El silencio de Avikar 13
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Edén

Tomé el teléfono sobre el escritorio para comunicar al señor Avikar con el señor Ortiz, dueño de una cadena de supermercados en México.

Según me explicó el señor Avikar, su plan de expansión continuaría en ese país por el Tratado de Libre Comercio.

La empresa ya se había abierto camino en Estados Unidos, donde esa semana se entregaría el primer pedido.

Cuando la secretaria del señor Ortiz me dejó a la espera porque su jefe terminaba una junta con sus empleados, el señor Avikar dijo:

—Por favor, señorita Swan. Quiero que reúna a la junta de directores en dos horas, que es el tiempo que me tomará esta llamada.

—Sí, señor.

—No será fácil hacerlo, pero a quien más necesito es al tío James. Haga todo lo posible para que asista. Recuerde dos horas.

Por la firmeza de su tono entendí que la puntualidad era imprescindible para él.

—¿Qué hora tiene usted, señor?

Él frunció el ceño y miró el reloj, de correa de cuero oscuro y esfera de gran tamaño.

—Las nueve y media.

Asentí mientras revisaba mi reloj: las nueve y cuarenta. No lo ajustaría, pues llegar tarde haría que mis compulsiones se dispararan.

Tienes que ajustar el reloj, no tienes la misma hora que él. ¿Cómo vas a ser su asistente si tu reloj tiene una hora distinta a la suya? Debes tener la misma hora, minutos y segundos. Todo debe ser igual… Por esta vez no. No puedo llegar tarde, esos diez minutos me ayudarán.

Le entregué el teléfono en cuanto la secretaria del señor Ortiz me indicó que ya estaba disponible y salí de la oficina mientras revisaba por encima los informes de los departamentos. La mayoría de los problemas se solucionarían con la base de datos adecuada.

Dejé la carpeta azul sobre el escritorio, me aseguré de que estuviera paralela con el borde y que no tuviera ninguna página fuera de lugar. Entonces tomé el bolígrafo y me lo coloqué en el bolsillo izquierdo. Me aseguré de que mi traje sastre estuviera impecable y caminé hasta el área de seguridad.

Derecha… Izquierda… Derecha… Izquierda… ¡No! Te equivocaste, regrésate y empieza a caminar una vez más.

Al pasar por recepción escuché la risita de Kim Hee-Jin.

—¿Necesita que la ayude en algo, señorita Swan? —El tono amable del guardia me hizo sonreír.

—Sí, señor Luis. Si no es mucho pedir, quiero que cuando haga su ronda, se asegure de que todos los relojes estén sincronizados. Ahora son las nueve con treinta y ocho minutos.

—Así será, señorita —respondió al ajustar su propio reloj.

—Gracias.

Me sorprendió que mis pasos fueran más seguros, como si caminara en la granja.

Es una ilusión, el único lugar perfecto para ti es la granja, que no se te olvide.

—¿El piso ya cumple con tus expectativas? —dijo en un tono burlón Kim Hee-Jin cuando volví a pasar junto a ella. Ese día vestía un traje ejecutivo en un tono verde oliva, estaba entallado, y tenía un corte moderno.

—Me alegro de que hoy escogieras un atuendo que favorece tu tono de piel y que todos los botones estén en su lugar.

Ella rio a carcajadas.

—Pensé que te quedarías callada, ya me caes mucho mejor. Aunque eso no elimina la envidia que siento porque puedas trabajar tan cerca del gran jefe, incluso tendrás acceso a su hogar, podrás conocer su intimidad.

Hizo una pausa; sus ojos rasgados brillaban de deseo.

—Como regalo de bienvenida, déjame decirte que provocarás los celos de todas las mujeres que no lleven el apellido Avikar, así que mucho cuidado. Ese puesto estuvo vacante los últimos dos años y todos ansían conocer qué hiciste para conseguirlo. —Asentí—. En fin, ¿quieres que almorcemos juntas?

—¡Oh! Discúlpame, traigo mi propio almuerzo.

—Yo también, aún no me acostumbro al cambio en la alimentación y eso que llevo viviendo aquí casi un año. Hay un salón de empleados donde comeremos tranquilas y calientes.

Asentí.