El silencio de Avikar 32
27%

32

Edén

Parpadeé varias veces ante su solicitud. Aun así, no me negué. Un paso tras otro caminé hasta la oficina y él cerró la puerta.

—¿Tienes un día difícil? ¿Te sobrecargo de trabajo?

—No —susurré con una sonrisa tímida.

Agradecía que mi mente se llenara de otras ideas, aparte de mis trastornos.

—¿Alguien te ofendió?

Midió sus pasos al acercarse y me levantó el rostro con los dedos temblorosos.

—No le prestes atención a Hee–Jin. A veces no sabemos cómo reaccionar a lo que no entendemos.

—Le llevé una bolsa con lápices labiales a tu prima Zoey.

Una lágrima se deslizó por mi pómulo y él la limpió con suma delicadeza.

—¿Los rechazó? —respondió tras aclararse la garganta.

—No, pero no puedo pretender que los demás cambien porque a mí me moleste algo en su persona. Yo tengo que adaptarme al mundo… —Me quedé en silencio varios segundos—. E hice lo mismo contigo.

—Yo no me arrepiento de nada de lo que sucedió ese día, pues conocí a la única mujer que significará todo para mí.

Parpadeé varias veces, pues sus palabras me tomaron por sorpresa.

Él era importante para mí porque, al aceptarme como su asistente, me permitió la autonomía que anhelaba.

No había tenido que regresar a casa y que mis padres fueran testigos de mi derrota.

No obstante, no buscaba enamorarme. Eso sería un error garrafal; no debía confundir mi camino.

Sería muy egoísta de mi parte pensar que un hombre pudiera amarme o deseara estar junto a mí.

—Avikar, yo…

—Tú necesitabas ir al baño para estar perfecta —en sus labios se dibujó esa pequeña curva—, pero ya lo estás. Igual de hermosa que siempre. Sin embargo, estoy rodeado de muchas mujeres y ellas suelen ser vanidosas con su apariencia.

No sabía ni cómo reaccionar y estaba segura de que esa pausa tan molesta se adueñaría de mi hablar. Él continuó:

—Si me das el teléfono del restaurante, pediré nuestro almuerzo en lo que terminas.

Me acerqué con cautela al teléfono, sin perderlo por un segundo de vista.

No apartó la mirada. Sabía que me había trastocado.

Hice la orden con la mirada fija en la suya.

No lograba conciliar al hombre que sostenía mi mirada con tanta seguridad con aquel que, sin aviso, bajaba las defensas frente a mí.

Como si tuviera la seguridad de que ambos estaríamos juntos y eso me aterraba… y atraía en la misma medida.

—Te lo dije: hermosa —aseguró cuando salí del baño ya arreglada.

Solo había tenido que retocar mis ojos para volver a tener una apariencia digna de la embotelladora.

—Me voy a poner celosa. Tú nunca me dices que soy hermosa —dijo la señorita Zoey, con una sonrisa dirigida solo a mi jefe.

Lo menos que quería era que su familia pensara que existía una relación personal entre los dos, era poco profesional e incluso podrían llegar a creer que era una arribista.

—Tú sabes que eres una mujer guapa —respondió Avikar con cariño—. Y ese lápiz labial resalta tu piel, elegiste bien.

—Gracias, guapo.

En el poco tiempo que trabajaba en la empresa había logrado percatarme de que su relación era muy estrecha.

Quizás por eso había deseado acercarme a ella e intentar ser su amiga.

El problema era que mi relación con los demás era escasa por mi trastorno y mi aislamiento.

Sabía que solía ser torpe y que jamás llegaría a cumplir las expectativas de los demás.

—Los dejo solos.

—No, ¿por qué? —dijo la señorita Zoey—. ¿Acaso interrumpo algo?

—Sí… No… —respondimos Avikar y yo al unísono. Por algún motivo, ninguno de los dos apartó la mirada. Él continuó:

—Íbamos a almorzar juntos.

—Antoine… —Lo amonestó ella mientras reía—. Deja de observarla, estás siendo muy grosero con tu asistente.

Al menos de mi parte, no era intencional observarlo siempre.

—Lamento ser descortés contigo, Edén —dijo él con ese dejo de sonrisa en sus labios.

—No… —Esa pausa en mi hablar me traicionó—. No lo hace, señor.

El conmutador comenzó a sonar y me acerqué a contestarlo. Hee–Jin me informaba que nuestro almuerzo había llegado.

En cuanto regresé a la oficina, ellos estaban sentados en el piso, alrededor de la mesa de centro. Coloqué los platos, asegurándome de que tuvieran la distancia justa; sin embargo, me detuve al sentir los dedos de Avikar rozar los míos. Serví los alimentos.

Entonces me quedé estática.

Ni se te ocurra sentarte en el suelo. Quién sabe qué partículas tienen los zapatos, incluyendo los tuyos. ¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Vas a morir… Morir… Morir…

Como si pudiera escuchar mis pensamientos intrusivos, Avikar se levantó y me tomó de la mano para sentarnos en el sillón. Zoey también se puso en pie y se sentó junto a él.

Fruncí el ceño al percatarme de que él comenzó a comer con la mano derecha. Cuando almorzábamos solos, él siempre utilizaba la izquierda; después de todo, ese era su lado dominante.

Sin embargo, fue ameno estar con los dos, pues tenían mucho en común y pude conocer un poco más a mi jefe. Al parecer, no era la única a la que llamaba con frecuencia. Siempre pensé que era por trabajo, aunque quizá fuera una de esas manias que me había advertido el primer día en la empresa.

—¿Qué vamos a hacer contigo, Edén? —dijo su prima al reír.

Bajé la mirada hacia mi botella. Frente a ellos tomaba agua de la competencia, pero jamás había bebido otra.

—Antoine, ¿cómo lo permites?

—Es un desafío para mí, pero voy a conquistarla, Zoey. Planeo transformar el envase y ella lo amará tanto que no pensará en nadie más.

—¡Por Krishna! ¿Qué tenía ese almuerzo y qué hizo con mi primo serio e impenetrable?

La pequeña curva apareció en los labios de Avikar. Solo minutos después se despidieron al juntar las palmas frente al pecho e inclinar la cabeza el uno ante el otro.

—Namaste.

—Namaste.

Zoey se despidió con la mano y salió. Comencé a recoger los envases, incluidos los del agua Avikar y los tiré al bote de la basura, en tanto él observaba cada uno de mis movimientos.

—Si estoy con la familia, suelo respetar todas las tradiciones.

—¿Por qué comer con la mano derecha?

—Es una costumbre con la que nos criaron en nuestra familia, heredada de la India.

Asentí. Desde la primera reunión lo había considerado un hombre muy respetuoso y obediente con su familia.

Me sorprendió pensar que en eso éramos diferentes, pues yo solía cuestionar las decisiones de mis padres al punto de estar en la embotelladora en ese momento.

Si bien, no debía importarme cuán parecidos o diferentes fuéramos, porque, a diferencia de él, no pensaba que existiera algo más allá de una relación laboral.

—¿En qué piensas? —susurró al acercarse a mí con los ojos entrecerrados—. Algo te molestó.

Negué con la cabeza.

—Creo que es lindo que respetes de ese modo las tradiciones de un país que no consideras tu hogar.

—La tía Marima me acogió cuando no tenía por qué hacerlo. La honro a ella.

Anhelaba abundar un poco más en lo que había sucedido con sus padres, pero la oficina no era el lugar para hacerlo y no debía terminar de traspasar esa frontera entre los dos. Ya había demasiados besos y caricias entre nosotros para ser solo jefe y empleada.