El silencio de Avikar 6
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Edén

Entré a la casa. Dejé las botas en el pórtico; tendría que limpiarlas después. No había cerrado bien la puerta cuando me quité los guantes, luego el gorro y la bufanda. A mitad del pasillo ya estaba desnuda por completo.

Estúpida, tenías que lavarte las manos primero. Otro error, Edén.

Abrí el grifo y me metí en la ducha sin esperar que el agua estuviera del todo caliente.

Mi piel lo resintió, pero no podía esperar un segundo más.

Tomé el jabón entre mis manos y me froté con fuerza las palmas, entre los dedos, debajo de las uñas y los antebrazos.

Dejé que el agua eliminara el residuo y las lavé una y otra vez, hasta que estuvieron rojas.

No es suficiente… Sí, lo es… Puedes tener algún rastro… Estoy bien.

Tomé el champú para lavarme el cabello con meticulosidad. Deseché el jabón y tomé uno nuevo para limpiarme la piel otra vez.

No me sequé con la toalla. Dejé que las gotas de agua se secaran sobre mi piel y luego la humecté por completo.

Salí del baño con los guantes de limpieza puestos.

Con precaución, para que la ropa de la entrevista no tocara nada de mi piel, la llevé al cuarto de lavado y activé el ciclo doble.

Abrí la puerta principal para acercarme a las botas.

Primero les pasé el cepillo para eliminar el poco rastro de nieve que les quedaba.

En el suelo estaba el charco que dejó la nieve derretida y la tierra.

Las limpié con jabón y, por último, les pasé varias toallitas húmedas hasta dejarlas relucientes.

Tomé la escoba y el trapeador para limpiar el pórtico en su totalidad.

Cuando terminé, regresé al cuarto de lavado y coloqué la ropa en la secadora. Después de lavarme las manos a conciencia, tomé otra ducha, asegurándome de que el jabón cubriera cada recoveco. Al salir, me humecté la piel.

¿No tienes nada? ¿Tu piel sigue sana?… Estoy bien… ¿Dónde lo dejaste? Búscalo… Búscalo… Búscalo…

Entré a la habitación y encendí la secadora para secar cada hebra de cabello. Cuando terminé, saqué un pantalón y una camisa de lana del armario y me vestí.

Llegué hasta la cocina, cerca de cinco horas después, para prepararme la cena. Me sentía exhausta y famélica, pero nada podía empañar el hormigueo que me recorría de pies a cabeza.

Me senté en el sillón dos horas después.

Me acompañaba un tazón con sopa de calabacita.

El picante era producto de un toque de jengibre y un chile desvenado.

El calor me arropó de inmediato; era lo que necesitaba para sentirme reconfortada.

Cuando iba por la mitad, el teléfono sonó.

Dejé el tazón en el mantel individual sobre la mesa de centro, a la distancia justa, me levanté y caminé los pocos pasos hasta el pasillo donde estaba el bolso.

—Hola, mamá —saludé al reconocer el tono del teléfono.

—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?

Aunque intentaba ocultarlo, percibía la preocupación en su melodiosa voz. Regresé al sillón, encendí el altavoz y tomé el tazón entre mis manos.

—Bien.

—¿Segura? —insistió.

—Sí.

—Estamos ansiosos por verte mañana. ¿Cómo a qué hora vas a llegar?

Tomé una bocanada profunda de aire y parpadeé varias veces. Entonces me armé de valor.

—A las doce.

—Eso es muy temprano. ¿Por qué no descansas un poco y llegas más tarde?

Mamá tenía cincuenta y ocho años y había ejercido como abogada en Ontario hasta pocos meses después de mi nacimiento. Luego ella y papá se mudaron a Dawson Creek para dedicarse a la agricultura. Su trastorno obsesivo-compulsivo era mucho más exacerbado que el mío.

—Porque tengo que regresar.

Ella se quedó en silencio varios minutos y esperé. La imaginaba frente al cuadro de una mazorca de maíz, en el recibidor, reajustando su posición hasta estar alineado a la perfección.

—Esta tormenta ha sido terrible. No es bueno para ti salir tan temprano. Te podría dar pulmonía, llega a las seis de la tarde.

Se me formó un nudo en la garganta; lograr que mamá me apoyara en alguna de mis iniciativas era un camino sin salida.

—Es muy tarde y tengo que organizarme para cuando comience en el trabajo el lunes.

—¿Sabes? Tu padre hizo las modificaciones que sugeriste en la oficina. Todo el tiempo tuviste razón. Ahora es mucho más cómodo despachar las pequeñas órdenes que llegan. Jamás pensé que sería tan sencillo, yo no tengo que hacer casi nada.

—Mamá, el señor Avikar me ofreció el empleo, acepté y hasta firmé un contrato. Voy a quedarme en Cranbrook.

Mi tono de voz fue firme.

Si hubiera sido otro, quizás habría dudado, pero desde el instante en que vi su fotografía en la página de la compañía supe que, si el señor Avikar me ofrecía el empleo, no dudaría en aceptarlo. Tenerlo frente a mí solo reafirmó mis convicciones.

—Papá está ansioso por verte.

—Solo iré a casa a buscar mis alimentos y algunos detalles que necesito para la oficina. No me voy a quedar.

—¡Oh! Papá ya llegó y aún no termino la cena. Hablamos mañana, cuando llegues, preciosa. Nos vemos a las seis. Procura que no se te quede ninguna pertenencia.

Terminó la llamada y no pude evitar el suspiro de resignación que escapó de mi garganta. Ambas sabíamos que ella siempre tenía lista la cena a las seis de la tarde en punto y que, cuando me llamaba, papá estaba a su lado para saber cómo se encontraba su niña.

Coloqué el pulgar en la esquina de la mesa de centro y extendí el dedo índice para poner el teléfono a esa distancia. Tomé el tazón de sopa entre las manos y terminé de comer.

Salí de la cocina dos horas después, cuando dejé todo colocado en el lugar correspondiente.

Suspiré cuando al fin pude recostarme en la cama.

—Avikar, voy a trabajar para ti.