El silencio de Avikar 33
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Edén

Luego de ir al baño y lavar primero mis manos enguantadas y después desnudas, regresé a mi escritorio para continuar trabajando en la base de datos.

Revisé el correo interno, pues solo me faltaba incluir el área de ventas nacional para que la empresa estuviera actualizada en su totalidad.

Lo había dejado para lo último, pues no existía ningún registro y debía comenzar desde cero.

Para ello, le había solicitado a la señorita Grenier, después de la primera reunión, que me enviara toda la información disponible.

Sin embargo, aún no me la había enviado, por lo que decidí ir hasta su área.

—Buenas tardes, señorita Grenier.

Su aspecto era impecable, con un vestido color oro muy ceñido al cuerpo. El cabello lucía sedoso y brillante en unas ondas rebeldes, aunque el maquillaje me parecía subido de tono para la oficina.

—Señorita Swan —dijo al continuar con la escritura en la computadora.

—Hace unas semanas le pedí que me enviara la información del departamento para estructurar la base de datos y todavía no recibo los archivos. Vine en persona a buscarla por si, por algún motivo, se le dificulta enviármela.

—No tengo nada que entregarte, pues tú no eres mi jefe. James dejó muy claro que esta es su área y nadie tiene por qué intervenir en sus asuntos.

Con disimulo, llevé mis dedos a la identificación sobre el escritorio y corregí la posición.

—¿Entonces no cree que manejar una sola base de datos sencilla y estructurada sería lo mejor para la empresa?

—¡Mi área, nadie la toca! —dijo el señor James, a mis espaldas, en un tono amenazante.

Giré para observarlo de frente, su actitud prepotente se hizo todavía más evidente.

—Señor James…

—¡Señor Avikar, no me faltes el respeto! —gritó mientras daba un paso intimidante hacia mí.

Toda el área quedó en silencio; incluso cesó el tecleo. Me mantuve impasible, con la mirada fija en la suya.

—Usted me disculpará si piensa que esa es mi intención, señor James —detestaba el tono pausado en mi voz—.

Lo único que deseo es que mi jefe, el señor Avikar, pueda hacer su trabajo con mayor comodidad.

Una base de datos central le permitiría comparar información, enviar órdenes con mayor rapidez y agilizar muchas tareas que en este momento toman días en concretarse.

—Tú aquí eres una simple asistente. Que no se te olvide, señorita Swan. Y ahora, si me disculpas, tengo que atender asuntos importantes con mi secretaria; después de todo, nosotros somos los que llevamos el peso de la embotelladora.

Abrió la puerta de la oficina y extendió la mano para que la señorita Grenier, quien no podía ocultar una risita, entrara.

Enderecé los hombros y di media vuelta. No permitiría que ellos me impidieran hacer mi trabajo. En cuanto salí, giré a la izquierda y caminé el largo pasillo que me llevaría al área de producción.

¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Es importante, si tienes una reacción, es lo único que podría salvarte… Revisa… Revisa… Revisa…

Me llevé la mano al bolsillo derecho y sentí el estuche. Me coloqué la redecilla, los cubrezapatos y la bata. En la primera semana, me había asegurado de cambiar los insumos de la embotelladora por unos de menor costo y mejor calidad.

Si es lo que quieres creer. Sabes muy bien que los cambiaste en un intento de no caer muerta en los brazos de tu jefe. ¿Por qué insistes en pertenecer a un mundo en el que eres el eslabón más débil? A esos la misma genética se encarga de desaparecerlos.

Toqué el timbre y en segundos la puerta automática se abrió. Me quedé absorta en la caída del agua y en la precisión con que avanzaba cada envase. Me perdí en la belleza de ese movimiento repetitivo, sin ningún error. Eran los mismos pasos una y otra vez… era perfecto.

Es una ilusión.

Caminé hasta la oficina y toqué. La puerta se abrió y el señor Owen me permitió el paso. Ese día vestía una camisa de manga larga en rosa pastel y un pantalón gris.

—Hermosa, señorita Swan. ¡Cómo deben extrañarla en el paraíso!

Hizo una reverencia teatral ante mí. Sonreí por su galantería.

—Buenos días, señor Owen.

Con exageración se llevó la mano derecha al corazón y cerró los ojos.

—¡La estocada final! ¿Eso quiere decir que no saldrás conmigo?

—¿El señor Jack se encuentra?

Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro ante mi evasiva. Tomó el teléfono y envió un mensaje de texto. A los pocos minutos su hermano entraba a la oficina. El señor Jack vestía un abrigo blanco y un pantalón casual negro.

—Señorita Swan, ya nos enteramos de la reunión de mañana. ¿Viene para recordárnosla? Le juro que no he movido la hora en mi reloj.

Una sonrisa burlona bailaba sobre sus labios. Fijé la mirada en la suya con la intención de intimidarlo.

—¿No me cree? Son las once y cuarenta y ocho.

Miré de reojo mi reloj que decía las once cincuenta y ocho y asentí. Se acercó a mí y me dejó un beso sobre el pómulo. Me quedé estática, sin responderle.

—Señor Jack, disculpe que lo moleste…

—Una belleza jamás molesta —interrumpió—. A mí me encanta que me den órdenes.

—¿Sí? —intervino el señor Owen divertido—. ¿Entonces nos dejas solos? Te aseguro que está a punto de caer a mis pies.

—Creo que Antoine te lleva ventaja. Se encontraron el fin de semana, ¿no?

—Señor Jack, vine a traerle la estructuración del área de ventas local. —Ambos rieron ante mis evasivas—. Solo me falta el área de ventas nacional para que la embotelladora cuente con la información más actualizada en los sistemas.

—Mi primo debe tenerla trabajando hasta en las madrugadas para que esa base de datos esté casi lista en tan poco tiempo.

—Solo es mi trabajo, señor Jack.

—Y es más que excelente.

Asentí y di media vuelta.

—Nena, piensa en mí en algún momento del día. Sé que caerás rendida a mis pies —dijo el señor Owen desde el escritorio cuando tomé el pomo de metal entre mis dedos enguantados.

—O en los míos, señorita Swan. Solo imagina una belleza de piel morena y ojos azules en tus brazos —añadió el señor Jack.

—¿Cómo está Yaad? —Sonreí—. Ese pelaje blanco con negro y ojos dorados robó mi corazón.

Ambos se llevaron la mano al pecho para cubrirse la herida imaginaria e intercambiaron una mirada cómplice.

Tan pronto llegué al escritorio, preparé los informes de los consumidores, con sus expectativas y recomendaciones.

Ordené los estudios del más reciente al más antiguo.

Entonces me aseguré de que las nueve carpetas negras fueran iguales.

Cuando terminé, cerca de tres horas después, tomé el teléfono y pedí cita con mi psiquiatra, pues la interacción con la señorita Zoey me había ofrecido claridad.