15
Edén
Giré a la izquierda y me percaté de que cinco hombres aún trabajaban en el cambio de las losetas de los pasillos.
Al parecer, también el interior de la embotelladora tendría el piso gris perlado del vestíbulo.
Caminé con precaución por órdenes del encargado hasta llegar al área de ventas.
Toqué a la puerta y escuché el pitido que me permitía el acceso.
Me acerqué al escritorio que decía dirección de ventas nacional.
—Hola, buenos días —le dije a la secretaria—. Soy Edén Swan, asistente personal del señor Antoine Avikar. Habrá una reunión en el salón de juntas a las once y media. Para él es muy importante que el señor James Avikar asista.
El cabello de la mujer era de un rubio lustroso, lacio en su totalidad, con un corte largo y moderno.
El maquillaje sería envidiado por cualquier supermodelo y el vestido rojo digno de cualquier pasarela.
Reconocí a Chloe Grenier. Su familia era una de las más importantes de Toronto y su nombre había aparecido junto al de Avikar en algunas reseñas de beneficencia.
Pertenecía a la alta sociedad empresarial del país.
Ella levantó la cabeza un instante.
—No tenía nada en agenda —respondió al regresar la mirada verdosa a la computadora—. El señor Avikar no se encuentra en estos momentos, tiene una reunión fuera de las instalaciones.
—¿Podría llamarlo?
—No voy a molestar al señor Avikar solo porque su sobrino quiere imponer una reunión sin aviso.
Parpadeé varias veces.
¿Sabrá ella que el señor Avikar para el que yo trabajo es el jefe? Por supuesto que lo sabe, lo ha sido durante dos años… ¿Habrá alguna rivalidad entre ellos?
—Chloe, por favor, archiva estos documentos —dijo un hombre muy elegante al salir de la oficina.
Lo reconocí como James Avikar. Parecía un hombre inaccesible, acostumbrado a imponer su voluntad.
—Buenos días, señor Avikar —dije al mantenerme unos pasos atrás del escritorio.
—Buenos días, ¿señorita…?
—Edén Swan, asistente personal del señor Antoine Avikar.
Él intercambió una mirada de burla con la secretaria. Enderecé el torso y cuadré los hombros, aunque mantuve mi rostro sereno.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Mi jefe mantiene una conversación telefónica con el señor Ortiz en México, cuando termine, dentro de una hora y veinte minutos, desea que vaya al salón de juntas para discutir los acuerdos a los que llegaron.
—Grosera, ¿no? —dijo él en ese tono burlón que comenzaba a incomodarme.
—La reunión es a las once y media —enfaticé.
—¿Habrá café? —dijo al levantar una ceja y la secretaria no pudo reprimir la risa—. Dicen que el café de mi sobrino es extraordinario, después de todo, la lata que tiene en la oficina cuesta casi mil dólares. Si me garantizas una taza de su café, podría considerar asistir.
—Puedo considerar la taza de café si usted me garantiza su asistencia a la reunión.
Una sonrisa sagaz se dibujó en los labios del señor James.
—Le ofrezco un puesto como vendedora en mi área. Es una excelente negociadora.
— Tuve que aprender a serlo; si no, aún estaría en casa jugando con las muñecas. ¿Qué hora tiene en su reloj?
—Las diez con veinte minutos.
Entrecerré los ojos.
—Las diez con siete —concedió después de unos segundos; era la hora exacta—. Yo me ocuparé de avisarles a mis hermanos.
Lo contemplé. Su mirada contenía una advertencia: no debía desafiarlo. Tendría que confiar en que les avisaría a sus hermanos.
Salí de la oficina y llegué al final del pasillo donde se encontraba el área de producción. Me detuve con la mano derecha en el aire.