El silencio de Avikar 18
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Edén

Comencé a servir el café cuando escuché pasos al unísono. Los Avikar llegaron al mismo instante, con el señor James a la cabeza, tal vez con la intención de intimidarme.

Sin decir palabra, tomaron asiento. A la izquierda de la silla presidencial se acomodaron los tíos del señor Avikar, con el señor James en el puesto más cercano; a la derecha, sus primos, encabezados por una mujer joven y sofisticada, con un traje ejecutivo costoso y una manicura impecable.

Parecían haberse distribuido por generaciones y, dentro de cada grupo, por edad.

Sus miradas estaban fijas en mí. El primero en probar la taza de café fue el señor James.

Al ver su rostro, los demás siguieron el ejemplo a medida que les servía.

De sus gargantas escaparon sonidos de apreciación al degustar el café.

Cuando terminé de llenar la taza del señor Avikar, él entró a las once y media en punto, ni un segundo más. Se detuvo en seco al percatarse de que el salón estaba lleno y abrió los ojos de par en par.

—Así es, Antoine. Tu asistente ha logrado lo imposible —dijo la directora de recursos humanos.

Una risa burlona recorrió la mesa. Él me observó varios minutos, y en sus labios apareció esa pequeña curva, como si estuviera complacido.

—Señorita Swan, reafirmo lo que le dije el día de la entrevista.

—Considerando que ninguno sabía de la existencia de una entrevista, nos encantaría saber cómo fue —dijo la señorita Zoey.

—Vamos, no nos hagas sufrir, sácalo ya —intervino una mujer joven y sofisticada sentada al lado izquierdo de la señorita Zoey.

—Es privado, Madison —le advirtió él.

—¿Te recuerdo que todos los contratos de la empresa pasan por mis manos, Antoine? —insistió la señorita Zoey.

—¿Podemos hablar de lo que en realidad les atañe?

—No —contestaron al unísono.

—Ya lo quiero ver… —expresó el señor James con una mirada de incredulidad.

El señor Avikar se masajeó la sien y, dirigiéndose a mí, dijo:

—Señorita Swan, no le he presentado con formalidad a las personas que, junto conmigo, conforman la asamblea de accionistas de la embotelladora Avikar.

James, Benjamín y Amelia Avikar, director de ventas a nivel nacional, director de ventas a nivel local y directora de diseño, respectivamente, mis tíos.

Madison, Zoey, Jack, Owen y Logan Avikar, directora de operaciones, directora de recursos humanos, director de informática, director de manufactura y director de mecánica, en ese orden, mis primos. Los reuní para…

La señorita Zoey debe gastar una fortuna en lápiz labial, conozco varias marcas que le darían ese efecto brilloso y voluptuoso sin dejar rastros por cualquier superficie y eso es muy peligroso…

Y las mangas del señor Logan, ¿el desengrasante de autos se podrá utilizar en la tela?

Un jabón de lavar, por costoso que sea, no podrá con ellas…

—Nada de eso. Abre la caja fuerte, todos queremos verlo. — La seriedad de la señora Amelia no parecía admitir una negativa.

Tal cual entró, el señor Avikar salió del salón de juntas. Al regresar, resguardaba con recelo una carpeta negra. Solo entonces caminó hasta su lugar en la mesa. Sacó una silla y extendió la mano en señal de que me sentara. Tan pronto lo hice, él me imitó. La duda estaba dibujada en su rostro.

—Llevamos esperando dos años por esto, díselo —lo animó el señor Owen.

El señor Avikar giró hacia mí. Sostuvo mi mirada sin vacilar. Entrecerré los ojos.

—Señorita Swan, le ofrezco la permanencia como mi asistente personal.

Abrí los ojos y me sujeté las manos para ocultar el temblor.

— ¿Por-por qué? Solo he trabajado para usted un par de horas.

—Porque en los dos años que he estado a cargo de la embotelladora, estas ocho personas jamás han atendido una reunión. Envían a uno de sus subalternos y esos siempre llegan tarde. Al parecer, les molesta recibir órdenes del más joven de la familia.

Por un segundo sentí que estábamos solos porque nuestras miradas no podían separarse la una de la otra.

—Mi querido primo es quisquilloso con la puntualidad. Digamos que es nuestra manera de intervenir en su obsesión. No tiene nada que ver con la edad, él sabe que todos reconocemos que es el adecuado para dirigir la empresa —lo amonestó la señora Madison.

—¿Dices que sí, Edén?

Ignoró a su prima, estaba concentrado en mí. Asentí y tragué saliva antes de intentar que mi voz funcionara.

—Solo tienes que firmar aquí.

Tomé el bolígrafo que me entregó. Sentí un hormigueo fugaz cuando sus dedos rozaron los míos.

—¡La tinta es color oro! —exclamé al colocar el bolígrafo en el papel.

Él tomó el documento para firmar al lado de mi rúbrica y escribió la fecha.

—El color de la sabiduría, la belleza y la generosidad —explicó la señora Amelia.

El señor Avikar se puso en pie y, mientras se alejaba con paso apresurado, dijo:

—Si me disculpan, regresaré la carpeta a la caja fuerte.

—Ni siquiera le dijo cuáles son sus beneficios. Ella ni lo leyó —dijo el señor Logan, atónito.

Un tono trasparente que resalte el color melocotón de sus labios… Las manchas de aceite salen con talco de bebé, la de grasa automotriz, ¿también?

Cuando el señor Avikar regresó, se sentó junto a mí.

Como si estuviéramos solos, se agachó bajo la mesa.

Un estremecimiento me recorrió al sentir una cinta rodearme la pierna izquierda.

Bajé la mirada para observar cómo él la ataba a su pierna derecha con tres vueltas.

El calor golpeó mis pómulos cuando levanté la mirada y la familia nos observaba con atención.

En el momento en que se enderezó, tomó mi mano izquierda para amarrarla a su mano derecha, aunque era un amarre simbólico, pues podría soltarme con facilidad.

—¿Qué haces? —La señorita Zoey tenía el ceño fruncido porque los hacía esperar.

—La amarré a mí, así ninguno de ustedes podrá robármela.

Su tono se mantuvo impasible. Al parecer solo mi respiración era superficial.

—Es tarde ya, la quiero en mi departamento y no lo pido.

La mesa quedó en silencio ante el desafío del señor James.

—Ya me robaste a una candidata, tío, no volverá a ocurrir.

El señor James me observó con una mirada impenetrable, al parecer seguro de que aceptaría el puesto que prometía.

—En el instante en que te vi, te ofrecí el empleo, no como mi sobrino, que debió tener la presión de la familia para hacerlo.

De seguro, en ese contrato hay una una cláusula de terminación anticipada, que pagaría gustoso con mi propio dinero.

Cualquier beneficio que él te ofrezca, yo lo triplico.

Podrás viajar a todas las provincias del país, tendrás una experiencia laboral mucho más gratificante que contestar el teléfono para él, trabaja para mí.

Al estar amarrados, sentí la tensión en el cuerpo del señor Avikar. Percibía sus nudillos blancos por la fuerza con la que cerraba los puños. El resto de la familia nos observaba con recelo y curiosidad, incluso un poco de burla ante la situación.