El silencio de Avikar 16
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Edén

Tú fuiste la que aceptó el empleo en este lugar, a pesar de conocer las consecuencias… Las instrucciones en la puerta dicen que debo usar redecilla en la cabeza, guantes y una bata, eso será suficiente para protegerme… O causarte la muerte.

Acerqué la mano al botón de acceso; en segundos, la puerta se abrió.

¿Lo traes contigo? Es muy importante, tu vida está en peligro… Revisa… Revisa… Revisa…

Me llevé la mano al bolsillo derecho, y sentí el estuche.

Toqué a la puerta de la única oficina que se veía en el lugar. Desde mi posición podía observar el agua cristalina caer en el envase, detenerse en el momento preciso sin desperdiciar ni una gota. Entonces el envase avanzaba a un compás exacto hasta el área de sellado hermético. Era perfecto.

Tú muy bien sabes que no es así… Sí, lo es, yo me tengo que amoldar al mundo, no él a mí… El mundo será el causante de tu último suspiro.

Dos minutos después un hombre abrió y me permitió el paso. En el interior, otros dos hombres me observaban con interés. Reconocí a los hombres que buscaba. No debía haber mucha diferencia entre sus edades; quizá el menor rondaba los cuarenta y el mayor no llegaba a los cuarenta y cinco.

La oficina era austera: consistía en una mesa en imitación de piedra al centro, cuatro sillas a su alrededor y una pizarra electrónica al fondo. Ningún papel o archivero.

—Hola, soy Edén Swan, asistente personal de Antoine Avikar. Él quiere reunirse con ustedes a las once y media.

Los hombres me prestaron atención.

—¿Sabes para qué es? —dijo en un tono poco convencido el hombre que me abrió. Vestía un overol azul.

Sus puños están cubiertos de grasa, quién sabe qué otras partículas habrá en ellos. ¿Con qué se puede eliminar? ¿Leche caliente? No, eso es para el lápiz labial… Lo haces una vez más.

—Quiere informar sobre los acuerdos con el señor Ortiz de México.

—Ok, a las once y media será. ¿Y qué vas a hacer después de salir del trabajo?

El que estaba detrás de la mesa se acercó a mí, tomó mi mano derecha y me dejó un beso sobre el guante. Vestía una camisa formal con una corbata azul y encima un abrigo; sus pantalones eran negros.

Tendrás que lavar tus manos… Tengo los guantes, no pasará nada.

—No pierdes el tiempo, ¿verdad?

Su hermano se puso en pie y tomó mi mano izquierda para repetir el gesto. Él era más casual, con un pantalón caqui y un abrigo negro. Al parecer había que tener cuidado con los hermanos Avikar.

—¿Para que tú te me adelantes? —interpuso el hombre a la derecha.

—¿Crees que podamos pedir el almuerzo? Las reuniones con Antoine suelen ser extensas —intervino el primero.

Él se va a cambiar antes de la reunión, ¿verdad?

—No creo que exista problema, señor Avikar —respondí al tomar distancia de los otros dos.

—¡Hieres mis sentimientos! ¿Me veo tan viejo como mi primo? —una sonrisa seductora se dibujó en sus labios.

Deben ser unos rompecorazones.

—Si llegan a las once y media, en punto, puedo organizar el almuerzo.

— Por mí está bien —dijo satisfecho el hombre que supuse era el director de mecánica.

—¿Y nuestra cita? —insistió el hombre a la derecha.

—No —contesté en un tono firme.

—Conoció a Antoine primero, sabes que estás perdido, Owen —reconoció el hombre a la izquierda.

Giré para salir cuanto antes del lugar.

—¿Qué hora tienen?

Tenía el pomo de la puerta entre mis dedos.

—Las diez y treinta —dijo el director de mecánica al levantar la mano izquierda para ver el reloj.

Con líquido de trastes tal vez…

— Diez y veinticinco —lo corregí—. ¿Pueden arreglarlo?

—Por ti, lo que sea, nena —respondió con zalamería el señor Owen.