El silencio de Avikar 8
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Edén

Unas semanas antes de irme de casa, mamá y yo tuvimos una fuerte discusión.

Deseaba demostrarle que era una persona capaz de velar por sí misma e inteligente.

Le comenté que me llevaría los productos de la granja y los vendería primero en la carretera y más tarde buscaría otros clientes.

Solo quería generar mis propios ingresos y lograr mi independencia financiera.

Ella intentó enviarme a mi habitación como si fuera una niña y no la mujer adulta capaz de tomar sus propias decisiones.

Desde adolescente había deseado librarme de la claustrofobia que sentía en las casi tres hectáreas de terreno que llamábamos hogar.

No conocía nada más. Mis estudios en gestión administrativa y mercadeo, además de los cursos en varias lenguas, eran mi intento de conectar con el mundo, aunque fuera a través del Internet.

Ese conocimiento fue el que me permitió solicitar empleo en la embotelladora.

Las palabras de papá me devolvieron al despacho.

—No, papá. Eso ya quedó atrás, quiero trabajar para él. Me gusta la empresa y creo que podré encontrar mi independencia en ella. No quiero volver a la granja.

Desde que había investigado cada aspecto de la embotelladora, incluido el esfuerzo del señor Avikar por convertirla en una empresa nacional. había quedado prendada de su faceta de empresario. Tenía que admitir que envidiaba el apoyo que había recibido de su familia.

—Tonterías, ¿por una pelea con tu madre? Puedes ser una mujer independiente aquí.

—Sabes que eso no es cierto. Mamá nunca me lo permitirá. Y estoy cansada de sentirme asfixiada entre estas paredes. Mi vida se escurre en los rincones.

Mala… Mala… Mala hija. Esas ideas son muy peligrosas. ¿Qué vas a hacer? Este es el único lugar en el que puedes vivir.

Por primera vez, papá se permitió mostrar alarma frente a mí.

Observa la preocupación que le has causado. ¿Crees que es justo para ellos?

Sabía que ellos pensarían que despreciaba todo por lo que habían trabajado durante treinta años, pero solo quería que vivieran su vida.

—Eres nuestra única hija. ¿Por quién crees que hacemos todo? Que tu madre solo pueda hacer las tareas a su modo, no quiere decir que el tuyo esté mal. Ella se percatará del error y se adaptará a tu forma.

Me acerqué a él y lo abracé.

— Papá, de verdad, durante estos meses en la ciudad me di cuenta de que solo deseo que las personas confíen en mi juicio; quiero ser útil en la sociedad.

—Nosotros siempre querremos velar por tu bienestar.

Me estrechó con fuerza entre sus brazos.

—Sí, pero ya soy adulta y es tiempo de velar por mí misma.

Aparte del disgusto, ¿quieres causarles la pena de tu muerte? ¿Por qué eres tan ingrata?

Luego de unos minutos me separé de él para acomodar de manera perfecta la maleta.

Él observaba cada uno de mis movimientos, sin intervenir; él era de los que ignoraba, como si lo que hiciera no estuviera mal. Podía sentir su atención fija en mí. Sabía que él no me permitiría escapar con tanta facilidad.

—¿De verdad no me darás nietos?

En su tono existía cierta esperanza de que cambiara de opinión.

—No me pidas que tenga hijos, papá.

¿Por qué le causas tanto dolor a tus padres? ¿Por qué no aprecias su sacrificio y entrega?… Porque los valoro es que deseo liberarlos.

—¿Por qué no? Ahora vives en una ciudad, aunque no entiendo por qué no te pudiste quedar en Dawson Creek y tuviste que irte a miles de kilómetros, pero estoy seguro de que allá encontrarás un buen muchacho que arrasará con tu corazón y olvidarás esa idea de no tener hijos.

Solté la cinta adhesiva que tenía en las manos y fijé la mirada en esos ojos aceitunados. No podía creer que él obviara mi única aventura en el amor, la cual, incluso, les oculté.

En donde estuviste a segundos de morir.

—¿A ti se te olvida lo que sucedió? Porque yo no, todavía lo tengo muy presente. ¿Crees que voy a amarrar a un hombre a alguien como yo? El matrimonio es un compromiso difícil; imagínate si le añades mis condiciones.

—Yo me casé con tu madre.

Él siempre sería un visionario, justo lo que mamá necesitaba. Entre ellos existía una confidencialidad envidiable y quería que volvieran a ser felices. Ya no estorbar más.

— El trastorno de mamá se agravó mientras yo crecía. Como le dije a ella, solo seré yo.

Mi tono de voz sonó demasiado severo y me dolió responderle de ese modo.

—No puedes cerrarte a vivir, hija.

—Qué interesante que seas tú quien me dice eso, papá, pues tuve que salir de aquí como ladrona.

Él soltó una bocanada de aire e hizo un gesto de calma con sus manos. Se acercó una vez más a mí y tomó las mías.

—Como te dije, solo procuramos tu bienestar.

Me acarició el pómulo antes de dar media vuelta y salir. No quería ser una mala hija, solo pedía que me entendieran.

En cuanto salí del despacho, con la maleta acomodada, bajé los veintidós escalones para llegar a la cocina.

Mamá acomodaba en la maleta aislante los alimentos que yo consumiría durante las próximas dos a tres semanas. En cuanto pasé a su lado para ayudarla, ella acarició mi antebrazo y le sonreí.

Cuando terminamos de guardar, como era debido, cerca de una hora y media después, nos sentamos juntas, pero en silencio, a tomar una taza de té hasta que llegó el momento de partir.

El taxi ya me esperaba para llevarme al aeropuerto cuando me despedí de ellos.

—Yo solo quiero lo mejor para ti —dijo mamá luego de dejarme un beso en la frente.

—Lo sé —susurré—. Es lo mismo que quiero para ustedes.

—Ten mucho cuidado, por favor. No dejes que nadie te toque y asegúrate de que la oficina de tu jefe sea segura para ti.

—Lo prometo.

Se acercó a mí para acomodarme el cabello, el cual no tenía nada fuera de lugar, y me abrazó.

—Te quiero, hija.

—Y yo a ti, mamá.

—Ve con cuidado, hija —dijo papá al abrazarme también.