10
Edén
Puedes hacerlo, puedes hacerlo, puedes hacerlo. Será un día normal. Irás a trabajar como todas las personas. No existe nada extraordinario en eso. No tienes por qué comportarte diferente a los demás. Puedes hacerlo, puedes hacerlo, puedes hacerlo.
Apagué la alarma, eran las cinco de la madrugada. Tan pronto me levanté de la cama, la desvestí, tomé la aspiradora manual que tenía en la mesita de noche y la pasé por el colchón varias veces. Caminé hasta el armario y saqué unas sábanas limpias.
Todavía conservan el olor del suavizante… Pero quién sabe qué partículas haya en el aire; por la tarde tendrás que volver a lavarlas.
Cuando me aseguré de que no existiera arruga alguna, eran las cinco y diez.
Tendrás que levantarte más temprano.
Llegué a la cocina para prepararme el desayuno: una ensalada de frutos rojos y un vaso de agua filtrada. Al terminar, lavé los trastes, los sequé por completo y los coloqué en su lugar. Saqué los medicamentos del gabinete para guardar cada pastilla en el pastillero semanal.
¿Te vas a tomar los medicamentos hoy? Sí, con ellos logro funcionar mejor… ¿Crees que es necesario? ¿Qué tal si intentas estar sin ellos un día? No creo que nada suceda… No, no es una buena idea… ¿Te vas a tomar los medicamentos? Cinco y media, Edén, no vas a llegar a tiempo.
Salí de la cocina y entré al baño. Tomé una ducha caliente. Al salir, me humecté la piel, solo así podía confirmar que se encontraba en óptimo estado, sin ninguna irritación.
Cuando terminé de secarme el cabello bermejo, agarré la plancha para que quedara liso.
Entonces coloqué el espejo de mesa en ángulo para observar cada detalle mientras me maquillaba: me puse una gota de base en la frente, otra en los pómulos y otra en el mentón para diseminarlas en el rostro.
Tomé el bloqueador solar y lo esparcí con minuciosidad.
Mi piel era muy susceptible al calor y al frío.
Abrí los ojos de par en par para que el cepillo del rímel tuviera acceso a cada pestaña, asegurándome de que no dejara grumos.
Por último, humecté mis labios y apliqué un tono rosado, apto para la oficina.
Al terminar, caminé hasta el armario para revisar el conjunto que utilizaría ese día: un traje ejecutivo de falda de color cobalto.
Me subí los leggings de nilón y encima las mallas de cachemira. Cuando estuve lista, me miré en el espejo; estaba impecable. Revisé el reloj, eran las seis y quince de la mañana.
Tomé el teléfono y marqué el número de Jacob.
—Buenos días, señorita Swan. Llego en unos cinco minutos.
—Gracias.
Tomé el bolso y el bulto adicional.
¿Lo llevas contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
Antes de abrir la puerta, toqué el estuche que se encontraba en el bolsillo derecho. Al salir de la casa, Jacob se estacionaba enfrente. Bajó del taxi y, en cuanto vio el bulto, se acercó para colocarlo en el asiento trasero y mantuvo la puerta abierta mientras yo subía.
—Espero que su hija y su bebé sigan saludables.
—Muchas gracias, señorita. Muy saludables —dijo al mantener la mirada fija en la carretera.
Jacob condujo con precaución, pues durante el fin de semana habían caído cerca de veinte centímetros de nieve. A pesar de eso, se mantenía la cotidianidad; era muy raro que por una nevada se suspendieran las clases y el trabajo.
A las siete y cincuenta, Jacob se detuvo frente a la embotelladora. Le extendí la mano enguantada con un billete. Él lo tomó asegurándose de no tocarme, una de las razones por las que confiaba tanto en él.
—¿A qué hora paso por usted, señorita Swan?
—Creo que salgo a las cinco, Jacob, pero lo llamaré para confirmarle.
—De acuerdo, señorita.
Bajé del taxi y le dije adiós, a la vez que él tocaba el claxon.