El silencio de Avikar 30
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Edén

¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Ya estás aquí. No sucedió nada. Llegaste a tiempo y todo sigue en orden. Tú puedes hacerlo, tú puedes hacerlo, tú puedes hacerlo. Eres una mujer fuerte.

En cuanto llegué al escritorio a las siete y cincuenta de la mañana, me quité los mitones, el gorro y la bufanda, los doblé justo a la mitad y luego en cuartos, asegurándome de que las puntas correspondieran.

Los guardé en el bolsillo derecho del anorak y caminé hasta el armario para colocarlo en su lugar.

Regresé veinte minutos después, para guardar el bolso en el cajón inferior izquierdo.

Entonces abrí la segunda gaveta y tomé los zapatos negros.

Al entrar al baño, me senté en uno de los bancos para quitarme las botas.

¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Puedes morir… Revisa… Revisa… Revisa…

Solo unos segundos después alguien entró. No tenía que levantar la mirada para saber quién era, ese olor a cardamomo y clavo, con un fondo almizclado, me rodeó.

Avikar se mantuvo con las manos dentro de los bolsillos del traje de tres piezas en gris claro con los gemelos de plata.

Vestía una camisa blanca, la corbata era azul oscuro, portaba el reloj en la muñeca derecha.

Sus zapatos estaban brillantes y pulcros.

Como siempre, el punto de rebeldía era ese ese cabello de turmalina que, por algún motivo que no lograba comprender, no activaba ninguna compulsión en mí.

Luego de calzarme y descalzarme seis veces, me levanté con los zapatos de aguja ya puestos y pasé por su lado para llegar hasta el espejo. Una pared falsa nos separaba.

Él no dijo nada mientras yo revisaba con meticulosidad mi aspecto. El maquillaje natural estaba intacto, el traje negro de falda con camisa blanca de seda no tenía arrugas y mi cabello bermejo recogido en una cola alta estilizada seguía perfecto.

Cuando regresé al banco para limpiar el charco que habían dejado mis botas sobre el suelo, él ya lo había hecho. El corazón me latió deprisa ante aquel impulso suyo de colaborar con mis compulsiones. Giré y lo encontré frente a la puerta, por lo que al parecer no me permitiría salir.

—Si estás aquí es porque no es algo relacionado con la empresa —procuré que el tono no me saliera cortante.

Le había pedido que no colaborara conmigo. Tenía que entender que nuestra relación laboral no funcionaría si lo hacía, porque mis compulsiones no encontrarían límites.

—No podía llevarte a casa —susurró.

Su mirada vaciló antes de desviarla a un lado.

Solté el aire como si me desinflara. Ladeé la cabeza para observarlo mejor, intentar entender el enigma frente a mí.

—Avikar, los jefes no llevan a sus asistentes a casa para conocer a su familia. —Procuré mantener mi tono suave.

Mi reacción tan adversa en ese momento nació de la forma impulsiva en que había respondido a su confesión.

No tenía que besarlo ni reconfortarlo. No buscaba amor, solo independencia.

Tenía que huir, pero él estaba en mi hogar, había sido invitado por mí y acababa de confesarme algo muy doloroso.

No podía echarlo a la calle. Que su madrina lo llamara me permitió escapar.

Así él se olvidaría de mi indiscreción y había funcionado, o eso pensé.

Bajó la cabeza. No supe si era por alivio o porque lo había lastimado.

¿Por qué se sentiría herido? ¿Por qué crees ser tan importante en su vida?

No es así. Solo hablaban y te confió algo personal, por un instante necesitó llorar y no lo quiso hacer frente a ti, fuiste tú quien sacó todo de contexto y exageraste…

Ha de pensar que soy una loca… ¿Crees que no lo hace ya?

—Tengo que saber —suplicó—. En ese momento, ¿por qué me llamaste por mi apellido?

En un intento por darle tranquilidad, apoyé la mano en su pecho, que subía y bajaba con rapidez.

Deseé envolverlo entre mis brazos y repetirle hasta que entendiera que solo había sido un accidente, y que él se encontraba a kilómetros de distancia.

Tenía que dejar ir la culpa que sentía por no enamorarse del país de sus padres. No obstante, me contuve.

—Es por el respeto que te tengo. Tú eres quien ha dado a conocer el apellido Avikar a nivel nacional. Antes de ti, solo era una compañía de Cranbrook y te admiro. Sin embargo, si lo consideras demasiado íntimo, te llamaré por tu nombre como hacen los demás.

Él asintió con la cabeza baja; aun así, me percaté de esa pequeña curva en sus labios que me hacía pensar que estaba complacido.

—No. —Levantó el rostro—. Solo es algo a lo que tengo que acostumbrarme.

—Si te molesta…

—No. —Se apresuró a decir mientras me tomaba de la mano y la giraba para dejarme un beso suave sobre el pulso—. Tienes razón, es… algo que solo tú harías.

No me dio tiempo a responderle porque abrió la puerta del baño e hizo un gesto para que pasara, en tanto llevaba mis botas en la mano derecha. No obstante, cuando hacía ese tipo de comentarios no sabía qué contestar. Él siempre lograba acallar mi cerebro, aunque fuera un milisegundo.

En cuanto llegamos al escritorio, me senté en la silla y abrí el cajón inferior derecho.

No las toques. Recuerda que no las limpiaste tú. Vas a morir… Morir… Morir…

—Edén…

Dejé las botas al lado de los zapatos de aguja, cerré la gaveta y me puse en pie. Él ya tenía la puerta de caoba de la oficina abierta y esperaba que pasara.

Caminé hasta la cafetera mientras él se soltaba el botón de la chaqueta, tomaba asiento y repasaba algunos documentos.

Nuestra rutina estaba establecida a la perfección, pues en esas dos semanas nos habíamos acoplado a las exigencias del otro.

Pronto descubrí que, cuando no me tenía a su lado, él me llamaba con frecuencia para asegurarse de que me mantuviera a la altura de la situación.

Sus directrices eran claras, y yo sabía cómo convertirlas en resultados.

Cuando coloqué la taza sobre el portavaso, ya lo había comunicado con el señor Smith, el distribuidor en Estados Unidos, y él finalizaba la llamada.

Mientras se tomaba el café caliente, lavé la jarra y desconecté la cafetera. Me senté a tomar dictado veinte minutos después.

—Para mañana quiero una reunión con la junta para discutir las tendencias de mercado. Seguimos sin atraer a tu grupo demográfico y, ahora que estás aquí, quisiera explorar opciones.

—¿A qué hora?

—A las diez.

Salí de la oficina minutos después. Me senté en el escritorio y envié por el correo interno la notificación de la reunión.

En cuanto terminé, abrí el cajón inferior izquierdo para tomar el bolso negro y sacar del bolsillo interior central una bolsa pequeña en color rojo.

Cerca de diez minutos después, cuando coloqué el bolso en la posición correcta, me puse en pie.

—¿Almorzamos juntas? —preguntó Jee–Gin, la recepcionista, cuando pasé por su lado. No me pasó desapercibida la burla que aún bailaba en su mirada.

—Me parece bien.

—Ya ansío que llegue la primavera para poder salir.

—Todavía faltan muchas semanas para eso.

Ella soltó un gruñido que me hizo reír. En los últimos días, habíamos compartido algunos almuerzos. Era la primera vez que conversaba con una mujer de mi edad, algo que agradecía. Aunque era evidente que ella lo hacía en un intento de descubrir qué había mal en mí.

Me adentré por el pasillo de la derecha. Toqué a la puerta de dirección de recursos humanos. El letrero estaba en su lugar, justo a la mitad de la puerta, tanto a lo largo como a lo ancho.

—Adelante —dijo la señorita Zoey desde adentro.

Abrí. Su escritorio de cedro aunque todavía no estaba en las condiciones que exigía un puesto como el suyo. El vaso de café tenía las marcas del lápiz labial; ese día, era de color marrón rojizo.

No te acerques, no sabes qué hay ahí, puedes sufrir una reacción… No lo he hecho desde que trabajo aquí… Sabes que eres una bomba de tiempo, tus días están contados. ¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí…

—Hola, Edén. ¿Qué te trae por aquí? Pensé que ya habías terminado con mi parte de la base de datos.

—Así es. ¿Te llegó el memo de la reunión de mañana?

Ella rio pícara.

—Sí, me llegó. ¿Solo me visitas por eso? Lo enviaste hace apenas unos minutos.

—No quiero molestarte, vine a traerte esto y me retiro.

Dejé la pequeña bolsa en color rojo sobre el escritorio y giré.

—Espera…

Quería salir cuanto antes del lugar, pero volteé, aunque me mantuve en el marco de la puerta.

—¿Qué me has traído? —Tomó la bolsa y sacó la docena de lápices labiales en tonos claros y oscuros—. ¡Wao! Son maravillosos, ¿cuál crees que se me verá mejor hoy?

Comenzó a abrirlos y trazó una línea con cada uno en el interior del antebrazo. Ese día lucía un traje verde olivo que complementaba esa piel morena oscura y cabello café lustroso. Sus espejuelos sin montura le cubrían los ojos cobrizos.

—Creo que el color beige dorado te daría ese brillo que buscas, pero es discreto para la oficina.

Dejé las toallitas en el bolso… Tú solo cometes errores… ¿Por qué tenía que probárselos todos?

—Es un regalo muy considerado de tu parte.

—De verdad no lo es, señorita Zoey.

De pronto me sentí avergonzada por comprar los labiales y entregárselos. Había sido un acto egoísta de mi parte, el pensar en mi incomodidad y querer modificar el comportamiento de ella. Las amigas no hacían eso.

Giré para esconder mis ojos humedecidos y salir de ahí. Había hecho lo mismo con Avikar desde el momento en que lo conocí. Tenía que controlar mis obsesiones.

Ella se acercó y colocó su mano sobre la mía, que estaba en el pomo. Cuando levanté la cabeza, una lágrima se deslizó por mi pómulo. Sin embargo, la señorita Zoey tenía una sonrisa en sus labios. Me sentí expuesta.

—Tienes trastorno obsesivo-compulsivo, ¿verdad?