36
Edén
—Lo siento, hace poco que trabajo para él. ¿Dice que el señor Avikar es paciente del doctor?
—¿Confirmo la cita?
—Sí, por favor. Gracias.
Colgué el teléfono mientras parpadeaba varias veces.
Fijé la mirada en la puerta del baño, apenas podía respirar.
Como si respondiera a mi exigencia, la puerta del baño se abrió y él salió.
Tenía la frente sudorosa mientras se limpiaba la boca con una toalla pequeña.
El nudo de la corbata roja estaba suelto suelto, además de tener dos botones de la camisa blanca abiertos, y ese cabello de turmalina estaba más desordenado, como si se hubiera pasado los dedos varias veces entre sus hebras.
En cuanto nuestras miradas se encontraron, se quedó estático.
—No pensé que aún estuvieras aquí.
—Quería asegurarme de que estuvieras bien. ¿Tienes que decirme algo?
—Parece que el desayuno me hizo daño.
Se me dificultó tragar. Esa mañana había corrido a refugiarme en él, pero él no parecía dispuesto a refugiarse en mí. Me quedé callada y él añadió:
—¿Hiciste la cita con tu psiquiatra?
Rodeó el escritorio esquivándome. Sentí una punzada en el pecho y me vi obligada a respirar profundo.
—No fue necesario.
—¿Por qué?
Se sentó, tomó unos documentos y comenzó a escribir.
—Porque ya tienes cita con él.
Detuvo sus movimientos a la vez que mantenía la mirada perdida en el escritorio. Al mismo tiempo, solo escuchaba el retumbar de mi corazón.
—El doctor Fleming te ayudará.
Caminé con pasos inciertos, hasta quedar a solo centímetros de él, pero se levantó de golpe para alejarse de mí y, en un tono frío, añadió:
—Para mí es suficiente que vayas a terapia y tomes tus medicamentos, espero lo mismo de ti.
—¿Por qué soy lo que necesitas, Avikar? ¿Por qué yo con TOC?
Con un paso trémulo me acerqué a él con la intención de acomodarle la corbata, pero él me detuvo.
¡No lo toques! No sabes lo que haces. Dijo que el desayuno le cayó mal, ¿quieres dudar de sus palabras? ¿Sobre todo en este momento? ¿Qué tal si tú misma te enfermas? Perderás tu empleo. Deja de preocuparte por el hombre y concéntrate en tu trabajo.
Cada vez que intentaba acercarme, él retrocedía. Su reacción solo consiguió desestabilizarme aún más e insistí en cerrarle los botones de la camisa.
Los botones… tienes que cerrar los botones. Si está enfermo, le hará daño el frío… No lo toques. ¡NO TE ATREVAS A TOCARLO!… Tienes que cerrar los botones.
—Detente…
La voz le salió ahogada. Intenté enredar los dedos en su cabello, pero él dio un paso atrás. Me quedé estática unos segundos. Pero no podía… Yo… Yo… Volví a acercarme y agarré la corbata.
—Edén, detente…
Me quedé inmóvil cuando recuperó la corbata de mis manos. Dio media vuelta, regresó al escritorio y se refugió detrás de la silla.
Mi respiración se tornó errática. Aun así, me acerqué al archivero. Desconecté la cafetera y enrollé el cable. Entonces tomé el vaso y caminé al baño.
¿Ahora me crees? ¡No le importas! ¡Solo se ha estado burlando de ti!
Abrí el grifo y el agua comenzó a correr. Agarré uno de los pañuelos faciales y agregué el jabón… Restregué el vaso… Una… Dos… Tres… Cuatro… Cin…
—¡Maldita sea detente!
Me sobresalté y el vaso se hizo añicos al caer al lavamanos.
Era la primera vez que se mostraba enojado por mis compulsiones.
Unas pocas semanas, solo eso había durado.
Intenté recoger cada uno de los pedazos de vidrio, pero las lágrimas no me permitían ver con claridad.
Jamás imaginé que él me mostraría esa fase.
Jadeé y sollocé ante la situación en la que me encontraba. Solo quería estar sola, pero él estaba allí. Entonces me rodeó entre sus brazos y me ciñó contra su cuerpo.
—Lo siento… Lo siento. Sé que estabas intentando contenerte. Fui yo quien reaccionó mal.
Asentí, negué, ya no, ya no estaba segura de nada. Me llevó fuera del baño y me sentó en el sillón, antes de dar media vuelta para agarrar el zafacón y volver a entrar al baño.
Observé cómo salía de la oficina y regresaba con mi bolso en la mano.
—¿Tienes pinzas?
Las manos me temblaban y las tenía cubiertas de sangre, pues algunos de los vidrios se habían incrustado en mi piel.
—Bolsillo interior derecho, en la cartera del maquillaje.
Siguió mis instrucciones. Entonces me agarró de las manos y comenzó a retirar los fragmentos de vidrio.
No pude ocultar los gemidos a la vez que sus propias manos temblaban.
Al terminar, volvió a buscar en la cartera de maquillaje y me mostró la crema para confirmar que podía usarla.
Pretendió ser delicado al esparcirla, pero no había nada que hacer con los bultos, el enrojecimiento y las cortaduras.
Se rindió a la vez que seguía arrodillado frente a mí. Ese día lucía un traje ejecutivo azul ferroso; tal vez por eso había escogido la corbata roja, la cual se sacó del bolsillo y la dejó entre mis dedos.
Nos contemplamos. Mientras una lágrima tras otra me recorría el rostro, me deslicé hasta el piso, asegurándome de apoyar el peso en los talones. Como si la vida se me fuera en ello, necesitaba que su apariencia fuera impecable, solo así podría controlar mi ansiedad.
Le deslicé las manos por los hombros. Oí el quejido que se le atoró en la garganta cuando cerró los ojos.
Le rodeé el cuello con la corbata y dejé la parte delgada más corta que la ancha, entonces las crucé, pasé la punta amplia por detrás y luego por encima.
La subí para pasarla por la parte posterior y coloqué mi dedo índice sobre el nudo.
Entonces dejé caer la punta ancha por el nudo y lo acomodé justo en el centro.
Se le escapó otro gemido de dolor cuando le rodeé el cuello entre mis manos.
Ladeé la cabeza, tal vez así podría comprenderlo.
No acababa de entender qué le provocaba tanta aflicción.
Enredé los dedos en el cabello de turmalina, en tanto en su rostro se dibujaba una angustia insondable, pero no me detenía.
—No puedes creer que me nece…
—Lo hago.
Negué con la cabeza.
— No entiendo qué sucede entre los dos, pero mi trastorno me lleva a querer proteger a las personas a mi alrededor de manera excesiva y creo que estamos atrapados en ese círculo vicioso.
—No lo está…
—Lo mejor será mantener una relación profesional estricta. Lamento haber intentado involucrarte en el proceso de terapia. Nunca lo había hecho, ni siquiera con mis padres. Creo que los cambios en los últimos meses me han afectado más de lo que pensaba y el trastorno está fuera de control.
Cerró los ojos y los apretó durante unos segundos. Las facciones se le endurecieron; después exhaló y su expresión se serenó.
—Sé que es difícil de creer por cómo reaccioné, pero te necesito. Aceptaré tus condiciones porque no eres la única a quien le cambiaron el proceso terapéutico y sé que requieres concentrarte en ti en estos momentos.
Se me humedecieron los ojos y contuve el aliento; sin embargo, continuó:
—Pero sigo aquí para ti y te juro que, aunque me cueste la vida, te ayudaré a respetar esos tiempos de espera.
Para entonces, las lágrimas me bajaban sin control por las mejillas.
—Yo también quiero estar para ti.
La voz me salió baja, inestable, casi una súplica.
—Es que ya lo estás.
Me tomó de la mano y me dejó un beso en la muñeca.
—Toma todo el tiempo que requieras. Quédate, aquí nadie te molestará.
Se puso en pie y me acompañó hasta el baño.
Me observé en el espejo por largos minutos.
Era un completo desastre. Tras un suspiro, saqué las toallitas limpiadoras de la cartera de cosméticos.
Poco a poco me quité todo rastro de color de mi piel.
Entonces me limpié las piernas, los brazos y continué con la blusa y la falda.
Tras terminar, me cubrí las manos con unos guantes limpios.
Acabas de hacer una locura. ¿Tirarte al suelo? ¿Después de tener una reacción? ¿Acaso quieres provocar tu propia muerte?
Limpié todo a mi alrededor y abrí el botiquín para colocar los pañuelos desechables en su lugar. Avikar guardaba allí el desodorante, el perfume, el cepillo de dientes, el cepillo para el cabello, el enjuague bucal, el bloqueador solar y la crema humectante.
Con mis manos enguantadas, tomé el desodorante entre mis dedos para leer sus ingredientes.
¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa. Revisa. Revisa.
Me llevé la mano al bolsillo derecho y toqué el estuche. Entonces extendí mis dedos en forma de L y coloqué el desodorante en su lugar.
La pasta no está a la distancia justa… No, no, no… Ahora el perfume se ve mal… No puedes tocar nada, ¿acaso te volviste loca? ¡Deja eso ahora mismo!