27
Avikar
Desvié la mirada y tragué saliva. Hacer planes, por muy sencillos que parecieran, era difícil para mí. Vivía con el acecho constante de una mano siniestra que prometía capturarme cuando menos lo esperaba. Ella no era la única con un secreto.
A pesar del temor, apoyé la bicicleta en el estand para que Ethan se la llevara y subí junto a ella.
Yaad se acostó encima de los dos mientras Edén continuaba con sus caricias y mimos.
Cuando arrancamos, le envié un mensaje de texto a Ethan para hacerle saber a dónde me dirigía y que esperara mi llamada.
Edén me entregó la llave de su hogar tan pronto llegamos. Abrí la puerta del taxi y la ayudé a bajar, en tanto Yaad seguía como su guardián. Le ofrecí la mano para subir los tres escalones que daban acceso a su hogar. Solo entonces me acerqué a la puerta y abrí.
—Cuando te dije que tenías días por enfermedad, no pensé que los tomaras y menos tan pronto. —Ella rio mientras se quitaba las botas —. Ve preparando el té.
—Vamos, cariño —le dijo a Yaad quien la siguió muy obediente.
Y ese era mi problema. Ella… Ella causaba una revolución en mi interior.
Desde que la había conocido, la risa me sorprendía con una facilidad que había olvidado.
A su lado podía soñar e imaginar. Por primera vez en mucho tiempo añoraba vivir.
Que llegara a mí era un castigo. Mi ruina sería la misma si se quedaba o se marchaba.
En tanto ella entraba, regresé al taxi para pagar el importe más la propina. Subí con precaución los escalones. Me senté en el sillón del pórtico y me retiré las botas. Encontré el cepillo para limpiarlas y también lo hice con las de ella.
En cuanto entré a la casa, me quité el gorro, la bufanda y los mitones, los guardé en los bolsillos del impermeable y lo colgué en el perchero junto a la puerta. Por el aire corría ese olor tan característico de su perfume: mandarina y pera, además de una comida hogareña.
Atravesé el ancho pasillo, para encontrarme con un espacio minimalista, sin divisiones.
El suelo era de madera pulida. Respiré tranquilo al descubrir que no tenía figuras u otros objetos que la mantuvieran despierta en la madrugada por tener que acomodarlos.
Me gustaba el sillón color crema, con los cojines justos, y las sillas de cuero alrededor de la mesa de comedor de acero inoxidable.
Sobre ella colgaba un candelabro de vidrio que simulaba un jarrón de flores.
Cualquiera que entrara pensaría que era una casa de demostración y jamás sospecharía que estaba habitada.
Llevé la vista hasta la cocina, y me encontré a Yaad desparramado en el suelo, mientras Edén apenas colocaba la tetera en la estufa, aunque había una olla con tapa a fuego bajo.
Me detuve unos segundos al presenciar por primera vez la nevada piel de sus manos.
Recordé su suavidad y un estremecimiento me recorrió de la cabeza a los pies.
Ansiaba que volviera a tocarme, algo tan banal para los demás, pero tan significativo para ella y extraordinario para mí.
Tranquilo, si llegas a tener un ataque de pánico la vas a aterrar. Pensará que eres un desequilibrado y renunciará.
—Ya está aquí —dijo cuando me acerqué.
En el suelo había un envase de agua a medias y otro vacío, donde asumí que le dio algo de comer a mi compañero.
—¿El termostato está bien para usted?
—Sí. ¿Tú estás bien? Por un momento pensé que te convertirías en una estatua de hielo y tendría que trasladar la embotelladora al parque.
Ella rio. Sentí el impulso de corresponderle. Ladeó la cabeza sin perder la sonrisa.
—No sé por qué, pero tengo la seguridad de que lo haría.
—Y tú me reprenderías por considerar que colaboro contigo.
Ella rio otra vez. Esta vez la sonrisa se me escapó.
Ella es solo tu asistente, debes tratarla como tal… No existe nada entre los dos.
El corazón se me aceleró. Entreabrí los labios para dejar entrar el aire. Esa mano siniestra que me sumergía en el pánico amenazaba con aparecer.
—¿Por qué no se pone cómodo? —susurró al percatarse de mi reacción.
Sin hacer preguntas. Sin juzgar al jefe que la había hecho firmar un contrato sin saber qué decía.
—Yaad necesitará al menos una hora para hacer la digestión y entrar en calor. —Sonrió una vez más—. Nunca vi a un perro comer tan gustoso una sopa de guisantes.
—Eso es porque mi madrina solo le da comida india. Nada de esas croquetas para perro o demás comida procesada.
—Eso ya lo imaginaba.
Me pareció extraño su convencimiento, aunque no le presté atención. Observaba el ritual de colocar las tazas a la distancia exacta que marcaban el pulgar y el índice al formar una L. Sus movimientos eran metódicos.
—Edén… —susurré cuando pasaron cuatro minutos con exactitud y ella aún arreglaba las dos tazas.
Hizo una pausa. Entonces agarró los filtros de té de acero inoxidable y los colocó dentro para añadir el agua caliente. Se acercó al fregadero para lavar la tetera, una… dos… tres…
—¿Lo llevó a la mesa del comedor?
—Sí. Estoy calentando la sopa, voy en unos minutos —respondió al detenerse y colocar la tetera ya seca en la alacena.
—Gracias, es muy considerado de tu parte.
Llevé el té a la mesa y regresé a la cocina. Cuando notó que había regresado, dejó de revolver la sopa y bajó dos tazones para servirla con una porción de cerdo por encima. El estómago me gruñó, ansiaba comer una porción completa, pues estaba deliciosa.
Nos sentamos a la mesa. Entre bocados hablamos de música y películas, aunque ella nunca había ido al cine.
La miré durante unos segundos. Pero luego deduje que para ella sería terrible estar en un lugar donde se suponía que fueras a relajarte y solo pudieras pensar que te ocurriría algo espantoso por las palomitas tiradas por el suelo y el sonido de los teléfonos.
—¿De verdad ves todos los juegos?
En ese momento estábamos sentados en el sillón con Yaad recostado encima de los dos y hablábamos de hockey. Estaba divertida con mi reacción, pero a mis primas les parecía un deporte de brutos, así que me sorprendía que a ella le gustara.
—Sí.
Entrecerré los ojos. No podía imaginarla sentada frente a la televisión animando a los Ice[1].
—Nigel Dawes es el jugador con más goles, hizo cincuenta en la temporada 2004 – 2005. Y Jarret Stoll es el jugador con más asistencias. El récord está en sesenta y seis.
Me dedicó una mirada desafiante y tragué con dificultad, pues me había pillado. Había pretendido hacerle todas esas preguntas para comprobar que no me mentía. Una estupidez, lo sabía.
Entonces sonrió. Antes de darme cuenta, le había devuelto la sonrisa. Ella… Ella siempre me tomaba desprevenido. Con mi familia sabía contenerme porque ellos hacían lo mismo.
—¿Nunca has ido al Rec Plex?
Me aclaré la garganta, pues sentía un nudo opresor a la altura del pecho.
—No, solo los veo por la televisión.
Me quedé en silencio contemplándola. Que aceptara a Yaad, disfrutara del aire libre a temperaturas bajo cero y siguiera el hockey con tanta pasión me hacía preguntarme qué había detrás de sus compulsiones.
¿Por qué en el trabajo tenía que usar guantes y en casa no?... Ella te dijo que para controlarse… Si fuera así, también los usaría aquí.
—¿Tus pensamientos y compulsiones comenzaron desde niña?