29
Avikar
¿Ahora eres la víctima? ¡Qué gran fraude eres! Mereces que nadie recuerde que alguna vez exististe.
—Avikar…
No… No… No pude evitarlo. Luchaba contra esa mano… Me esforzaba… Hacía lo imposible por no sucumbir, pero era más fuerte que yo. Esa mano siniestra arrasó con todo para sumergirme en el pánico.
¿Necesitas más pruebas para aceptar lo que te dijo el doctor? A ella no le importas. Solo es una relación laboral.
Sé que pretendió abrazarme, pero me puse en pie para que no se percatara de cómo me costaba respirar. Le di la orden a Yaad con la mano izquierda para que mantuviera la posición, pues no quería que Edén presenciara todo el espectáculo.
—¿Pu–puedo usar tu baño?
—Avikar…
Ella también se levantó e intentó acercarse a mí. Sin embargo, me alejé con pasos inciertos. Sentía las gotas heladas bajarme por la espalda y el corazón golpeándome con violencia en el pecho.
Vas a morir, en total soledad, como debe ser. Sin que nadie recuerde que alguna vez exististe.
—Eras un niño, no sabías lo que decías —dijo, quedándose inmóvil para no empeorar mi reacción. Yaad se encontraba a su lado, con su cuerpo en alerta.
—¿Es aquí?
Señalé la pequeña puerta que se veía en el pasillo y ella asintió. Le hice una nueva señal a Yaad para que se quedara junto a ella, pues no quería aumentar su ansiedad.
Hasta el perro te ignora, cretino... Yo le ordené que se quedara a su lado… No funciona así y lo sabes, la prefiere a ella, para él tú no existes.
Entré al baño. Menos de un minuto después escuché cómo Yaad raspaba la puerta, insistente.
Las náuseas fueron tan fuertes que apenas pude llegar de rodillas al excusado.
Cuando mi cuerpo no pudo devolver nada más, me levanté.
Tuve que agarrarme con fuerza del lavamanos para no caer al suelo otra vez.
Abrí el grifo y me pasé agua helada en la nuca, luego tomé el enjuague bucal e hice gárgaras.
Respiré profundo varias veces para intentar sosegarme.
Abrí la puerta, cerca de veinte minutos después. Yaad se acercó a mí y me incliné para revolverle las orejas, hacerle saber que estaba bien. Apenas pude enderezarme cuando unas manos me sujetaron del abrigo y su boca chocó con la mía.
Ante mi jadeo de sorpresa, sentí la calidez y la humedad de la lengua de Edén rozarme el paladar.
Respondí al beso como el que se aferra al salvavidas para no ahogarse.
Por una eternidad, ella ocupó todo mi cuerpo y mis pensamientos hasta abrirse paso entre el pánico.
El beso se tornó en un mimo mientras, poco a poco, mi respiración comenzaba a calmarse.
Se escondió en mi pecho trémulo y musitó:
—Antoine…
Abrí los ojos.
—¡¿Sabes mi nombre?!
Levantó la cabeza hasta que su mirada se encontró con la mía. Sentía mi espalda apoyada en la puerta y a milímetros del pecho se encontraba ella. Me tenía acorralado.
—¿Qué? ¡Por supuesto que sé tu nombre!
Me observó varios minutos, en tanto me sostenía firme. Entonces ladeó la cabeza y entrecerró los ojos como si intentara resolver un rompecabezas.
—¿Estás bien?
—Yo…
El sonido de mi teléfono nos interrumpió, y por el tono supe que no podía desviar la llamada. Lo saqué del bolsillo del pantalón mientras Edén seguía sujetándome del abrigo y escudriñándome con esa mirada tan inquietante. Ella sería capaz de ver mi alma, aunque yo se lo prohibiera.
—Hola, madre, pronto voy para allá, no te preocupes.
—¿Estás solo?
Me percaté de la ansiedad en su voz. Habían pasado las tres de la tarde y no la había llamado. Era la primera vez.
—No, estoy en casa de Edén.
—¿Tu asistente?
La duda y la incredulidad eran evidentes en su voz. Cuando desperté ese día, no tenía idea de lo que me esperaba.
—Sí, mi asistente.
Que no dejaba de observarme como halcón.
—¿Qué haces en su casa?
—Nos encontramos en el parque y nos entretuvimos con la conversación. Me permitió agarrar calor unos instantes antes de volver.
—¿Por qué no la traes a nuestro hogar?
Sí, ¿por qué no llevas a casa a una mujer independiente? Así le enseñas que el gran CEO no puede vivir solo, que toda su familia está condenada a estar presente.
—No, madre, no creo que sea buena idea.
Sentí cómo ese agarre que me mantenía anclado fue soltándome poco a poco.
—Están solos. ¿Acaso no piensas en el honor de esa chica? ¿Desde cuándo te has vuelto tan grosero?
—No-No era mi intención.
—Sabes que debes traerla a casa, hijo. No cualquiera puede unirse a ti, eres un joven muy especial.
Sin mirarme, Edén dio media vuelta.
Según mi familia, mi fecha de nacimiento y signo zodiacal eran de mal augurio. Por eso, a pesar de tener un empleo estable y éxito profesional, mi madrina no había escogido una esposa para mí.
No creía en la astrología o el destino, pero sí en su definición de matrimonio. Quien se uniera a mí tendría que conformarse conmigo. Debía entender que existía una gran probabilidad de no ser feliz a mi lado.
—Madre… Yo…
—Desde que tus padres murieron has sido un hombre obediente, sin groserías. Sabes que tu matrimonio debe ser bendecido.
Caminé hasta la puerta de entrada, me coloqué el impermeable, la bufanda, los mitones y el gorro.
—No te causaré esa pena, madre.
Antes de llevar a Edén a casa tendría que confesarle la verdad y, aunque lo podría hacer en ese instante, no me sentía preparado.
Al no encontrarla en la sala, caminé hasta la cocina para despedirme. Ella acomodaba los dos tazones donde habíamos comido la sopa, aunque llevaba quince minutos lavándolos y ordenándolos desde que terminamos de comer. No se había tardado más porque yo estaba presente.
—Sé que no, hijo.
Me tomó desprevenido la voz de mi madrina. Por unos segundos había olvidado que aún hablaba por teléfono. Exhalé y giré. Yaad me seguía cuando salí.
—No tienes de qué preocuparte. Edén es mi asistente, nada más.