El silencio de Avikar 7
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Edén

El taxi me dejó frente a la casa de mis padres, la cual había sido construida con troncos de madera.

El techo era a dos aguas cruzadas, cubierto de tejas verdes, lo que le daba a la casa una forma lineal.

A lo lejos se podía observar el granero y el almacén de tablas rojas.

En ese momento, lo único que se distinguía hasta el horizonte era el blanco de la nieve que me llegaba hasta las rodillas.

Tomé una bocanada profunda de aire y me armé de valor. Caminé los pocos pasos que me llevarían hasta la escalera. Subí con precaución los doce escalones y toqué a la puerta de cristal y madera.

Escuché el cerrojo abrirse y cerrarse dieciocho veces en intervalos de treinta segundos. Entonces mamá abrió y cerró la puerta en doce ocasiones. Su compulsión era con un número en específico… el tres.

—Hola, mamá.

Ella se acercó a mí con la aspiradora de mano y la pasó con minuciosidad por cada rincón de mi cuerpo; no pude entrar a la casa hasta media hora después.

En cuanto lo hice, me quité tres de las cinco capas de ropa que llevaba.

Viajar era muy peligroso para mí. Por último, me saqué los guantes, pues el hogar de mis padres era seguro.

Ella siempre te cuida y tú solo sabes ser una mala hija.

—Preciosa… —exclamó papá al verme y abrazarme.

Él era un hombre de sesenta años de quien heredé el cabello bermejo. Aunque los ojos azules, sin duda, eran de mamá.

—Te estábamos esperando. Llegaste puntual. ¿Qué tal el avión?

—Tan aterrador como siempre.

Él sonrió con dulzura y tomó la maleta, luego de que mamá limpiara hasta el último rincón.

Fijé la mirada en la gran pintura de una mazorca de maíz que colgaba en el vestíbulo.

Nunca olvidaría el día en que mamá la colgó en ese lugar.

Tenía cuatro años y, a pesar de mi corta edad, tuve que entender muchos detalles.

Vas a morir… morir… morir… ¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

Me llevé la mano al bolsillo derecho y toqué el estuche; entonces suspiré.

—¿Desde qué hora estás despierta? —preguntó papá al captar mi atención.

—Desperté a la una de la mañana para asegurarme de llegar a tiempo.

—¿Qué tal la vida en la ciudad?

—Maravillosa. Es… un gran reto para mí.

—¿Y la entrevista?

—Obtuve el empleo —dije con firmeza.

—Con el sacrificio que hicimos durante treinta años para mantenerte con vida, ¿así es como nos pagas? —exclamó mamá mientras entraba a la cocina y guardaba los alimentos en conjuntos de nueve.

—Yo no les pedí que abandonaran su vida —dije al seguirla.

La cocina de la casa de mis padres estaba inmaculada, el espacio era blanco, excepto por los enseres, encimeras y extractor de acero inoxidable.

En el centro, había una mesa con el fregadero del mismo material.

Los cajones de los gabinetes no tenían jaladeras, pues se abrían al empujarlos.

No había nada a la vista, solo la cosecha; todo estaba guardado en su respectivo lugar.

Podría parecer que era la vanguardia de las cocinas del mundo, pero en ella no existía rastro de la modernidad: no había cafetera, licuadora ni siquiera olla de presión. Lamentaba que mamá tuviera que vivir en esas condiciones solo por mí.

—¡Lo hicimos por ti! ¡Por tu bienestar! Cuando tengas hijos, lo entenderás.

—No voy a tener hijos, mamá. Todo terminará conmigo.

Lo creía con firmeza. Desde los dieciséis años sabía que no tendría hijos.

Quizás heredarían mis condiciones o quizás no.

A lo mejor serían niños saludables, pero tendrían que vivir con una mamá compulsiva.

Ellos no serían felices a mi lado, así como mis padres no lo eran.

Ellos vivían de preocupación en preocupación, solo por mí.

No era justo que le diera esa vida a nadie más.

Por eso mi ansia de independencia, y encontrar mi camino en la vida.

Ambos detuvieron sus movimientos de golpe y posaron sus ojos en mí, en tanto contenían el aliento. Durante largos minutos el silencio nos rodeó.

—¡Steven! —gritó ella con su piel nívea, muy roja por la furia contenida.

Papá soltó el aire de golpe y levantó ambas manos para que nos tranquilizáramos.

—Ambas están alteradas. ¿Por qué no le preparas a Edén una buena taza de café, Gina? —Papá siempre intervenía entre las dos.

—Té. —Él frunció el ceño—. Me duele el estómago, preferiría un té.

Sabía que una de mis responsabilidades, si obtenía el empleo, sería prepararle el café al señor Avikar y, desde que me había mudado a Cranbrook, había guardado el café molido que mamá preparaba, pues era el único que podía utilizar.

De inmediato me percaté de la inquietud de papá, pero intentó ocultarla.

—Después podemos jugar monopolio y nos iremos a dormir —dijo con una sonrisa incierta.

—Me voy hoy mismo.

Di media vuelta ante la evidente furia de mamá.

Subí al despacho de papá con la intención de darles tiempo para que asimilaran el cambio.

En la pared izquierda se encontraba la ventana de cristal que permitía la iluminación del lugar; junto a ella estaba la computadora de color blanco, el único detalle moderno.

En el centro había un escritorio de caoba antiguo y una silla de cuero verde con veintiún botones distribuidos en un patrón de cuatro y tres.

Las paredes de tronco eran de un color oscuro, y al fondo había un armario de pino con una gran cantidad de libros sobre agricultura y trastornos médicos.

También tenía espacio para su colección de carros antiguos en miniatura, cerca de ochenta vehículos de diferentes modelos y colores.

Me percaté de que uno estaba fuera de lugar.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Ese era el rincón de papá, cada objeto estaba colocado a su gusto, por lo que mamá y yo no solíamos entrar para respetar ese espacio.

Vivir con mamá y conmigo, cada una con sus propias compulsiones y un método distinto de perfección, era suficiente.

Él también necesitaba lugar para sus pequeñas manías.

Me aproximé al archivero en roble que se encontraba en la pared derecha y tomé tres bloques de papel. Los coloqué en la maleta de metal, una al lado de la otra, hasta que ocuparon el espacio por completo.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.

Tomé una cartuchera plástica en color verde y eché tres bolígrafos azules y tres negros. Agarré seis bolígrafos rojos por si el señor Avikar prefería que escribiera en ese tono. De tres en tres guardé cada utensilio de oficina que fuera a necesitar en el trabajo.

Sabía que en la embotelladora lo catalogarían como algo superfluo, pero las marcas de productos que mis padres compraban eran las únicas que podía utilizar.

—¿Qué haces, hija? —preguntó papá al entrar.

—Solo tomo algunos efectos de oficina. Luego hago un pedido desde el trabajo para reponer lo que me llevé.

Él hizo un gesto con la mano para indicarme que no era necesario.

—¿Y cómo es trabajar para el señor Avikar? —En su rostro afable se dibujó esa curiosidad por saber qué impresión me causó mi jefe.

—No lo sé. Comienzo el lunes, solo me entrevistó.

—¿Estás emocionada? —insistió.

Eres lo que necesito… ¿Sigues pensando que es verdad? ¿Por qué un hombre tan exitoso como él te necesitaría a ti?… Sus dedos… Sus labios… El olor tan exótico de su perfume. No sé por qué le creí… Le quieres creer.

—Sí, quiero aprender de él —contesté con una sonrisa involuntaria. De inmediato sentí el golpe de calor en mis pómulos.

—Eso me parece bien. Aprende todo lo que puedas; así podremos implementarlo aquí en la granja y hacer realidad tu visión.

Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar… Es su espacio y tengo que respetarlo, no puedo mover nada de lugar.