9
Edén
En cuanto Jacob se estacionó frente a la casa, dejé caer el billete sobre sus manos. Él bajó y abrió el maletero para sacar mis valijas.
—Muchas gracias. Vaya a casa, yo me encargo de todo lo demás. Sé que es muy tarde.
—Nada de eso, señorita. Suba con precaución y abra la puerta. Yo le llevo sus maletas —respondió en un tono paternal.
Le agradecí su amabilidad, en realidad estaba exhausta y aún tenía que preparar todo lo que necesitaría para asegurar mi bienestar en la embotelladora. Antes de irse, Jacob y yo quedamos de vernos a las seis y media de la mañana del siguiente día.
En cuanto cerré la puerta me apresuré hasta la lavandería. Accioné la lavadora con la ropa blanca que utilicé ese día; aún me quedaban tres tandas más: la de las prendas rojas, la de las negras y la de las azules.
Entré a la cocina una hora después para guardar los alimentos que mamá había preparado para mí. En el congelador, coloqué por tamaño y color los distintos paquetes de carnes y vegetales.
Cerca de tres horas después terminé de organizar como era debido y pude ir a la cama. Coloqué el teléfono y el estuche encima de la mesita de noche.
¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa… ¿Está en fecha? Si no, puedes morir… Morir… Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche… ¿Estás segura?… Sí…
Mis obsesiones fueron interrumpidas por el sonido del teléfono. Parpadeé varias veces, pues pasaban de las doce de la noche.
—¿Hola? —La persona al otro lado de la línea se quedó callada, aunque podía escuchar que seguía ahí—. ¿Hola?
—¡Eh! Hola —dijo un hombre—. Lo siento…
Reconocí la voz de mi jefe.
—¿Señor Avikar?
—Sí —respondió con cautela—. ¿Señorita Swan?
—Sí, señor. ¿Necesita algo?
—No. —Hizo una pausa—. Lamento mucho la hora. Actualizaba mi agenda y debí oprimir el botón de marcado.
—¿Trabajando hasta tarde un domingo?
No pude evitar sonreír.
—Sí. —Se quedó en silencio unos segundos—. Ya sabe, el trabajo nunca acaba.
—Lo tendré en cuenta, señor.
—Buenas noches, señorita Swan. Lamento mucho…
—No hay problema, señor —lo interrumpí—. Buenas noches.
Terminé la llamada y extendí los dedos en forma de L para colocar el teléfono en su lugar. Me recosté en la cama una vez más.
¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir…
Morir… ¿Dónde lo pusiste?… En la mesa de noche…
¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
¿Está en fecha? Si no puedes morir… Morir… Morir…