20
Edén
El señor Avikar se puso en pie y, al echar a andar, tuve que seguirlo.
Sin importarle que la familia nos observara, tomó mi mano con la suya; el lazo en las piernas se deshizo, pero no el de nuestras manos.
La señora Madison entrecerró los ojos. El señor James me observó con una sonrisa ladina en los labios.
El señor Benjamín y la señora Amelia conversaban entre ellos y sus otros primos parecían encantados con la situación.
Si tan solo supieran que es para que no les salte encima para limpiarlos, como hice con él en la entrevista.
—Zoey, cuando terminen de comer, pídele a alguien de mantenimiento que deje el salón ordenado.
Ella masculló algo ininteligible, pero al parecer él no se percató o la ignoró.
—Tú concéntrate en exprimirle hasta el último centavo a tu jefe —dijo el señor Owen al guiñarme un ojo cuando pasé a su lado.
Entramos a la oficina aún tomados de la mano, creo que para ese momento él ni recordaba estar amarrado a mí.
—Tengo que…
—Creo que fui claro al pedir que mantenimiento se encargara de eso —dijo con firmeza.
Asentí y me mantuve en silencio para esperar sus órdenes.
Él es tu jefe, será un grave error olvidarlo.
—Pide, por favor, el almuerzo para los dos, a estas alturas no creo que mis primos hayan dejado algo para nosotros. Dime que tomaste anotaciones de la reunión y podrás preparar la minuta de la reunión.
—Sí, señor. La tendré lista en la tarde. Puedo pedir el almuerzo para usted, pero le prometí a Kim Hee-Jin comer con ella.
Tengo que recoger la vajilla, acomodar cada utensilio en su lugar, asegurarme de que ningún rastro de comida cayera sobre esa hermosa mesa, pasarle una nueva capa de aceite.
Él asintió y se acercó al escritorio, aún con mi mano en la suya. Tomó el teléfono con la mano izquierda y marcó el número dos en el conmutador.
—Hee–Jin, la señorita Swan y yo vamos a estar reunidos en la oficina. Ve al salón de juntas, mis primos están almorzando allí y les encantará hacerte compañía… No hay de qué, Hee–Jin.
Un brillo fugaz de diversión cruzó su mirada antes de que colgara.
—¿Estás bien?
—Sí. Gracias por lo que hizo.
—Imaginé que el lápiz labial en la taza de Zoey te tenía ansiosa.
—Y las manchas de grasa en los puños del señor Logan.
—Es mecánico, no hay mucho que podamos hacer.
Bajó la mirada hacia nuestras manos, soltó la cinta y pasó con delicadeza la yema del dedo por mi muñeca.
El movimiento repetido de su dedo sobre mi pulso fue aflojando la tensión que habían dejado las obsesiones.
Aun así, otra inquietud crecía en mí, una sensación que había sentido de forma fugaz y luego olvidado.
Entonces nuestras miradas se entrelazaron.
—¿Cómo sobornaste a mi familia? —En ese momento su tono de voz era más ronco.
—A la señorita Zoey con la base de datos. —Él asintió—. Al señor James con una taza de su costosísimo café y a sus primos con el almuerzo. Le prometo que el secreto del café será entre usted y yo.
—Mis primas lo quemaban, ¿crees que gastaría una fortuna para tomar borra?
¿Por qué tener la lata entonces?
Como si leyera mis pensamientos, añadió:
—Su diseño es hermoso y antiguo. Era de mi abuelo y la encontré escondida en el armario. El bolígrafo también era de él y el reloj era de mi padre. —Hizo una pausa—. Tengo suerte de que mi única asistente cumple con el cliché y convierte un café barato en uno prémium.
—¿Por qué soy su única asistente? ¿Y si llegara a arrepentirse?
—Cuando mi padrino se retiró, la asistente también lo hizo. Según ella, tenía que encontrar una persona que se amoldara a mi forma de dirigir. Esa persona nunca apareció, hasta ahora.
¿Cómo era posible que tuviera tanta fe en mí? ¡Y más cuando sabía de mi condición! Entonces dije:
—¿Por qué tiene el contrato en su caja fuerte?
—Mi familia amenazó con escoger un asistente permanente a mis espaldas. Así que borré el archivo de las computadoras de la empresa, lo redacté en mis propios términos y lo resguardé en un lugar al que solo yo tengo acceso. De hecho, no guardo nada más en la caja fuerte.
Asentí una y otra vez.
—Gracias por darme ese privilegio.
Es un privilegio enorme, uno que no mereces. Tú jamás serás la asistente perfecta… Para él lo seré.
—Lo supe desde el instante en que entraste por la puerta de la oficina a pesar de tus compulsiones, solo quería darte tiempo para que te sintieras segura aquí. No esperaba que la familia se entrometiera.
Reí. Él fijó su mirada en la mía y entrecerró los ojos.
—¿No me vas a preguntar por tu sueldo y beneficios?
—¿Cambian?
—Tu sueldo se triplicará, contarás con un mes de vacaciones y uno por enfermedad. Recibirás bonos adicionales por las cuentas en las que trabajemos juntos. Como ya te dije, pagaremos tu plan médico y algunos otros beneficios. Aunque tengo una petición poco ética.
Ladeé la cabeza para observarlo, y sonreí. Con su pulgar continuó acariciándome el pulso, como si tampoco él quisiera detenerse.
—¿La cual es?
—Que no tomes el mes de vacaciones.
Me mordí el interior del pómulo para no reírme. Por algún motivo, no me sorprendía esa petición.
—Pensé en una semana cada tres meses o… —Hizo una pausa como si deseara ofrecerme otra opción—. Una semana cada tres meses.
Sus ojos se iluminaron un instante.
¿Por qué no podría tomar vacaciones durante un mes? ¿Hay algo malo en que lo haga?… Al parecer, tu jefe no es muy cuerdo que digamos… Si es lo que él necesita, ¿quién soy yo para enjuiciarlo?… Qué petición más extraña… ¡Hey! Él no me juzga a mí, así que no te atrevas a hacerlo tú.
—Mis opciones son muchas, no obstante, escogeré tomar una semana de vacaciones cada tres meses.
Él rio, pero se detuvo en seco al percatarse. Esperé unos segundos. No entendía por qué no se permitía tener un momento placentero. Solo para relajarlo, dije:
—¿Por qué usted es el encargado de la empresa? Creo que el señor James anhela ser el CEO.
—Siempre estuve detrás del abuelo. Desde antes de que mis pasos fueran certeros, solía esconderme debajo de esa mesa en sus reuniones.
Cuando mis padres murieron, la embotelladora se convirtió en mi refugio, aún lo es.
Tío James es competitivo, pero está muy cómodo en su área y le doy bastante libertad.
Si fuera el CEO, tendría que responder por los intereses de la familia y es una responsabilidad que no desea.
— Es una mesa hermosa; los detalles te roban el aliento.
Me pareció un tema privado, por eso desvié la conversación.
—Mi bisabuelo la talló y mi abuelo la trajo desde la India. —Hizo una pausa y me contempló—. Creo que todos están muy sorprendidos contigo, te ganaste su aprecio.
Desvié la mirada hacia la izquierda y acomodé un mechón de cabello imaginario.
—Querían intimidarme.
—Suelen ser suspicaces con las personas que se me acercan y no les hablé de tu llegada.
Su mirada se apartó apenas al responder. Lo dejé pasar, asumía que era así por él ser su representante.
—Lo de las vacaciones está escrito en el contrato, por eso no permite que nadie lo vea, ¿verdad?
—Así es.
—¿ Debo saber qué otras cláusulas contiene su contrato?
Había pensado que era una guía de cómo sería nuestra relación más que un contrato laboral. El primer contrato que firmé ya establecía esas disposiciones de sueldo y beneficios.
—Te prometo que no tendrás que hacer nada ilegal.
— No me gustaría fallarle. Confía demasiado en mí.
«Demasiado… Demasiado… Demasiado.»
—No lo harás, de eso estoy seguro.
Nuestras manos continuaban unidas, no entendía mis reacciones hacia él. Con su familia era la mujer fuerte que tuve que aprender a ser para enfrentar a mamá, pero por algún motivo esas defensas bajaban en presencia del señor Avikar y sospechaba que a él le ocurría lo mismo conmigo.
—Solo por curiosidad, ¿una de esas disposiciones es que ni siquiera llegue un segundo tarde?
En sus labios apareció esa pequeña curva, como si estuviera complacido.
—Sería motivo de terminación inmediata —accedió—. Pero sé que hoy llegaste a las siete y cincuenta, por eso estoy seguro de que no fallarás.
Se llevó mi mano a los labios y dejó un beso en mi muñeca, justo donde su pulgar había mantenido aquel ir y venir. Solo entonces me soltó.
Dejé mi mano abierta entre los dos un instante antes de que la acercara a mi cuerpo.