El silencio de Avikar 11
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Edén

Derecha… Izquierda… Derecha… Cuidado con la hendidura. No la pises, no sabes qué partículas hay ahí… Izquierda… ¡No, no, no! Empieza otra vez.

Regresé sobre mis pasos.

Son solo baldosas, estaré bien… Tienes que parecer normal, debes pisar las negras también. Ahora vas a trabajar ahí. Por cierto, ¿lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

Hice una pausa frente a la puerta y me llevé la mano al bolsillo derecho. Entonces respiré profundo. Sin embargo, al ver que no entraba, el jefe de seguridad se acercó y abrió.

—Buenos días, señorita Swan —dijo desde una distancia prudente.

—Hola, señor Luis.

—Todavía es temprano, somos los únicos en el edificio.

—¡Oh! ¿Puedo pasar?

—Por supuesto, señorita. La tormenta invernal es la responsable. Que tenga un buen día.

—Muchas gracias. Usted también.

Solté una bocanada de aire y di un paso, con la intención de caminar como lo harían los demás.

«Es un gris perlado.»

Levanté la mirada y me percaté de que habían cambiado el piso de toda el área del vestíbulo. No pude evitar la desilusión que me atravesó la piel.

¿Cuánto dinero se gastó en este cambio? ¡Y en solo tres días!… ¿Por qué te sorprende? Recuerda: enfado, justificación, colaboración o ignorancia. ¿Por qué esperabas que reaccionara distinto? No importa, solo es tu jefe.

Con un paso firme que me tomó por sorpresa caminé hasta el escritorio en frente de la oficina del señor Avikar. Tenía una forma elíptica con el centro al descubierto y dos cajones cilíndricos en cada esquina.

También es de imitación de piedra, ¿qué vas a hacer? Intentar tocarlo lo menos posible, usar siempre guantes y camisas de manga larga… ¿Y cuándo llegue el verano?

El mobiliario de la embotelladora era de corte moderno, pero con materiales ecológicos.

Me hubiera desilusionado que el envase de agua fuera la vanguardia en sustentabilidad y la empresa tuviera pisos de mármol y topes de granito, pero en mi caso particular, un producto eco – amigable no era la mejor opción.

Coloqué el bolso adicional que había llevado en el suelo.

Entonces del bolsillo izquierdo interno saqué el paquete de toallitas húmedas.

Fui meticulosa al limpiar la superficie, los laterales y los cajones del escritorio.

Al terminar, saqué el limpiador de alfombras y me acerqué a la silla.

Primero pasé un cepillo para recoger cualquier pelusa, luego el limpiador.

Limpié las patas y los reposabrazos con varias toallitas.

Caminé unos pasos hasta un gabinete, del mismo material, con la impresora. Coloqué las resmas de papel dentro. Abrí una para rellenar la bandeja.

Caminas como si pisaras cascarones de huevo… Cambió el piso, ¡por completo! Pero es hermoso y adecuado.

Regresé al escritorio y, en el cajón pequeño, metí los utensilios de oficina, cada uno de ellos colocado a la distancia justa.

Luego abrí la gaveta inferior derecha y guardé dos pares de tacones de aguja: negros y cafés.

Sería imposible utilizar zapatos de tacón en la nieve, pero no usaría botas en la oficina.

Era la representante del señor Avikar y mi aspecto debía ser impecable.

Cuando terminé de guardar el bolso en el segundo cajón de la izquierda, me dirigí al baño.

Al entrar, me senté en uno de los bancos, que estaba separado de los lavamanos por un muro falso, y me calcé los tacones rojos.

Al regresar, me aseguré de borrar cualquier rastro de agua y tierra que mis botas hubieran dejado en el suelo.

Un descuido como ese podría causar que alguna persona resbalara y sufriera un mal golpe por mi incompetencia.

Al terminar, encendí la computadora para familiarizarme con el funcionamiento de la base de datos de la empresa y conocer los clientes más importantes.

Así no se puede operar una oficina. Esto es un desastre, la última entrada fue hace dos años y tres meses.

Al parecer, la asistente anterior no era muy eficiente en la organización de datos o no sabía manejar las bases; tendría bastante trabajo por unos días.

—Regresó —reconocí el tono del señor Avikar.

—Sí.

Me puse de pie.

Él vestía un traje gris oscuro, el cual estaba entallado y lo hacía lucir muy elegante.

El filo del pantalón estaba planchado con esmero, los zapatos estaban lustrosos a pesar de la nieve, además me gustaba el reloj en su muñeca derecha y los gemelos de plata discretos.

La camisa era de un blanco inmaculado, y el negro de la corbata dibujaba un camino recto hasta el cabello de turmalina, lo único desafiante en el ajuar.

Él me observaba con los ojos entrecerrados, creo que no encontraba cómo hablar.

Ya decía yo que era mucha tu suerte. Solo te dijo lo del empleo para no sentirse tan mal por lo ocurrido.

Con manos temblorosas abrí el segundo cajón del lado izquierdo del escritorio y saqué el bolso. Comencé a recoger mis pertenencias.

—¡¿Qué hace?!

Abrió los ojos de par en par a la vez que se pasaba la mano izquierda por el cabello.

—Usted dijo que tenía el empleo, pero no lo importunaré más.

—Yo… pensé que no volvería y fue grato encontrarla en su escritorio. —Hizo una pausa y miró al suelo—. Quería disculparme por lo que sucedió, reaccioné de forma poco profesional. Jamás acosé a una mujer… Yo… Yo… Si cree pertinente levantar una denuncia en mi contra.

Notaba la tensión en sus hombros, además tenía los pómulos sonrojados, y era incapaz de mirarme a los ojos. Pero nadie mejor que yo podía entender una reacción no deseada.

—Nunca lo detuve, señor Avikar. Además, ya lo olvidé y estoy instalada en el escritorio.

Al levantar la cabeza, buscó mis ojos; los suyos le tiritaban. Fruncí el ceño por su reacción, pues no la entendía.

—¿Vamos a la oficina? —preguntó tras aclararse la garganta.

—Sí, señor —susurré.

—Veo que ha estado muy ocupada esta mañana.

En sus labios apareció esa pequeña curva, como si estuviera complacido, mientras sostenía la puerta para que entrara. Logré relajarme.

—Sí.

Sonreí mientras bajaba la cabeza unos segundos.

—¿Le molesta que use unas marcas en específico de utensilios de oficina? Traje: resmas de papel, cinta adhesiva, bolígrafos de todos los colores…

—Si con eso se siente cómoda, a mí no me molesta. Prepare un pedido con todo lo que necesitemos y asegúrese de facturar a la compañía sus gastos.

Llegó hasta el escritorio, se desabrochó el botón del traje de lana y tomó asiento. Me senté frente a él y saqué la libreta negra de notas.

Es un colaborador, no va a funcionar… Hay que darle una oportunidad… ¡Cambio todo el piso! ¿Quieres más pruebas?

—Gracias… Por el empleo y por aceptar mis manías —susurré.

—Le aseguro que yo también tengo las mías. Es muy probable que las descubra pronto.

—¿Cómo que los contratos se firmen en rojo? —pregunté al ladear la cabeza.

Él rio, pero se detuvo en seco al percatarse de que lo hacía. En un cambio drástico, dijo con los labios apretados:

—Quizás no recuerden mi nombre, pero sí mencionarán aquel jefe que les hizo firmar en rojo su contrato.

—Usted no es tan fácil de olvidar, señor Avikar.

Hay algo. No sé qué es, pero por algún motivo quiero permanecer a su lado, ayudarlo a que Embotelladora Avikar sea conocida a nivel mundial, aunque sea solo como su asistente personal…

Sabes que ese sentimiento es solo parte de tus obsesiones, nada más, Edén…

No, eso no es, ahora hay algo diferente… Algo en él.