37
Edén
Cerré los ojos en un intento de controlarme.
Comencé a contar en mi cabeza, aunque el psiquiatra me había advertido que no debía sustituir una compulsión por otra.
Intenté esperar. Sin embargo, más ansiosa de lo normal, me aseguré de que todo en el botiquín estuviera a la distancia justa, con las etiquetas hacia el frente.
Salí cerca de una hora después, y caminé hasta el archivero para accionar la cafetera.
Cerca de cinco minutos después, coloqué la taza de café sobre el portavaso y me situé frente al escritorio. Eran las nueve y cuarenta y cinco.
—Lamento mi demora, te prometo que no volverá a suce…
—Estabas conmigo.
Sereno, agarró la taza de café y se la llevó a los labios.
En cambio, yo tenía el aliento contenido.
Él había asegurado que llegar un minuto tarde provocaría mi despido.
Entonces la confusión se apoderó de mí. ¿La regla de la tardanza aplicaba a él como persona y no a la empresa?
¿Y las vacaciones? ¿Era porque él no me vería en esa semana y no porque el trabajo se atrasaría?
¿Qué estipulaba el contrato que habíamos firmamos?
No creía que tuviera trastorno obsesivo-compulsivo. Nunca había observado en él la lucha constante con pensamientos y compulsiones que dominaba mis días, y sus reacciones parecían responder a algo distinto. Lo contemplé. ¿Qué sucede contigo? ¿Cómo puedes pensar que te ayudo sin hacer nada?
Parpadeé varias veces, tenía que concentrarme en el trabajo y me quedaba poco tiempo para preparar el salón de juntas.
—Recuerda la reunión de las diez.
Esa curva conocida apareció en sus labios.
—No la he olvidado. —Extendió la mano para ofrecerme el teléfono—. Sincroniza nuestros teléfonos.
—Ya lo hice.
—Solo sincronizaste lo relacionado con la empresa. Te dije que estaría disponible para ti y voy a cumplir mi palabra. Para eso necesitas saber en dónde estoy en todo momento, cuánto tiempo tardaría en llegar donde estés. Y no dudes que lo haré, Edén.
Exhalé.
—Avikar…
—Tú estipulaste tus condiciones y estas son las mías.
Parpadeé varias veces, sin embargo, tomé el teléfono en mis manos. ¿Yo le decía que mantuviéramos todo profesional y él entrelazaba incluso más nuestras vidas personales?
¿Por qué sigues pensando que eres tan importante en su mundo? Tuviste una reacción monumental frente a él y firmaste un contrato, disculpa al hombre por quererse asegurar de que su asistente no desaparecerá de un momento a otro y le dejará la empresa desorganizada.
En cuanto salí de la oficina, me apresuré a los distintos departamentos para recordarles la reunión que se efectuaría en pocos minutos.
Decidí ir primero hasta el área de producción, luego pasé por el área de ventas e informé a la asistente del señor Benjamín y a la del señor James.
Toqué a la puerta de la señora Amelia cuando no encontré a su asistente en el puesto de trabajo.
—Adelante.
Giré el pomo de la puerta.
¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí…
Me llevé la mano al bolsillo derecho y sentí el estuche en su interior.
El escritorio de la señora Amelia era de una sola pata ancha de metal y la superficie de cristal.
Frente a él, se encontraban dos sillas cóncavas de metal y cuero blanco.
La pared de fondo era de cristal ahumado que protegía del reflejo del sol en la nieve.
Apoyado en la pared derecha, se encontraba un librero en metal y divisiones de vidrio.
En la pared izquierda, se encontraba un proyector interactivo, el cual el asistente y ella observaban.
—Lamento interrumpirla, señora Amelia. Solo quería recordarle la reunión de las diez.
De sus labios floreció una sonrisa. Ella era el epítome de elegancia.
Tenía el cabello castaño recogido en un moño sobrio, sin nada fuera de lugar y su maquillaje era perfecto para la oficina.
Lucía una blusa de seda en manga larga y una falda negra en estilo A, además de un collar de perlas y aretes del mismo material que complementaban su atuendo.
—Mi sobrino te debe tener cansada con sus exigencias. Sin embargo, de vez en cuando hay que hacerlo esperar.
—Nada de eso —le advertí y, con un tono firme, continué—. A las diez.
Ella rio mientras yo salía de la oficina. Apresuré mis pasos, pues solo me quedaban pocos minutos para tener todo listo. En cuanto terminé de preparar el salón de juntas, entré a la oficina de Avikar y lo encontré al teléfono.
—Sí, a las cuatro y media.
Levantó la mirada y, por algún motivo, las mejillas se le tiñeron de un tono rosado.
—Sí, para ir a cenar antes. —Hizo una pausa, al parecer, para escuchar a la persona con quien hablaba—. Es una única presentación y será divertido. Hace mucho que no salimos.
Giré sobre mis pies para que no fuera testigo del instante en que mis ojos se humedecieron. Era evidente que planeaba una cita con alguien cuando minutos antes había intentado provocarme un orgasmo.
Él dijo que solo quería hacerte sentir mejor por un rato y tú no lo detuviste. No sucede nada entre los dos. Tú misma le pediste mantener todo profesional.
En cuanto entré a la sala de juntas, mi teléfono sonó con una notificación.
Cita con Chloe — 6 de febrero, 4:30 p. m.
Guardé el teléfono y procuré mantener el rostro impasible, pues la familia entraba con el señor James a la cabeza. Tomaron asiento, y no me pasó desapercibido que el señor James parecía más enojado que nunca.
—¿Estás bien, señorita Edén?
El señor Owen tenía el ceño fruncido mientras le servía el café. Le dediqué una sonrisa. En ese mismo instante, Avikar entró a la sala de juntas y evitó mirarme en todo momento. Era difícil trabajar cuando mi jefe me ignoraba.