El silencio de Avikar 26
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Avikar

Caminé sin prisa por el lado izquierdo de la vereda para que con su visión periférica ella se percatara de mi presencia.

Cuando giró la cabeza, hice un gesto de saludo para que se sintiera tranquila.

Respondió a la señal con una sonrisa amplia y con su pequeña mano enguantada me devolvió la cortesía.

Estaba concentrado en la escarcha sobre sus largas pestañas, cuando sentí que Yaad tiró de la correa, tomándome desprevenido.

En el momento en el que alcancé a reaccionar, él ya estaba sobre ella con las patas en sus hombros.

Me pareció extraña su reacción, pues solo con Peter solía actuar así porque era parte de sus funciones.

Apresuré mis pasos mientras gritaba:

—¡Yaad, NO!

Estaba seguro de que se desatarían las obsesiones y compulsiones de Edén y, con ellas, esa ferocidad que despertaba en mí ante la necesidad de protegerla. Todavía no lograba comprenderla.

Aquel día había percibido el ir y venir en su mirada, la batalla en su interior por no ceder ante el lápiz labial de Zoey, lo que ella misma sabía que era absurdo. La admiraba. Cualquiera se escondería del mundo, mientras que ella intentaba pertenecer y permanecer en él.

—¡Quieto!

Hasta yo me detuve ante el comando de Edén. Me había tomado desprevenido, pues su forma de hablar solía ser pausada; sin embargo, era una característica que no me molestaba. Al contrario, de alguna manera existía cierta sensualidad, pues complementaba la dulzura de su voz.

Yaad la observó con esos ojos de arrepentimiento que conocía muy bien. El gato de la película era un principiante a su lado. Él la obedeció y se sentó erguido por unos segundos para entonces apoyarle su cabeza en el regazo y recibir como recompensa una rascada tras la oreja que lo derritió.

Fruncí el ceño al percatarme de la tranquilidad de Edén, sin importarle los pelos y babas de mi adorado compañero de penas. Tampoco entendía el comportamiento de él con ella.

¿Sus acciones fueron porque yo mismo tuve una reacción visceral ante ella?

—Lo siento mucho. Él está entrenado, no sé qué sucedió. No quería arruinar tu día.

Sonrió una vez más y señaló el espacio junto a ella.

—¿Quiere acompañarme? Yaad está muy cómodo.

—¿No–no te molesta?

—Por el momento no.

Parpadeé. Yaad seguía en su regazo como si la conociera de toda la vida. Apoyé la bicicleta en el estand y me senté a su lado. No era lo mismo estar en la embotelladora y ser su jefe, a ser un hombre común y corriente que se la encontraba en el parque.

Me acomodé en la banca sin saber qué hacer con las manos. Estuve perdido desde el instante en que esos ojos zarcos me observaron con admiración, aunque aún no estaba seguro de cómo sería mi ruina.

La observé mientras sacaba un termo de su bolso y servía sopa de guisantes con una porción de cerdo en la tapa, que hacía de taza.

Entonces me la ofreció. Muy agradecido, lo tomé con las manos enguantadas y comencé a comer.

Por el frío, solo las primeras cucharadas estaban calientes, aunque mi cuerpo agradeció ese calor efímero.

—¡Wao! Esta carne es deliciosa, jamás probé algo igual. —Ella se limitó a sonreír mientras le daba a probar a Yaad y ella misma comía—. Te ves tan relajada. Tu mirada tiene un brillo hermoso.

La tensión que arrastraba desde la consulta había cedido. Cuando comenzó el día, solo ansiaba llamarla, hacerme patente en su vida, y ahora la tenía a mi lado. Ella misma me había invitado. No había tenido que inventar una excusa. Sus acciones me fascinaban y me inquietaban en la misma medida.

—Me gusta estar al aire libre. Mis padres tienen una granja en Dawson Creek. Solía escaparme de casa, correr por los campos, recostarme en la hierba y observar las nubes.

Dawson Creek… Dawson Creek… Dawson Creek… Dawson Creek…

Se me hacía difícil imaginarla así, aunque eso me permitía entender su tranquilidad con mi amigo.

Al terminar, le devolví la taza y ella volvió a colocarla en el termo.

—Asumo que tenías un compañero de travesuras.

Sonrió.

—Sí, Bob, un labrador.

—¿Qué pasó con él?

—No era mi perro, era de Mark Pelletier, el vecino, el más cercano a kilómetros. Una vez que se delimitaron las tierras y construyeron la cerca, no regresó.

Bob… Labrador… Mark Pelletier… Vecino…

Me quedé en silencio, no me imaginaría estar sin Yaad, había sido el regalo de mi familia al convertirme en el CEO de la embotelladora. En sus retorcidas mentes, era para asegurarse de que siguiera siendo humano.

Me puse en pie, llevábamos sentados cerca de ocho minutos y, aunque el calor de la sopa fue reconfortante, ella no podía estar más tiempo al aire libre. Le ofrecí la mano, cuando la tomó, me acerqué a ella y comenzamos a caminar, mientras llevaba la bicicleta del otro lado.

Dos minutos después agarré su bolso y pasé mi brazo por su cintura. Edén no podía contener el castañeteo de sus dientes. Yaad caminaba muy pegado a ella, como si también la resguardara y le ofreciera su calor.

—Le invito a una taza de té caliente. Mi taxi está allí.

Señaló el automóvil en la avenida. Unos metros atrás, el chófer de la familia me esperaba.

—Ethan está aquí. Acepto tu invitación y te llevo a casa.

—Yo–yo preferiría ir con Jacob.

Entrecerré los ojos. La tranquilidad que había visto en ella en el parque parecía haberse quedado atrás.

Llegamos a la avenida y nos acercamos al taxi. para que Ethan pudiera seguir el taxi hasta su casa; necesitaba asegurarme de que llegara bien.

—Ya estoy aquí, Jacob.

—Directo a casa, señorita, tiene que entrar en calor.

— Él es el señor Avikar —dijo, señalándome—, y este es Yaad.

Al oír su nombre, Yaad se subió al taxi y apoyó la cabeza en el regazo de Edén. Le ordené bajar, pero me ignoró. Me pareció muy extraño su comportamiento. Era como si hubiera decidido cambiarme por ella.

—Lo siento tanto, Jacob —dijo muy apenada—. Le aseguro que limpiaré a conciencia el taxi.

—No hay problema, señorita. Se ve que le tiene cariño.

Edén me sonrió.

—Creo que tendrá que venir conmigo.