El silencio de Avikar 12
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Edén

Entrelazó nuestras miradas, quedándose en silencio varios minutos. Entonces entrecerró los ojos mientras se aclaraba la garganta.

—Tengo mi propio plan médico, señor Avikar.

—¿Por el trastorno obsesivo-compulsivo?

Parpadeé varias veces. Las pocas personas con las que tenía contacto sabían que había algo extraño en mí, aunque solo mis padres y otras personas con TOC lograban darle nombre a mi condición. Mucho menos con la naturalidad con que él lo había hecho.

—Sí —musité.

—No creo que exista problema. Por favor, deje la información en recursos humanos y nosotros nos encargaremos del pago de este.

—No es necesario.

—Para mí, sí. La seguridad de todos mis empleados es mi responsabilidad. Por favor, vaya a recursos humanos.

Asentí al presenciar un atisbo del CEO en él.

—Gracias, señor.

—Les pedí a todos los departamentos que prepararan un informe para usted, así será más fácil que se integre con nosotros.

Extendió la mano para entregarme una carpeta azul que estaba encima del escritorio.

No lo toques, no es tu papel… Tengo los guantes, eso me protegerá… ¿Lo tienes contigo?… Sí… ¿Estás segura? ¡Revisa! ¡Revisa! ¡Revisa!

Con disimulo me llevé la mano hasta el bolsillo derecho para sentir el estuche. Solo entonces tomé la carpeta.

—Será de mucha ayuda.

—Muy bien. Eso es todo de mi parte. ¿Algo más?

Fijó su mirada en mí y tomé una bocanada de aire.

¿Quieres darle una oportunidad? Tienes que establecer las bases.

—Sí, no debe colaborar con mis compulsiones.

Mantuvo el rostro adusto, ese que lo hacía ver muy profesional, pero un brillo travieso y pasajero se adueñó de su mirada.

—¿Entonces regresan las baldosas blancas y negras?

—Cr-creo que eso lo podemos dejar pasar.

Esa pequeña curva apareció en sus labios, como si estuviera complacido.

—Me parece bien. Debes admitir que ahora la embotelladora luce más profesional y moderna, no anclada en los años noventa. —Asentí mientras me ponía de pie—. Señorita Swan…

—¿Sí, señor?

—Yo lo puedo hacer, pero su café es exquisito. ¿Me podría preparar una taza?

—Enseguida, señor.

Cerca de media hora después, coloqué la taza sobre el portavaso en el escritorio. Él le dio un sorbo y de su garganta escapó un sonido de apreciación. Cuando terminé de ordenar cada aspecto de la oficina, me detuve frente a él.

—Muchas gracias. —Señaló mis manos—. Quería preguntarle: ¿yo también debo usar guantes cuando estemos juntos?

—¡Oh! No, señor… Es… Es… —Apreté las manos para evitar la compulsión de repetir las palabras—. Es la forma que encontré para intentar contenerme. Ya le dije: no debe avalar mis comportamientos.

—De acuerdo.

Su mirada estaba teñida de esa ternura que no me juzgaba, y en mi interior, una especie de seguridad aún vacilante se adueñaba de mí.

—Y–yo intentaré dominarme. No tendrá quejas de mí.

Se apoyó en la silla para observarme con detenimiento, aunque yo seguía sin sentirme juzgada.

—Quisiera hacerle dos preguntas personales. Si no desea responder, lo entenderé. ¿Va a terapia?

—Sí.

—¿Toma medicamentos?

—Sí.

Asentí con fervor para reforzar mis afirmaciones.

—Eso es suficiente para mí, Edén.

—Gracias, señor.

— Asumo que fue a muchas entrevistas y ni siquiera dejaron que se sentara.

Por eso está tan nerviosa. Pero le prometo que no voy a enojarme; tenga por seguro que no justificaré ni ignoraré sus actos.

De lo único que puede acusarme es de colaborar un poco con ellos si creo que es conveniente para la empresa, como con ese horrible piso.

Sonreí al percatarme de que había investigado cómo lidiar conmigo.