35
Edén
No puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo. Soy un fracaso. Jamás debí salir de la granja. Todo es más sencillo allá, las reglas y el orden están establecidos. ¿Por qué quiero enfrentar al mundo? Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Eso es, cálmate… Uno, dos, tres…
La mañana comenzó más temprano de lo usual ese día.
Desde que el trastorno había iniciado, me atendía con el psiquiatra de mamá, pero había decidido cambiar de profesional.
Era importante encontrar mi propio camino, intentar de algún modo disminuir mi ansiedad y controlar las compulsiones, pues regañarme ya no funcionaba.
El psiquiatra había accedido a verme a las seis de la mañana, así no llegaría tarde al trabajo, pues no quería fallarle a Avikar. Sin embargo, la sesión no había resultado como yo esperaba y sentía una necesidad imperiosa por llegar a la empresa, en específico a su oficina.
Camino a la embotelladora, mientras Jacob conducía, saqué uno de los tres pares de guantes que tenía guardados en el bolsillo exterior izquierdo del bolso para retirarme los que llevaba puestos.
Los doblé hasta que cada punta correspondiera con la otra y me coloqué los frescos, pero no me sentía segura con ellos.
Entonces los descarté, los doblé a mitad y luego en cuartos…
Terminé poniéndome los tres pares, pero con ninguno me sentía a gusto.
No entendía lo que sucedía, pero no me protegían.
Sabía que era imposible, solo eran mis obsesiones fastidiándome; aun así, no podía detenerme.
—Ya llegamos, señorita —me informó Jacob.
No me pasó desapercibida la preocupación que se reflejaba en su semblante. Sin embargo, solo asentí mientras dejaba caer el billete en sus manos. Caminé de puntas sobre la nieve en un intento por no ensuciar las botas.
Derecha… Izquierda… Derecha… Cuidado con la hendidura, quién sabe qué partículas haya ahí… Izquierda… ¡NO! Te equivocaste, empieza otra vez.
Regresé sobre mis pasos y volví a empezar.
Derecha… Izquierda… Derecha… Izquierda… Derecha… ¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa. Revisa. Revisa.
Al acercarme a la puerta, el señor Luis la abrió.
—¿Se encuentra bien, señorita Swan? ¿Se le perdió algo?
Asentí y luego negué mientras esquivaba algunas de las baldosas en el suelo como si fuera el primer día y estuvieran en blanco y negro. Me abracé a mí misma y decidí entrar a la oficina de Avikar. Eran las ocho y él aún no llegaba.
Cerré los ojos y respiré profundo para llenarme de ese olor a cardamomo y clavo almizclado escondido en los rincones.
No entendía por qué era tan reconfortante para mí.
Exhalé y me acerqué a la cafetera, coloqué el café molido en el filtro, añadí el agua y la encendí.
Necesitaba llenar mi mente de tareas. Me dirigí al baño para lavarme las manos.
Ese día, más que nunca, Avikar no podría ver mis manos, pues todavía tenían bultos y el tono rojizo por la reacción que había tenido la noche anterior.
—¿Qué hiciste?
Levanté la cabeza. Avikar se encontraba a solo centímetros de mí, Tenía la mirada clavada en mis manos y tragó con dificultad. Ya no podía hacer nada, ya las había visto, lo mejor era esquivar la pregunta.
—Tengo un psiquiatra nuevo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Eso suele ser una pesadilla. ¿Qué maravillosa idea se le ocurrió?
El sarcasmo de su voz me hizo fruncir el ceño, pero continué:
—Cuando los pensamientos obsesivos llegan, me reprendo a mí misma. Me recuerdo que ese peligro que siento no es real, que soy una estúpida.
Estúpida… Estúpida… Estúpida.
Él apretó la mandíbula cuadrada al escucharme. Me tomó con delicadeza del antebrazo para sacarme del baño.
—No eres estúpida, no quiero que lo repitas.
—Eso dijo el psiquiatra.
—Me parece un hombre sensato, quizás hay que darle el beneficio de la duda. ¿Algo más?
—Quiere intentar otro tipo de terapia.
Atropellé las palabras y él entrecerró los ojos como si se le dificultara entenderme.
—Tengo que aguardar antes de ceder ante mis compulsiones. Quiere que comience por una hora y, si puedo, que no realice la compulsión. Según él, debo aprender que puedo soportar la ansiedad aunque no haga lo que me exige.
Una hora… Una hora… Una hora… Una hora… Una hora… Una hora… Una hora… Una hora… Una hora…
Avikar asintió y bajó la voz al preguntar:
—Puedo percibir tu molestia, ¿qué sucede?
—¡Una hora! ¡Una hora!
Me clavé las uñas sobre las palmas de las manos en un intento de detenerme.
—¡Esperar una hora!
Parpadeé varias veces y mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué-qué sabe él de lo que sucede en mi cabeza? ¡La ansiedad no disminuirá!
No disminuirá… No disminuirá… No disminuirá… No disminuirá… No disminuirá… No disminuirá…
—No disminuirá… No disminuirá… No disminuirá…
Rígida, levanté las manos mientras intentaba detenerme.
—No puedo hacerlo.
Él tomó mis manos entre las suyas y comenzó aquel ir y venir sobre mi pulso. La ansiedad comenzó a ceder con el pasar de los segundos.
—Yo sé que sí y puedes contar conmigo. Intentaré ayudarte.
Asentí una y otra vez.
—Le hablé de ti, le comenté lo que hiciste durante la reunión. Dijo que estaría bien, como algo esporádico, pero que no debo olvidar que eres mi jefe.
Hice una pausa y parpadeé varias veces.
—Ni siquiera entiendo la necesidad de decirte todo esto, ¿por qué me refugio en ti?
Hice una pausa, pero continué:
—Quizás porque eres la única persona que ha reaccionado de una forma distinta a lo esperado.
Bajé unos segundos la mirada para luego fijarla en la suya.
— Debería existir el método Avikar para hacer más soportable la ansiedad.
Esa pequeña curva apareció en sus labios, aunque su mirada seguía fija en mis manos.
—¿Ahora soy lo que necesitas?
Llevé mis manos temblorosas a su chaqueta y cerré los puños. Sentía que en cualquier momento caería. Ni siquiera sabía cómo había podido llegar de la consulta hasta la empresa.
—Sé que te pido demasiado, que no es tu problema, pero eres rígido en lo que necesito y, si voy a intentarlo, requiero un empujón.
Te necesito… Te necesito… Te necesito… No, no lo haces. ¿Solo por unas semanas de ser indulgente contigo?
Encerró mis manos entre las suyas con firmeza.
me contempló unos segundos antes de buscar mis labios.
No le respondí, el psiquiatra me había advertido que ambos llevábamos un camino peligroso con nuestras reacciones hacia el otro.
Según él, corríamos el riesgo de confundir el consuelo que encontrábamos en el otro con una relación romántica.
Avikar me soltó las muñecas para llevar sus dedos a mi rostro y acarició mi labio inferior con los pulgares hasta que respondí al beso. En cuestión de segundos perdí toda mi determinación.
Todo en él era reconfortante para mí, algo que aún no lograba comprender a cabalidad. Ante su presencia no me molestaba esa vulnerabilidad que me rodeaba, quizás porque él siempre me observaba con ternura, como si pudiera entenderme, como si él viviera lo mismo.
Cuando se aseguró de que no me apartaría, recorrió el contorno de mi cuello, entonces me deslizó los dedos por los hombros y recorrió la silueta de mis senos.
—¿Alguna vez has tenido un orgasmo solo por acariciar tus senos?
—No.
Los labios me tiritaron, aunque no sabría explicar por qué. Su presencia me envolvía y con cada segundo me sentía más serena. No había motivos para mi inquietud.
—¿Me dejarías intentarlo?
Su voz sonó más baja, más ronca.
—Sí.
La intensidad de su mirada no me permitía desviar la mía. Tomó mis senos entre las manos como si comprobara su peso. Sus caricias eran firmes, aunque algo tentativas.
—Esto no es normal entre jefe y empleada. No puede existir nada entre los dos.
Se inclinó y unió nuestros labios como si pretendiera silenciarme. Varios gemidos escaparon de mi garganta cuando el placer comenzó a recorrerme la piel. Se separó y con la mandíbula apretada dijo:
—¿Por qué respondo así contigo?
Me adueñé de sus labios mientras él seguía acariciándome los senos sobre la ropa. No entendía por qué yo era su catalizador. Él era un hombre contenido; sin embargo, cuando estaba conmigo, mostraba la aflicción por la pérdida de sus padres, o eso quería pensar.
Entre besos suspiré. Abrí los ojos y me percaté del dolor dibujado en su rostro.
Entrelacé mis dedos en el cabello de turmalina y profundicé el beso.
En cuanto lo hice, un quejido lastimero escapó de su garganta.
Le deslicé las manos por el pecho, cuando el ansia de tocarlo comenzó a dominarme.
Pretendía regalarle ese instante de silencio en su cabeza.
No obstante, en cuanto coloqué mis manos en el cierre de su pantalón, me detuvo.
—Avikar, por favor.
—Shh… Se trata de ti, de apoyarte, de hacerte sentir algo más placentero por un instante.
Mantenía sus manos sobre mis senos, acariciándolos y mimándolos. No entendía cómo podía causarme tantas sensaciones a través de la ropa.
—Tú también lo necesitas.
Intenté tocarlo una vez más, pero él negó con la cabeza.
—No me mientas, por favor. Yo también quiero ayudarte.
—Lo haces desde que te conocí. Honras tu nombre, te convertiste en mi paraíso.
Bajé la mirada mientras el calor me subía al rostro mientras él daba media vuelta y caminaba hacia el baño. Durante unos segundos me sentí perdida. Un hormigueo inquietante me recorría la piel mientras apretaba los muslos para crear una fricción bienvenida.
Sin embargo, las manos comenzaron a temblarme. Por algún motivo, quería abrir la puerta del baño y asegurarme de que él estuviera bien.
—El psiquiatra me pidió que fueras a verlo, ¿es mucho pedir? —dije en un tono alto para que pudiera escucharme.
—No, por supuesto que no. Ya te dije: si puedo ayudarte en algo lo haré. Saca una cita.
—Gracias.
Me acerqué a la cafetera para servir el café y le agregué un toque de crema. Caminé hasta el escritorio y medí la distancia justa para colocar el portavaso y ubicar la taza. Entonces tomé el teléfono y llamé al consultorio.
—Hola, buenos días, le habla Edén Swan. Hace un par de horas tuve consulta con el doctor y solicitó dialogar con mi jefe.
—Buenos días, señorita Swan. Si me proporciona la información, puedo ayudarla —respondió el secretario del psiquiatra.
—La cita es para el señor Antoine Avikar. Si pudiera decirme qué horarios tiene disponibles para verificar la agenda.
Se escuchó cómo tecleaba en la computadora.
—Un momento, señorita Swan. El señor Avikar tiene registrado que su asistente puede gestionar sus citas. Veo que ya es paciente del doctor; su próxima cita es el jueves a las cinco y media.