El silencio de Avikar 42
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Edén

Sin mirar a Antoine, que permanecía junto a mí, caminé hasta el asiento y mantuve la mirada fija en las puertas del salón de juntas. El lugar estaba envuelto en el más vergonzoso silencio.

—¡¿Qué?! —reclamó el señor Owen—. ¡Como si no me conocieran! Ustedes están muy sensibles hoy.

Todos regresaron a sus asientos y, por algún motivo, permanecieron en silencio, lo que solo conseguía enervarme más y más. Fue la señora Amelia quien lo rompió al decir:

—¿Es esto lo que quiere, señorita Edén?

Dirigí la mirada hacia la pantalla táctil. Frente a mí, en tercera dimensión, apareció una imagen con cada punto que había expuesto. Me levanté para acercarme. La señora Amelia le había añadido una hilera de gotas para dar a conocer que el producto que se ofrecía era agua.

Agua… Iceberg… Pura… Cristalina… La tipografía sigue siendo obsoleta… Quizás eso no sea malo, solo hay que encontrar una que los identifique. Que ellos mismos la reconozcan como suya…

—¿Tendrá una tipografía parecida a la rúbrica del señor Mahir Avikar?

—Eso es muy sencillo, es la misma que la de Antoine —dijo la señorita Zoey.

No volteé para observarla, pues estaba concentrada en la etiqueta.

Quería descifrar qué haría falta para que fuera perfecta.

La señora Amelia había limpiado el frente y había colocado en los costados la información sobre la procedencia del agua, la cual provenía del glaciar Creek en Cranbrook.

En la parte posterior del envase se encontraban los símbolos pertinentes sobre reciclaje y cumplimiento de la normativa canadiense.

La embotelladora no podía utilizar una etiqueta transparente, como era la tendencia en las marcas de prestigio, que utilizaban botellas de vidrio o plástico, para poder presumir de la pureza de su producto.

Por eso, Por eso, el cambio a un envase de cartón había sido arriesgado, aunque había rendido frutos.

Esa había sido la razón de pedir el blanco lustroso que simularía la apariencia de un iceberg.

—¿Qué nos diferenciará de los demás? Más o menos es igual a lo que ofrecen las otras compañías —dijo la señora Madison cuando su mamá encontró la tipografía que le solicité y la dejó en color negro.

El bolígrafo… El bolígrafo color oro de Avikar. También era de su abuelo, ¿no?

—Por favor, señora Amelia, que Avikar sea de color oro.

Ella sonrió e hizo el cambio. La familia se quedó sin aliento al contemplar en tres dimensiones lo que yo imaginaba como la etiqueta perfecta para ellos.

Sin embargo, tardé varios minutos en atreverme a ojear a mi jefe y conocer lo que pensaba. ¿Qué tal si la detestaba? Tragué con dificultad y cuando por fin me atreví a mirarlo, lo encontré con esa pequeña curva en los labios.

—Es como si papá firmara todos los envases con su puño y letra —exclamó el señor Benjamín.

Asentí mientras le respondía:

—Avi… El señor Avikar me contó cómo su abuelo les ofreció empleo a todas las personas que se lo pidieron.

Creo que estarán de acuerdo con que fue un hombre generoso.

Tanto él, al tener la visión de su empresa y hacerla realidad, como el señor Aarón, que la mantuvo como la principal embotelladora de Cranbrook, y Antoine, quien traspasó la frontera con su producto, los considero hombres sabios.

No se me ocurre algo más bello que presenciar cómo ustedes trabajan en familia.

Cada uno desempeña un papel imprescindible dentro de su área.

No hay nada más perfecto que ver caer el agua cristalina en el envase, detenerse en el momento preciso y moverse en sincronía hasta el área de sellado hermético.

Sé que hacen todo lo posible por mantener el precio asequible, pero su producto es de lujo.

Lo único que hicimos fue limpiar la imagen y modernizarla, pero respetamos el legado del señor Mahir Avikar.

Eso es lo que los diferenciará de los demás.

—Es la misma etiqueta —dijo con fascinación la señorita Zoey—. Solo que… ¡Wao!

—Unos cambios tan sencillos hacen una gran diferencia. Si no llego a estar aquí, no les creo —exclamó el señor Logan.

Avikar regresó a su asiento como la cabeza de la compañía y me senté junto a él para seguir con las anotaciones de la minuta de esa reunión.

Unos minutos después, la señora Amelia le entregó una impresión de la etiqueta, que él firmó como sello de aprobación.

—Tía, envíalo a imprenta hoy mismo, por favor —dirigiéndose a su prima continuó—. Madison, paga el precio que sea, pero para mañana quiero los envases con esa etiqueta.

Se puso en pie y, mientras se abotonaba la chaqueta, dijo:

—Creo que no puedes oponerte a la imagen, tío James, después de todo es la misma e incluso incluye la firma del abuelo. No puedes alegar que nos alejamos del legado familiar.

Abrió la puerta que daba acceso a su oficina.

—Edén…

Tomé la libreta de apuntes y, asegurándome de no hacer contacto visual con nadie, lo seguí.

En cuanto quedamos solos, él me contempló.

No perdí detalle de la pequeña gota de sudor que le bajaba por la sien, sin embargo, no hacía calor.

Pensé que tal vez tenía fiebre, aunque en días anteriores no me pareció que tuviera algún síntoma.

¿Él estará bien? ¿Por qué tiene reacciones tan intensas? Y ¿por qué solo cuando estoy presente?

—¿Sabes? Por tus conocimientos, a veces pienso que estoy con una CEO.

La tensión se apoderó de mis hombros al mismo tiempo que resoplaba.

—¡Pero si sabes que nunca he trabajado!

Negó con la cabeza mientras se metía las manos a los bolsillos y daba los pasos para quedar frente a mí.

— Manejas la oficina a la perfección y tus conocimientos de mercadeo están casi a la par de los míos, déjame ponerlo en duda.

— Pu-puede que haya aconsejado a mis padres con el manejo de la granja.

—Entonces soy más certero de lo que pensaba. Sí perteneces al grupo demográfico que menos agua embotellada consume.

—No somos ricos. Ellos jamás me escuchan. Y los productos de la granja no se ofrecen al público.

Él frunció el ceño. Sabía que, para un hombre de negocios, aquella idea resultaba inconcebible. Entonces bajó la cabeza y se aclaró la garganta antes de decir:

—¿Por qué te molestó el comentario de Owen?

Di un paso atrás.

—Es obvio que tienes una relación con la señorita Grenier y ese tipo de afirmación puede crear un malentendido. No me gustaría que ella sintiera una amenaza que no existe.

Él asintió aún con la cabeza baja. Me sujeté las manos con fuerza cuando sentí la necesidad de acercarme y tomarlo entre mis brazos para reconfortarlo. No entendía qué sucedía, por qué sentía que era yo quien le fallaba.

—Sin embargo, escucharte llamarme, señor Avikar o Antoine no se siente igual. Y no es que crea que soy perfecto, nada podría estar más lejos de la verdad. Pero que solo tú me llames Avikar es…

Hizo una pausa y se aclaró la garganta.

—¿Es por su sabor?

Parpadeé varias veces ante el cambio tan abrupto.

—Nunca la he probado.

Levantó la cabeza y buscó mi mirada. En ellos se reflejaba la seguridad de haber hecho un gran descubrimiento. Sin embargo, contuve el aliento, era imposible que él supiera el motivo.

—Estoy perdido contigo, ¿verdad? La marca que consumes es la misma que utilizan tus padres y nunca la cambiarás.

Negué mientras me acomodaba un inexistente mechón de cabello.

—Soy una catástrofe como consumidora. Si todos fueran como yo, la economía mundial estaría en quiebra.

No me gustaba mentirle, pero por el momento no podía decirle. Estaba cómoda con la vida que llevaba. Despertar cada día y saber que tenía un empleo me producía una alegría que nunca había experimentado. Saber que trabajaba para él…

—Más bien, eres una consumidora leal. —Hizo una pausa larga y susurró—. Tendré que acostumbrarme a no tenerte como cliente.

El dolor en su tono de voz provocó estragos en mi corazón.

En algún momento tendrás que contarle la verdad. Tu mente exagera muchos peligros, pero no todos son imaginarios. El mundo también puede hacerte daño de verdad.

En un movimiento inesperado, me acunó el rostro.

Lo había hecho tan rápido que no me había dado tiempo a alejarme.

Poco a poco fue inclinando la cabeza como si midiera mi reacción.

Me rozó los labios con los suyos y ese perfume a cardamomo y clavo almizclado me envolvió.

Cuando le respondí el beso, un gemido lastimero escapó de su garganta.

Intentó profundizarlo, como si quisiera robar algo de mí. No obstante, le coloqué la mano en el pecho para detenerlo y me alejé.

—Edén…

No supe interpretar su mirada. Sin embargo, di media vuelta y salí. No buscaba una relación, no deseaba enamorarme y menos de un hombre que ya salía con otra.