El silencio de Avikar 24
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Avikar

Ethan me dejó frente a la puerta de mi hogar cerca de cincuenta minutos después. Con paso seguro caminé por la nieve y llegué hasta la entrada. Abrí la puerta y colgué el anorak en el perchero que estaba del lado izquierdo en el recibidor.

—Buenos días, señor Avikar —saludó Valentina, el ama de llaves de la familia.

En realidad, no sabía cómo lo hacía, pero ella siempre estaba ahí para recibirme cuando llegaba a casa.

—¿Va a comer con la familia, señor?

—Hoy no.

Ella asintió y se fue. Atravesé el área y subí las escaleras para llegar a mi habitación.

La casa original que mi abuelo Mahir compró hacía más de cincuenta años cabía entera en lo que ahora era el recibidor.

Con el tiempo, la propiedad había sufrido varias remodelaciones hasta convertirse en la mansión que era en ese momento.

La más importante había ocurrido cuando terminé la preparatoria.

Ese año había sido difícil, pues por primera vez había sentido una ilusión de juventud y Lilibet me correspondía, aunque solo estuvimos juntos seis semanas y tres días.

Se sentía asfixiada conmigo, al punto de que sus padres exigieron que me alejara o solicitarían una orden de protección.

Intenté explicarles lo que sucedía y mis padrinos se vieron en la obligación de intervenir. Yo jamás le haría daño.

Sin embargo, pidió cambiarse de instituto a mitad de semestre y, por primera vez, me internaron en una institución psiquiátrica en contra de mi voluntad.

Había sido Peter, mi mejor amigo, quien me ayudó a sobrellevar la situación.

Ante lo sucedido, mi familia tomó la decisión de que viviéramos todos juntos.

Quince personas obligadas a vivir en el mismo espacio solo por ti, ¿crees que lo mereces?… Llama a Edén… Llámala… Llámala…

Luego de quince minutos llegué hasta mi habitación.

Era la más retirada, pues fue el último espacio en añadirse.

Mis padres apenas pasaban tres o cuatro meses al año en Canadá y el lugar que consideraban hogar era la India.

En sus viajes habían recorrido gran parte del país e incluso, habían encontrado un terreno en Mumbai en el que habían planeado establecerse.

Entré al armario para cambiarme. Necesitaba despejar mi mente e intentar controlar mi ansiedad y sabía que correr en bicicleta me ayudaría.

Cuando me ajustaba los zapatos deportivos, escuché que alguien tocaba.

—Pasa, madre.

La puerta se abrió despacio. Mi madrina Marima era una mujer muy elegante y respetuosa de las tradiciones hindús.

Su matrimonio con mi tío Aarón había sido concertado cuando ambos eran muy jóvenes; no obstante, no conocía otra pareja que se mostrara tanto amor y respeto.

Entre ellos existía una complicidad envidiable.

A veces, con una sola mirada, ellos sabían lo que pensaba el otro.

Los treinta y cinco años que llevaban juntos eran los responsables de ello. Yo necesitaba algo igual, aunque estaba seguro de que sería inalcanzable. Sin embargo, desde hacía dos semanas las esperanzas de encontrarlo habían renacido.

Mi madrina frunció el ceño al verme. Como todos los días, vestía un salwar kameez: un pantalón holgado y una túnica larga que le llegaba hasta los muslos. En la frente llevaba un bindi rojo, como acostumbraban las mujeres casadas de su familia.

Me incliné ante ella y toqué su pie derecho con la mano derecha, una muestra de respeto y humildad que me habían enseñado desde niño.

Según las reglas con las que me habían criado, debía utilizar la mano derecha.

En casa la utilizaba para todo, pues así me habían educado desde pequeño.

Aun así, tenía que esforzarme y pensar antes de actuar para no equivocarme, pues las reglas eran inflexibles.

Si necesitaba escribir algo lo dejaba hasta que estuviera en la oficina, pues mi letra era ininteligible cuando intentaba hacerlo con la derecha.

En cuanto me levanté, ella me tocó el rostro y en sus ojos se reflejaba esa calma que siempre transmitía.

—¿Vas a salir, hijo?

Asentí.

—Voy a correr. Te prometo no tardar.

—Déjame decirles a tus primos para que te acompañen.

—No es necesario, madre.

—¿Cómo te fue en terapia?

—Bien, madre.

Me observó solo unos segundos, pues, según las normas con las que me habían criado, sostenerle la mirada a un mayor era irrespetuoso. No obstante, Edén solía sostenerme la mirada y era una característica que me fascinaba, pues yo tampoco podía apartar la mía de ella.

—Quédate a comer.

—Regresaré tan pronto que ni te percatarás que me he ido.

Junté las manos, las llevé frente al rostro y me incliné ante ella.

—Namaste.