una pausa—. Owen, Jack y Yaad me acompañan.

Me acerqué a la mirilla para comprobarlo. En cuanto lo hice, quité el cerrojo y abrí. Ahí estaba él, ¿con una puerta en sus manos? Yaad se acercó a mí para que le hiciera mimos y lo rasqué detrás de la oreja.

—Avikar, ¿qué–qué es eso?

—Yaad rayó la puerta de tu baño y es mi responsabilidad cambiarla. ¿Podemos pasar?

En sus labios tenía esa pequeña curva.

Los guantes. Tienes que buscar los guantes… He estado con ellos las últimas semanas y no ha pasado nada, estoy en casa… Pero ellos, no sabes de dónde vienen, qué tocaron. Usa los guantes…

En la mirada de los hermanos Avikar brillaba la diversión por la peculiaridad del asunto.

—Sí… Mmm, por supuesto, pasen. Vamos, cariño —le dije a Yaad, que me siguió muy obediente cuando giré.

—¿A quién se refiere? ¿A Antoine o al perro? —reconocí la voz del señor Owen.

Segundos después escuché un golpe al mismo tiempo que él gritaba:

—¡Chod!

No conocía el significado de esa palabra, pero por lo agudo de su tono, parecía un improperio.

El baño se encontraba en el mismo pasillo, por lo que solo tuvieron que dar un par de pasos. Avikar apoyó la puerta en la pared y observó la que Yaad había arañado. Por otro lado, sus primos se abrieron paso hasta la sala.

—Ya intentaste arreglarla.

Avikar había buscado mi mirada y fruncí el ceño, pues parecía desilusionado.

—Sí…

Mi voz sonó más pausada de lo usual.

—No quedó tan mal con la masilla, de verdad no tienes que hacerlo.

—Pero quiero.

Su mirada se quedó colgada de la mía, quizás unos segundos de más. Su rostro seguía impasible, pero respondió sin vacilar.

—Tenemos que darnos prisa porque el juego comienza en veinte minutos —comentó el señor Jack, desde la sala, al mirar la televisión.

—¡El juego! —exclamé demasiado sobresaltada y volví a suplicarle—: Avikar, es una tontería. Sabes que no debes…

—Déjame, Edén, por favor.

Antoine apartó la vista cuando uno de sus primos se colocó a mi lado.

—¡Wao, señorita Edén! Esto está delicioso. —El señor Owen llevaba entre sus manos mi tazón de poutine.

—Deja la grosería, le debes respeto a la señorita Swan —lo reprendió Avikar.

—Se supone que íbamos al juego y nos tienes dando vueltas en una ferretería desde hace más de una hora, ¡sin comer! Además, prueba esto: las papas están crujientes y bien condimentadas.

Busqué a Avikar y lo encontré mirándome. Apretó los labios al escuchar a su primo.

Tienes que lavarte las manos e ir por los guantes… No es necesario, es obvio que no traen nada peligroso sobre ellos… Los guantes… Los guantes… Los guantes… ¿Lo tienes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

—Ya sé que Edén cocina delicioso —respondió él. Entonces apretó los labios en una línea recta.

—¿Delicioso? Está mejor que el de cualquier estadio. ¡Es una diosa! —dijo el señor Owen. Me guiñó un ojo mientras añadía—: Otro punto más a tu favor. Esos niños de piel morena y ojos azules se vislumbran cada vez más en el panorama.

—Señor Owen, usted sabe que mi corazón fue flechado por otro —contesté con una sonrisa inocente al ojear a Avikar—. ¿Verdad, cariño?

Me acerqué a Yaad para acariciarle las orejas.

—¿Tienes hambre? Vamos.