El silencio de Avikar 3
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Edén

Percibí un tono rosado que le pintaba los pómulos.

Fruncí el ceño y mi cuerpo entró en alerta.

Sobre el escritorio, se encontraba la bandeja de destruir y archivar, la cual estaba a rebosar.

La cafetera se había quedado a mitad del proceso.

Parpadeé varias veces porque no había percibido esos detalles al entrar. Él continuó:

—Iba a prepararme un café cuando me percaté de que ya era hora y no me gusta hacer esperar a las personas; eso dejaría mucho que desear.

Fijé mis ojos en los suyos, a la vez que una sensación de hormigueo me recorría. Al mismo tiempo, él tomó el currículo entre los dedos, escaneándolo con rapidez.

—Veo que habla con fluidez español y mandarín, aparte del inglés y el francés, nuestros idiomas oficiales.

—Sí, señor. Aún tomo clases de mandarín para mantenerme al día.

Su rostro se mantuvo inmutable ante las pausas en mi hablar.

Se llevó los dedos a los labios; al mismo tiempo que sostenía un bolígrafo de oro antiguo entre ellos. Entonces me percaté de que el nudo de la corbata gris estaba orientado hacia el lado izquierdo.

—Algo me dice que usted me ha estudiado, me reconoció al instante —dijo con esa pequeña curva en los labios como si estuviera complacido.

Es un detalle minúsculo; quizá él la ve derecha al mirarse al espejo, no lo puedes acusar de descuidado. Todo lo demás está perfecto en su traje, concéntrate en la entrevista.

—Como sabrá, queremos abrirnos paso a nivel mundial y para conseguirlo necesito tener a mi lado alguien que pueda desenvolverse en varios idiomas.

Además, sus destrezas son magníficas. Sin embargo, usted no ha trabajado a pesar de haberse graduado hace varios años.

Entiéndame, señorita Swan, necesito algo más que una asistente, quiero a mi mano izquierda.

Percibí un aire de travesura en su mirada por un segundo, aunque no podría estar segura. No pude evitar sonreírle.

—Yo soy esa persona —aseguré.

—¿Podrá aprender de manera expedita sobre una embotelladora de agua? ¿De marketing? ¿Incluso sobre mangas, tuercas y engranajes?

Me percaté de la duda en su tono.

—Sí, puedo hacerlo.

Él continuaba atento al currículo.

—Dice aquí que hizo una maestría en línea en una universidad comunitaria… ¿en Alberta?

Son solo unos milímetros… Un toque de nada y listo.

—Sí, sé que no es renombrada…

—O conocida —me interrumpió en un murmullo.

—Pero le puedo asegurar…

Sin percatarme, me puse en pie. Como en automático, caminé a la cafetera para terminar de preparar el café. Luego tomé la pila de documentos de la bandeja para destruir.

—Que soy apta para el puesto. Si es que usted puede darme una oportunidad, le demostraré mi eficiencia.

Los destruí. Luego tomé el otro montón y me acerqué al archivero en la oficina para colocar cada documento en su respectiva carpeta.

Por último, le serví el café. Al ver la crema al lado de la cafetera, le agregué un toque; no había azúcar.

Ubiqué un portavaso sobre el escritorio y una servilleta en su regazo.

Mientras tanto, él no había perdido detalle de cada uno de mis movimientos.

Se quedó estático cuando me acerqué y le llevé los dedos a la corbata para ajustarle el nudo en el medio y suspiré.

Perfecto… Ni tanto, tienes que lavar el vaso de la cafetera.

De prisa… ¿Qué haces? Tú nunca muestras tus compulsiones a las personas, ¿cómo se te ocurre exponer tu debilidad a un posible jefe?

Edén, acabas de perder la única oportunidad que te quedaba para que te contrataran. Te fallaste a ti misma.

Al señor Avikar se le escapó un gesto de apreciación al probar el café a la temperatura óptima, no tan caliente como para quemarlo, pero tampoco tibio.

Asentí, por un milisegundo, satisfecha.

Tomé el vaso de la cafetera. Caminé hasta una pequeña puerta de pino en la oficina, tal y como pensé, era un baño, de un blanco inmaculado.

Abrí el grifo y, aun con los guantes puestos, lo lavé hasta dejarlo reluciente.

Al salir, la taza estaba sobre el portavaso y él estaba concentrado en el trabajo.

Me acerqué una vez más para tomar la taza, me apresuré hasta el lavabo y la enjuagué varias veces.

Salí del baño y caminé hasta el archivero para colocar la taza bocabajo, desconectar la cafetera, enrollar el cable y acomodar con meticulosidad los portavasos… Todo estaba perfecto.

Tienes los guantes mojados…

Giré y mis obsesiones se quedaron a medias, el señor Avikar estaba tan cerca que sentía su respiración tibia en el rostro a la vez que me contemplaba.

El calor me golpeó los pómulos. No tenía idea de sus pensamientos, pero no me había echado de la oficina…

Me sentía descolocada. Acercó sus labios a los míos, como si deseara probar mi reacción al mismo tiempo que me quedaba estática.

Me recorrió el mentón en una caricia ligera hasta empujarme, con suavidad, el labio inferior con el pulgar. Sentí la tibieza de su lengua…

La servilleta está en el piso y quién sabe qué partículas hay en el suelo… Ese es el menor de tus problemas, sabes que no pueden besarte, sabes que su piel no puede entrar en contacto con la tuya. ¿Qué haces, Edén?

Deslizó la mano izquierda por mi muslo en un movimiento pausado, pero la tensión era dueña de mí. Él se separó solo unos milímetros.

—No te relajarás hasta que recojas la servilleta, ¿verdad?

—Lo siento —musité mientras el calor golpeaba mis pómulos una vez más.

—¿Si te dejo ir, prometes regresar?

Su voz me tenía hipnotizada. Asentí. Solo entonces se distanció para dejarme el camino libre.

Llegué hasta el escritorio y me coloqué en cuclillas para recoger la servilleta, la doblé justo a la mitad, luego en cuartos.

Todas las puntas correspondían. Respiré profundo y giré.

No lo conocía, pero percibía cierta ternura en su mirada; él no juzgaba mis compulsiones.

—Ven aquí.

Caminé despacio hasta el archivero y coloqué la servilleta en paralelo con los portavasos.

Giré e intenté no desviar mi mirada de la suya.

A tientas sus labios regresaron a los míos mientras con la mano izquierda subía una vez más por mi muslo para echar a un lado mi ropa interior y escabullir los dedos entre mis pliegues.

Le apoyé la frente en el hombro y las manos en el pecho, para no perder el equilibrio, cuando el placer me sacudió.

Suspiré una y otra vez mientras él me sostenía con delicadeza.

Tus guantes siguen mojados.

—Usted… no… quiere… que yo… —La voz me salió ahogada.

—No —contestó en un tono severo.

Asentí.

Edén, no necesitas experiencia laboral para saber que con tu jefe se debe mantener una relación profesional rigurosa… Regresa a casa, allá tienes todo… Menos independencia para tomar mis propias decisiones.

Él se alejó como para darme tiempo, aunque solo tuve que acomodarme un poco la falda, pues sus movimientos habían sido pausados, como si tuviera la certeza de que no podía haber nada imperfecto en mi persona.

Caminé hasta el asiento de invitados para colocarme el anorak, doblado por la mitad en el brazo izquierdo, y el bolso en la mano derecha. Me quedé unos minutos de pie frente al escritorio, pero él no volvió a mirarme.

—Bueno… gracias —musité.

¡Y le das las gracias! Eres patética… Él sabe que es por su comprensión…

Tú conoces cómo reaccionan las personas a las compulsiones: con enfado, justificación, colaboración o ignorancia…

Nadie intentó eliminarlas con un orgasmo…

Sonreí. Al menos ya sabemos que no funciona. Tus guantes siguen mojados.

Di media vuelta, asegurándome de no hacer ruido. En un movimiento delicado giré el pomo de la puerta.

—Lunes, a las nueve —dijo él en un tono certero.

—Lo siento. En las noches tengo clases —respondí tras aclararme la garganta y dar la vuelta.

El lunes ya no estaría en Cranbrook, esa había sido mi última oportunidad y la había desperdiciado. Regresaría a la granja de mis padres; ellos tenían razón.

—De la mañana. El trabajo es suyo —respondió tras aclararse la garganta.

La tensión le recorría cada poro de su piel morena clara, y el tono de voz era cortante. Era probable que se sintiera comprometido a darme el empleo por lo sucedido.

—¡Oh! —Sentí cómo el calor me golpeaba los pómulos—. No tiene que darme el empleo, no iré a recursos humanos a levantar una queja.

Él giró y caminó hacia el escritorio para tomar asiento; nuestras miradas nunca se encontraron.

—De hecho, tienes —enfatizó— que ir a la dirección de recursos humanos, a firmar el contrato —dijo al escanear una vez más el currículo—. Mi prima Zoey te atenderá.

—¿P-por qué? —susurré.

Levantó la cabeza y me contempló con esa mirada oscura que por algún motivo conseguía anclarme. Solo entonces dijo:

—Eres lo que necesito.