28
Avikar
—A los dieciséis.
La precisión de la respuesta me llamó la atención.
—¿Algo en concreto las desencadenó?
Ella apenas asintió y se removió incómoda en el sillón. No podía ser que tuviéramos eso en común. El silencio se apoderó de los dos durante un tiempo indefinido, ambos sumidos en nuestros pensamientos. Sentí el impulso de confesarle algo que ni siquiera con mi familia hablaba.
—Yo adoraba a mamá. Era la mujer más tierna del mundo, siempre con una sonrisa, muy mimosa. Papá era un hombre riguroso, pero afectuoso cuando estaba en familia. Al menos era así las pocas veces que estábamos juntos.
—¿Qué pasó? —susurró en un tono reconfortante y sereno.
No quise callar. Con ella me sentía igual de desarmado y estaba seguro de que no me diría que era ridículo.
—Se enamoraron de la India. Mi abuelo le hablaba maravillas a papá, así que todas sus vacaciones eran allá. Cuando llevó a mamá, ella quedó prendada.
Solté el aire que ni siquiera me había percatado de que había contenido.
—¿Tú también ibas?
—En tres ocasiones.
Para ese instante mantenía la mirada fija en la lámpara al lado del sillón.
—¿También te enamoraste?
Susurró mientras Yaad me apoyaba la cabeza, en un movimiento firme, sobre mi regazo, a la vez que un sonido lastimero se le escapaba del hocico.
—Es un lugar maravilloso, pero no lo sentía mi hogar. No es mi hogar.
Ella tomó mis manos entre las suyas. Esa calidez y suavidad desconocida me infundió valor y no titubeé al decir:
—No quise ir. En ese viaje en particular, ellos regresarían a casa el día de mi cumpleaños y no quería estar encerrado en un avión más de trece horas, quería celebrar con mis amigos. Por eso me dejaron con mis padrinos. Se suponía que cortaríamos el pastel cuando llegaran.
Guardé silencio, y en todo momento sentí que ella me apoyaba. No estaba seguro de cuánto tiempo pasó cuando continué:
— Al ver que no llegaban, tomé el cuchillo para cortarlo y cantarme yo mismo el cumpleaños. Luego grité que no los necesitaba en mi vida, que no quería volver a verlos.
Otra vez me quedé callado. Para ese instante el pecho me quemaba.
—Al día siguiente llegaron las noticias, el autobús en el que viajaban se había precipitado por un barranco.