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Edén
A las cinco de la tarde ya había organizado la reunión del día siguiente y estructurado la semana de Avikar. En ese instante, destruía las facturas que tenían más de seis años de antigüedad.
—¿Edén?
Me sobresalté tras escuchar a Avikar, por lo que se me quedó atascado el guante en la trituradora y él se apresuró a apagarla. Giré hacia él.
—¿Qué haces todavía aquí? Son más de las nueve de la noche.
Levanté la mano para observar el reloj y me percaté de que había perdido la noción del tiempo.
—Sigo con la base de datos.
Él se acercó para observar la computadora, por lo que ese olor a cardamomo y clavo almizclado me envolvió.
—¿Tan tarde? Pensé que ya tenías cubierta la mayoría de los departamentos, ¿qué sucede? ¿Alguien no quiere cooperar?
Bajé la cabeza, pues una de las tareas como asistente era que cada departamento tenía que reportarse conmigo. Él no podía encargarse de cada detalle de la empresa.
—En el plano personal, puedo ser indulgente contigo, Edén. Pero no olvides que en el horario de trabajo soy tu jefe y de mí dependen alrededor de quinientas familias, además del legado que debo proteger.
Lograste que tu jefe cuestionara su decisión de contratarte y no has trabajado ni un mes…
—El departamento de ventas nacional no me ha entregado sus informes. Decidí ir al área de archivos para entrar la información de forma manual.
Se irguió y la expresión se le endureció. Estaba frente al CEO.
—O sea que has tenido que revisar factura por factura de cada compañía con la que tenemos acuerdos. Además, la base de datos anterior no tenía un apartado para el departamento de ventas nacional porque no existía.
Cuando asentí, se llevó la mano izquierda a la sien y comenzó a masajeársela.
—Edén, tienes que informarme sobre estos asuntos.
—Su voz era firme, aunque no la alzó—. Le guste o no al tío James, tú eres mi representante; cuando actúas en mi nombre, él tiene que responder a tus solicitudes.
Él puede discutir conmigo todo el día si quiere, pero interferir con tu trabajo es un atentado contra el bienestar de la empresa y eso lo convierte en un empleado insubordinado.
—No quería que pensaras que no podía hacer mi trabajo.
—Si así lo hubiera creído, no te habría contratado. Eres una mujer con estudios, capaz de ser asistente y mucho más. Que nadie lo ponga en duda, ¿de acuerdo?
Lo admiré aún más. A diferencia del señor James, podía estar molesto sin faltarme el respeto, y sus exigencias eran justificadas.
—No quiero causar problemas.
Se llevó los dedos al puente de la nariz y luego fijó la mirada en mí. Comprendí que no cedería.
—Quien está aquí a altas horas de la noche es mi asistente. ¿Por qué Chloe no está contigo?
Me quedé en silencio. Soltó el aire con pesadez y cerró un segundo los ojos.
—Guarda lo que tienes, continuarás mañana. Ethan y yo te llevaremos a casa.
—Ok —susurré.
Él mantenía los labios apretados mientras avanzábamos hacia el elevador. Ese era el motivo por el que no quería contradecirlo, pues imaginaba que, para él, ya había hecho demasiadas concesiones.
Me aseguré de guardar los cambios. En cuanto terminé y saqué mis pertenencias, él extendió la mano para que pasara primero, aunque en segundos estaba junto a mí.
Se detuvo en el elevador, que abrió sus puertas en el instante en que tocó el botón.
Bajamos al sótano, Ethan esperaba por nosotros frente al sedán G90.
—Buenas noches, señor Avikar —dijo con formalidad; si bien, percibí el cariño en su tono de voz. Con una sonrisa continuó:
—Qué gusto que nos acompañe esta noche, señorita Swan.
—Buenas noches, Ethan. Lamento mucho que tengan que desviarse.
—Es un honor poder llevarla a casa, señorita.
Fue Avikar quien abrió la puerta para mí y esperó que me sentara, lo cual hice con la espalda recta y el bolso sobre el regazo. Ambos hombres subieron por el lado izquierdo del vehículo.
Cuando comenzamos a transitar, sentí la mano de Avikar envolver la mía. Su pulgar comenzó aquel ir y venir sobre mi pulso, aunque esta vez no logró relajarme. Lo miré de reojo varias veces y creí que él también me contemplaba.
Me removí inquieta al sentir una leve comezón en la Garganta cuando estábamos a solo minutos de llegar a casa. Avikar entrecerró los ojos al observarme.
¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… No toques nada, no te muevas… No lo haré… Si te sucede algo no va a saber qué hacer porque no le has dicho… Vas a morir… Vas a morir… Vas a morir.
Un sudor frío me bajó por la espalda. Y me vi en la necesidad de carraspear varias veces.
¿Falta mucho para llegar? Tengo que bajarme… ¿Será el ambientador del automóvil?… No lo sé.
Avikar aferró mi mano. Sin embargo se me humedecieron los ojos y tuve que aclararme la garganta.
Tienes que bajar. ¡Ahora! Vas a morir.
En ese instante, Ethan se detuvo frente a mi hogar. Antoine bajó y rodeó el vehículo para abrirme la puerta mientras yo sacaba la llave del bolsillo derecho interior del bolso. Él extendió la mano, la cual tomé para apoyarme. Esperaba que no se percatara de que temblaba.
Por algún motivo, quedamos tan cerca el uno del otro que, cuando él se inclinó para tomar el bolso, nuestros labios se rozaron.
Él me rodeó la cintura con la mano izquierda para ayudarme a subir los tres escalones. Esperó a que abriera la puerta y entrara.
—Hasta mañana —dijo desde afuera.
—Gracias por traerme. Nos vemos mañana —susurré mientras sacaba el estuche del bolsillo derecho y me inyectaba.
Escuché un golpe suave en la puerta. Minutos después, el auto se retiraba. Solo entonces saqué mi teléfono.