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Edén
«¿Qué haces? ¡Tienes que parecer una persona normal! ¡Pisa las baldosas negras también! Y tus guantes siguen mojados… Dijo que me necesitaba. A mí».
—¿Hay algún problema con el suelo? —preguntó la recepcionista con una risilla en los labios.
Sonreí.
—¿La dirección de recursos humanos?
Resopló a la vez que me dedicaba una mirada de desaprobación, aunque de inmediato se recompuso y señaló el pasillo a la derecha.
—La tercera puerta, a la izquierda.
No pudo disimular la rigidez en la mandíbula.
Asentí. Cuando iba a mitad del pasillo, la escuché reír por mi forma de caminar. Llegué al lugar. Antes de abrir, alineé el rótulo, que estaba inclinado hacia la izquierda como si hubieran azotado la puerta. Toqué.
—Adelante —dijo una voz de mujer.
Abrí y se me escapó un jadeo. Al parecer, ella había vaciado el contenido de su bolso sobre el escritorio de imitación de piedra. El maquillaje, el teléfono y el monedero rodaban por el suelo.
«No firmes nada… Huye… Huye de aquí… No puedo, él dijo que me necesitaba.»
—Tú debes ser la señorita Swan.
Me extendió la mano.
Zoey Avikar era una mujer joven, quizás un par de años mayor que su primo.
Su piel morena oscura conseguía resaltar sus ojos cobrizos.
Ese día su ajuar consistía en un traje negro con estampado de círculos blancos, además de una cadena larga de la cual colgaba un cristal de Swarovski en forma de gota de agua y unos aretes con el mismo material.
—Sí…
No había podido moverme, por lo que seguía en el marco de la puerta.
El vaso de café tenía la huella del lápiz labial fucsia en la orilla.
¿Por qué te iba a necesitar? ¿Por tu gran experiencia en el mundo laboral?
¿Tu vasto conocimiento en envasar agua? ¿Estás segura de poder trabajar aquí?
¿Sin pisar un lado en específico del suelo todos los días?
¿Sin poder controlar el desorden de las demás personas?
Admite que mueres por acomodar el bolso de esa mujer y lavar el vaso del café…
Sobreviviré, esto es lo que siempre soñé…
¿Cómo vas a hacer para no tocar nada de lo que existe a tu alrededor?
Tú sabes lo que puede suceder… Utilizaré guantes siempre…
¿Así como ahora? En cuanto salgas a la calle tendrán que llevarte al hospital y amputarte los dedos por congelación…
Fue un error, uno que jamás volveré a cometer.
—Lo siento, tengo mis guantes mojados.
Ella asintió.
—Disculpa el desorden, no encuentro mis lentes y sin ellos no veo casi nada.
Movió la mano y el café terminó en el piso.
El líquido va a tocar tus botas y eso no puede suceder. No es el café de mamá… Las toallitas tengo que usarlas… No serán suficientes… Puedo ir al baño por papel y regresar… ¿Sin pisar las baldosas negras? Te tardarás una eternidad.
—Están… Están… —Apreté los puños para intentar controlar la compulsión de repetir la palabra—. Están en su cabeza.
—¡Oh! —dijo al sonrojarse y llevarse las manos a la cabeza. Entonces masculló—: Antoine, si no encuentras una asistente, renunciaré.
—¿Está todo bien?
—Has de pensar que estoy loca. —Intentó sonreír—. Solo firma aquí.
Me mostró la línea al final de una hoja.
—Me dijo mi primo que se le olvidó acordar tu sueldo y beneficios, lo harán el lunes. Tendré los documentos listos entonces… Él solo quiere que no te le escapes.
En sus labios se dibujó una sonrisa perspicaz. Busqué en el bolsillo pequeño de mi bolso, al lado del teléfono, y saqué el bolígrafo. Dudosa, me acerqué al escritorio. Cuando iba a firmar, ella me detuvo.
—¡Oh, no, no, no! Lo siento, Tiene que ser en rojo. —Fruncí el ceño—. Solo los contratos en la empresa; en tu área puedes usar el color que desees.
Asentí.
Otro error, Edén. ¿Por qué no regresas a casa? La rutina ya está establecida, todo es perfecto.
Me ofreció el bolígrafo y la tabla con el papel.
No puedes tocar esa tabla, mucho menos el papel. ¡Ni pienses agarrar el bolígrafo! ¿Lo traes contigo?… Sí… ¿Estás segura?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…
Lo tomé con los dedos temblorosos. Ya con los lentes puestos, ella agarró el bolso del piso y empujó con el brazo todo lo que estaba encima del escritorio para meterlo dentro.
Firmé de prisa y salí de la oficina. Por instinto, me llevé la mano al bolsillo derecho para apretar el estuche.