El silencio de Avikar 44
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Edén

Atravesamos los portones de hierro que daban acceso a la mansión Avikar. Jacob condujo despacio el kilómetro que hacía falta para llegar a la casa, pues una sábana de nieve cubría el suelo.

Cuando salí de la embotelladora, le había pedido que me llevara a la tintorería. Hacía dos días, Avikar había viajado a Vancouver con el señor James y había aprovechado ese tiempo para llevar todos sus trajes a la tintorería y al sastre.

—Gracias por traerme, Jacob —dije cuando se detuvo frente a la puerta de cedro de dos metros de altura.

—En cuanto termine me llama para llevarla a la embotelladora o su casa.

—Sí. No creo tardar tanto.

—No se preocupe por eso.

Asentí y salí del automóvil.

Era la tercera vez, desde que trabajaba para él, que visitaba el hogar de los Avikar, una mansión de veinte habitaciones, algunas del tamaño de un departamento común.

Toqué el timbre y esperé. No importaba en qué parte de la casa estuvieras; llegar a la entrada siempre tomaba varios minutos.

Era un lugar imponente, de dos pisos. En el primero se encontraban las áreas comunes y en el segundo las alcobas.

el techo piramidal, cubierto de tejas grises que, junto con el blanco de la piedra caliza, creaban un estilo clásico.

Sobre mí había un gran candelabro negro en forma de farol.

Escuché cómo abrían la puerta y aseguré los trajes que llevaba entre mis manos, junto a la bolsa con algunos productos que él necesitaba.

—¡Hola, señorita Edén! —exclamó el ama de llaves—. ¡Qué gusto verla por aquí una vez más! Pero pase, no vaya a ser que se enferme con estos fríos. No sabe cuánto extraño mi tierra tropical con el vaivén de las olas y ese sol inclemente.

—Buenas tardes, señora Valentina.

Como siempre, mi voz sonó pausada, haciéndome envidiar su capacidad de decir cincuenta palabras por minuto.

—Usted siempre tan formal.

Señalé las prendas en mis manos enguantadas, junto con la bolsa.

—Disculpe la grosería. Solo vine a dejar las pertenencias de Avikar y me retiro.

Hizo un ademán para que entrara mientras me ayudaba con la carga y la seguí.

El piso del recibidor era de piedra blanca y las paredes de paneles de madera en el mismo tono.

Era tan grande como una cancha de hockey.

Del techo colgaba un magnificente candelabro con treinta brazos con prismas y cristal Baccarat.

Una pequeña mesa de madera y dos butacas eran los únicos muebles, aunque, lo más atrayente para mí era la escalera por su barandal en metal con un patrón curvo muy romántico.

Era lo único que conocía, además de los largos pasillos y la habitación de mi jefe.

Comenzamos a subir los treinta y tres escalones en madera.

—¿Qué grosería? Si el señor dejó muy claro que se le recibiera en cada ocasión. ¡¿Qué pensará usted de mí?! Va a decir que no me callo.

—Me gusta escucharla hablar. A usted le florecen las palabras.

Ella sonrió con dulzura cuando terminamos de subir.

—¡Qué dice por dios! Si usted es muy fina. Habla pausadito como las princesas.

Caminamos el largo pasillo hasta llegar a la habitación. Tras una despedida efusiva, la señora Valentina regresó a sus labores.

Ese milisegundo de calma me golpeó cuando cerré la puerta y el olor a cardamomo y clavo almizclado de su perfume invadió mis sentidos.

Era un lugar que me gustaba mucho, algo que me sorprendía, pues no era un sentimiento común en mí.

La primera vez que vi el piso, me sonrojé, pues era de un gris perlado como el que había utilizado en la oficina.

Los paneles de madera eran color caoba. Sobre la cama, del techo sobresalía un panel bajo gris perlado, con iluminación integrada que aportaba luminosidad a la habitación.

Pronto descubrí que su propósito era ocultar el conducto de la calefacción.

A mi derecha se encontraba una cocina con un horno de microondas, una plancha eléctrica, un pequeño refrigerador, una barra con dos asientos y un fregadero diminuto, todo en acero inoxidable.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Veinte baldosas más allá estaba el despacho.

Era un diseño ingenioso. Del techo, sujeto por dos cables de metal, colgaba una especie de escalera vertical, con medio metro entre cada escalón del mismo tamaño.

Ese tipo de mobiliario delimitaba el área sin interrumpir el concepto de espacio abierto.

En el último peldaño estaba una laptop y en los demás, carpetas y libros diversos.

A solo unos pasos de la puerta se encontraba la sala con una pantalla plana empotrada en la pared de fondo y dos sofás negros dispuestos en línea, tan amplios que podían acomodar a la familia completa.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Giré a la izquierda. Al llegar al armario, quince baldosas después, deslicé la única puerta en la habitación. Me acerqué a los percheros y coloqué los cerca de veinte trajes ordenados por color.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Cerca de una hora después, acomodaba siete camisas de cachemira, cuando escuché a alguien entrar.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

—¿Se puede ser más grosera? —dijo la señora Marima, madrina de Avikar.

Era una mujer madura, si bien su piel era lozana y con un brillo inigualable, por lo que el maquillaje solo complementaba su belleza.

Lucía un atuendo tradicional indio, y el color esmeralda de la ropa y los bordados en oro resaltaban sus ojos.

Además, lucía joyas muy finas y llevaba su cabello en un recogido clásico.

—Buenas tardes, señora Avikar. Llevé los trajes de su ahijado a la tintorería.

Detuve mis movimientos para prestarle atención. Ella comenzó a caminar por el armario, mientras revisaba cada prenda.

—Si pensaste en encontrarte con él, no está.

Su tono de voz intentaba sonar despreocupado, incluso agradable, pero sabía que le molestaba mi presencia en ese lugar tan privado.

—Lo sé. —Levanté la mano izquierda para mirar el reloj—. En este momento se encuentra con el señor James en Vancouver, su vuelo sale en una hora. En cuanto llegue se reunirá con sus primos en el Rex para ver el juego.

Frunció el ceño como si fuera muy extraño que conociera cada movimiento de mi jefe, aunque fue él mismo quien lo exigió. Sabía dónde estaba a todas horas.

—¿Incluso sabes sus citas personales?

Asentí. Entonces se acercó a las camisas que acababa de colgar y tocó la tela.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

—Esas prendas no son suyas.

—Me tomé la libertad de comprarlas y enviarlas a lavar en seco y planchar. Al parecer, el frío se extenderá este año y no tenía suficientes camisas abrigadoras.

Ella asintió, aunque siguió con el escrutinio. Se detuvo en seco al ver el traje ejecutivo negro envuelto en papel de tela para protegerlo.

—Este es su atuendo más costoso. Solo se lleva a la tintorería si él lo usa.

Asentí.

—En unos días planea ir al teatro. Si él decide usarlo, estará impecable.

Entrecerró los ojos. Ante ella me descubrí justificándome más de lo necesario. Quería agradarle y hacerle ver que solo procuraba el bienestar de mi jefe.

—Conoces demasiado bien su agenda.

—Soy su asistente. De mí depende que su imagen sea perfecta.

Por algún motivo sentía que debía justificar cada uno de mis movimientos ante ella, aunque no hacía nada extraordinario. Quizás un poco por llevarme todos los trajes, si bien, él no se encontraba en la ciudad y en ningún momento le habían hecho falta.

Sus facciones se endurecieron. De algún modo enderezó su ya alineada figura.

—Conozco a mi ahijado. Sé lo maravilloso que es para mujeres como tú.

Su tono de voz permanecía calmado, aunque alcancé a percibir la advertencia en sus palabras.

—En este momento quieres abarcar cada aspecto de su vida, volverte imprescindible, sin embargo, ten cuidado. Porque cuando él quiera ser indispensable en la tuya, no te gustará y solo lo harás sufrir. Mi exhortación es que te alejes, él tiene una familia que se encarga de su vida personal.

Intenté responderle que no tenía nada de qué preocuparse, pero ella no me lo permitió.

—¿Crees que es fortuito que no tuviera una asistente durante dos años?

Cuando él eliminó el contrato de las computadoras, tu llegada nos tomó por sorpresa.

Excepto mi cuñado James, el resto de la familia te considera adecuada, pero escucha a tus mayores cuando te dicen que él es un hombre particular, uno que es muy difícil de comprender.

Mantén la oficina impoluta, esa es tu única obligación.

Sin embargo, en todo momento le sostuve la mirada e intenté que mi voz fluyera con normalidad al responderle:

—Él me lo pidió y yo cumplo cada una de sus órdenes. Si me disculpa continuaré con mi trabajo.

Giré para terminar de colocar la última camisa en su lugar. En algún momento ella se fue.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

El baño compartía espacio con el armario, lo que me parecía práctico.

El piso y las paredes estaban cubiertos de baldosas en color gris cemento, además eran antideslizantes.

El lavamanos y el inodoro eran de porcelana blanca con las llaves en acero inoxidable.

La ducha de cristal era de gran tamaño, con distintos aspersores en diferentes alturas.

Me pareció extraño que en la pared sobresaliera un material que imitaba la madera hasta formar un asiento curvo en el piso.

Me preguntaba para qué quería algo así en la ducha. Me sorprendí imaginando las distintas formas en que podría tener a una mujer a su entera disposición.

Dejé atrás la divagación. ¿Desde cuándo pensaba en sexo? Me concentré en cambiar los envases de champú y desodorante, el único motivo por el que había entrado.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Al salir, deslicé la puerta de caoba y caminé hasta la cama king size que se encontraba al lado de un gran ventanal. Sobre ella había un cuadro del glaciar Creek que cubría casi por completo la pared. Como en las otras dos ocasiones, hice una pausa para observarlo.

Las personas podrían pensar que el hielo y la nieve eran distantes o insulsos, sin vida. Pero yo sabía que no, lo que sobrevivía en esas condiciones mostraba una resistencia y un empuje que yo anhelaba.

Me acerqué a la cama y retiré las sábanas. Siempre que regresaba de viaje o de casa de mis padres, quería recostarme en sábanas frescas. Y quería que él también lo experimentara.

Al terminar, una hora después, llegué hasta la cocina para dejarle algo de fruta fresca. En el refrigerador guardé una cena que solo tendría que calentar unos minutos en el microondas y algunos envases de agua.

Me aseguré de que todo quedara donde él lo había dejado. Cuando salí llevaba en mis manos los envases casi vacíos de champú y desodorante, además de las sábanas. Ese olor a cardamomo y clavo almizclado me acompañaba.

Durante el camino, revisé mi correo y redes sociales, pues algunos días tenía problemas con la señal de internet y no quería perderme ningún mensaje que él me enviara.