5
Edén
Sin embargo, tuve que apoyarme en la puerta unos segundos para calmar mi corazón. Con pasos inseguros, caminé hasta el baño para ponerme las mallas de cachemira.
Cerca de quince minutos después llegué hasta el área de seguridad.
Otra vez escuché a la recepcionista reír.
Me puse el anorak, la bufanda y el gorro, no podría usar los mitones, ya que solo acentuaría el frío por los guantes mojados.
Por último, saqué el teléfono y marqué el número de Jacob.
En ese momento el guardia, que no estaba en su puesto, se acercó a mí.
—Aún está aquí, señorita Swan —dijo aliviado. Fruncí el ceño.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, tenía la piel oliva y los ojos expresivos que me hicieron intuir que era latino. Sus ademanes me confirmaron su amabilidad. La placa en el lado izquierdo del pecho decía Luis García, jefe de seguridad.
—Sí. —Me aparté el teléfono de la oreja.
—El señor Avikar le envía esto.
Me entregó unos guantes de hombre, de cuero negro.
—Gracias.
—No es aconsejable que tenga sus manos mojadas, podría perderlas por el frío —dijo cuando me quedé con los guantes en la mano, sin cambiarme los míos.
—Lo sé. De ahora en adelante procuraré tener otro par en el bolso.
Con cuidado saqué las manos de los guantes y me coloqué los que el guardia me entregó.
¿Qué haces? ¡Quítatelos ahora mismo! ¿Acaso te volviste loca? ¡Puedes morir… morir… morir!
Él asintió complacido. Entonces añadió:
—El señor Avikar también me pidió que Ethan la llevara a casa.
—Señorita Swan… Señorita Swan —repitió Jacob en el teléfono.
Le hice una seña al señor Luis para poder responderle. Al acercarme el teléfono al oído, percibí en los guantes el perfume de cardamomo y clavo almizclado del señor Avikar.
—Hola, Jacob. Ya salí de la entrevista. ¿Cree poder venir por mí?
—Lo siento mucho, señorita. Mi hija entró en trabajo de parto y estamos con ella en el hospital.
—¡Oh! Bueno… Obtuve el empleo, Jacob.
—¡Cuánto me alegro, señorita! Sin falta iré por usted el lunes. A las ocho treinta, ¿le parece bien?
—Ocho… solo por si acaso.
—Ocho —confirmó—. Hasta el lunes, señorita.
—Que todo salga bien. Adiós.
Colgué el teléfono y observé al señor Luis.
—Ethan es muy cuidadoso al conducir; se lo aseguro —dijo él con una sonrisa que para una persona normal sería reconfortante.
—No–no… es…
—Ya está aquí.
Colocó la mano derecha en mi espalda y con la izquierda abrió la puerta de la empresa.
Con delicadeza me empujó hasta el sedán Genesis G90 en color negro.
Un hombre de unos sesenta años me esperaba con una sonrisa.
Al acercarme, abrió de inmediato la puerta e inclinó la cabeza en saludo.
Ambos hombres vestían un uniforme de traje negro, a juego con la corbata y camisa blanca.
Ethan, el chófer, cubría su cuello con una bufanda negra y un gorro del mismo color. Ambos estaban impecables.
Dudosa, me senté en el borde del asiento de cuero, con el bolso en el regazo. Ethan le dio la vuelta al automóvil y subió.
—Buenas tardes, señorita Swan.
—No–no tiene que llevarme, Ethan. ¿Qué tal si el señor Avikar lo necesita?
—Él fue muy enfático en que la llevara a casa. Tiene sus guantes mojados.
—Ya no —dije al mostrarle los enormes guantes en mis manos.
Corres un gran riesgo al usarlos y lo sabes… Estoy bien… No lo estás. Ni siquiera sabes con qué jabón los lavaron o qué compañía los fabricó. Puedes morir… morir… morir…
Él sonrió con benevolencia y dijo:
—No se ajustan a sus manos.
Asentí. Observé el automóvil, tenía un aspecto nuevo y los asientos estaban impecables. El interior era una mezcla de cuero, madera, metal y gamuza. No obstante mantuve la espalda recta en todo momento.
Ethan condujo con precaución, al parecer conocía muy bien la carretera porque esquivó todos los baches. Al menos desde donde yo podía ver el automóvil se mantuvo impoluto.
Cerca de cuarenta minutos después pasamos al lado del parque Rotario, entre la avenida 10.ª y la 1.ª. Unos instantes después, llegamos a casa. No había tenido que darle la dirección, pero no me pareció extraño: imaginé que el señor Avikar se la había dado, pues figuraba en el currículo
—Muchas gracias, Ethan —dije cuando él abrió la puerta.
—Él es muy exigente, pero no se arrepentirá.
— Ansío trabajar para él. Siempre guardé la esperanza de recibir esa tercera llamada. Por eso, a pesar de recibir una negativa tras otra de las demás empresas, me quedé.
—¿Por qué está tan tensa entonces?
—Tengo que decirle a mi mamá que me quedo en la ciudad.
Su mirada dulce se llenó de comprensión.
—Mucha suerte con eso —dijo mientras se despedía.
Sonreí y asentí.