El silencio de Avikar 14
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Edén

Atravesé el largo pasillo hasta llegar a la tercera puerta a la izquierda, donde se encontraba la dirección de recursos humanos. Ese día el letrero estaba derecho. Toqué a la puerta.

—Adelante.

Giré el pomo con la mano enguantada. Al abrir, el escritorio estaba en mejores condiciones, pero aún desordenado, y ese día el vaso de café tenía un lápiz labial color frambuesa en el borde. Me quedé anclada en el marco de la puerta.

¿Por qué no puede mantener la oficina en orden?

¿No sabe que le causaría una mala impresión a cualquier persona que entre?

¿Qué pensaría un potencial cliente? Los papeles deberían estar archivados en sus respectivas carpetas, los resaltadores en uno de los cajones…

No tienes tiempo para arreglarlo. Tu jefe, ¿recuerdas?

La señorita Zoey vestía un conjunto rosado con una blusa color perla que resaltaba sus ojos.

—Señorita Swan —dijo con una sonrisa—. Ya tengo listo el contrato con las disposiciones de Antoine, lo único que me hace falta es el número de contrato de su plan médico para imprimirlo y que usted pueda firmarlo.

Le dicté el número desde mi lugar mientras ella lo tecleaba.

—¡Wow! La mayoría de las personas no saben ni el nombre de su plan médico y tú conoces de memoria el número de contrato.

Le dio a imprimir y la máquina comenzó a hacer su trabajo. El gabinete sobre el que estaba la impresora se movía de un lado a otro. Me sujeté las manos con fuerza para intentar contenerme. Ella añadió:

—Muy bien, ya sabes lo que tienes que hacer.

Asentí al acercarme mientras me sacaba el bolígrafo rojo del bolsillo.

El papel no es el tuyo. Corres un gran peligro. ¿Lo tienes contigo?… Sí… ¡Revisa! ¡Revisa! ¡Revisa!

Ella me entregó los documentos, los firmé aprisa.

—El señor Avikar quiere que esté en el salón de juntas a las once y media en punto.

Me dedicó una sonrisa juguetona y dijo:

—¿Eso quiere?

—Sí.

—¿Por qué no ahora?

— Porque está al teléfono con el señor Ortiz. Asumo que quiere compartir con la junta los acuerdos de esa llamada.

Levantó la mano para restarle importancia.

—Me enteraré luego. Tengo un almuerzo temprano.

Entrecerré los ojos.

—¿Sabes? Esos problemas que informas se pueden solucionar con una buena base de datos. Estructurada, sencilla…

Imitó mi gesto.

—Es un favor muy grande.

—Entonces me deberás varios favores, comenzando con estar a las once y media en punto en el salón de juntas.

Ella me observó aún con el ceño fruncido y una sonrisa maliciosa en los labios.

—Me gustas…

—Once y media —repetí al dar media vuelta, pero me detuve—. ¿Qué hora tienes en tu reloj?

—Nueve cuarenta y cinco.

—No, son las nueve y cincuenta, ajusta tu reloj, por favor.

—Eso cuenta como un favor.

—Lo tendré en cuenta.

Salí de la oficina y me llevé la mano al bolsillo derecho para sentir el estuche.

Sobreviví… Si es lo que quieres pensar.