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Edén
¿Dónde lo pusiste?... En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir… Morir…
Después de ejecutar toda mi rutina, al fin había podido recostarme. Sin embargo, el teléfono comenzó a sonar. Era casi la una de la madrugada. Suspiré, pues no tenía dudas de quién me buscaba. Por unos minutos me debatí entre contestar o dejar que se fuera al buzón, pero él insistía e insistía.
—Hola, Avikar.
—Le pedí a la tía Amelia que trabajara en una propuesta nueva para la etiqueta y está de acuerdo. Nos hemos quedado rezagados en ese aspecto. De ese modo le mostraremos al señor Ortiz una imagen renovada y fresca.
Había atropellado las palabras, aunque tuve la impresión de que las había ensayado una y otra y otra vez.
—Creo que es el paso indicado. Incluso podría atraer al grupo demográfico de menor consumo.
—Espero que las propuestas sean de tu agrado.
Nos quedamos callados. Le había puesto un límite y él se había refugiado en alguien más. Eso de que me necesitaba solo lo decía por… No tenía idea de por qué, pero era evidente que no era verdad.
—Edén…
—¿Querías comentarme algo más sobre el trabajo? —Volvió a quedarse en silencio—. Hasta mañana, Avikar.
Terminé la llamada y coloqué el teléfono en la mesita de noche, a la distancia justa entre el estuche y el florero con las buttercups canadienses.
¿Dónde lo pusiste?... En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir… Morir…