El silencio de Avikar 2
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Edén

¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Tienes que revisar, estás a punto de entrar ahí y no sabes qué va a ocurrir, puedes tener una reacción de inmediato y jamás llegar a la entrevista. ¡Revisa!… ¡Revisa!… ¡Revisa!

Llevé la mano derecha al bolsillo y de inmediato sentí el estuche.

Levanté la mirada para observar el edificio de una sola planta, cubierto en cristales ahumados necesarios para mitigar el reflejo del sol en la nieve.

Tomé una bocanada de aire y me armé de valor. Caminé despacio para que la nieve me salpicara lo menos posible, me acerqué a la puerta de cristal y la empujé con la toallita.

La amplitud y altura del área de recepción eran satisfactorias.

Las paredes y el techo eran de un color gris claro, y la iluminación era adecuada.

En la esquina derecha se encontraba un arbusto de maple; cinco baldosas después, había un gran espejo horizontal que colgaba de la pared y debajo se hallaba una mesa larga y estrecha.

La pared izquierda tenía un montaje en tablas antiguas y en el suelo se simulaba un camino de piedras y brotes de hierba.

El conjunto aportaba calidez y cercanía a un edificio que de otra forma debía ser frío e impersonal.

Ocho baldosas después, un sillón gris oscuro, que podría albergar cinco personas, ofrecía el espacio necesario para los clientes que esperarían por algún ejecutivo de la embotelladora.

El piso es blanco y negro, ¿por qué no puede ser blanco o negro?... Empiezas muy bien… Aunque los dos son terribles, al blanco se le nota de inmediato la suciedad y al negro el polvo. ¿Qué no lo saben?… ¡Ya basta! ¡Camina!

Antes de dirigirme a la recepcionista, le pregunté al guardia de seguridad por el baño.

Me dio las indicaciones y minutos después me encontraba frente a un espejo pulcro.

Me retiré el gorro, la bufanda y los mitones; los doblé con meticulosidad para guardarlos en el bolsillo izquierdo exterior.

Mi maquillaje natural estaba intacto; el cabello bermejo, en su lugar.

Me agaché para limpiar mis botas negras y retirar las mallas de cachemira.

Al enderezarme, pasé una toalla húmeda por mis guantes de cuero.

Revisé, una vez más, que todo estuviera inmaculado y salí.

Podrían considerar un beige o un tono gris perlado… ¡Olvida el maldito piso!

Me acerqué a la recepcionista, asegurándome de solo pisar las baldosas blancas.

La señorita me observó con el ceño fruncido.

Sus ojos rasgados me hicieron pensar que era de algún país asiático.

Vestía impoluta; era la imagen viva de una revista de negocios.

La identificación en el mostrador de imitación de piedra decía que se llamaba Kim Hee-Jin.

—Hola, buenos días. Soy Edén Swan y tengo una entrevista con el señor Antoine Avikar.

Ella entrecerró más los ojos ante las pausas en mi hablar. Los pensamientos nunca se detenían, por lo que al platicar tenía que competir con ellos.

—El señor Avikar se encuentra en una reunión. La atenderá en veinte minutos, a la hora de su cita. Si gusta sentarse —dijo al señalar el sillón gris oscuro.

El tercer botón de la chaqueta beige está a punto de caerse, ¿se habrá percatado? Lástima que no tenga ese color en específico. ¿Se molestará si se lo digo?… La mujer te mira como si fueras una extraterrestre. Por esto has perdido muchas oportunidades, solo da media vuelta y siéntate.

Giré y caminé hasta el sillón gris. Me quité el anorak azul cielo y lo coloqué, doblado con precisión, sobre el brazo izquierdo.

Tomé asiento con el bolso negro al lado derecho.

Al hacerlo, la falda azul índigo quedó más corta de un lado que de otro, así que me aseguré de que estuviera paralela en las dos piernas.

Los minutos pasaron con lentitud… Mis pensamientos iban y venían entre el piso y el botón suelto.

Me había ido de varias empresas sin hacer la entrevista final porque no me atendían a la hora pactada, lo que desataba aún más mis compulsiones. Si así era en una cita, no quería imaginar cómo sería trabajar para ellos. Poco a poco el corazón se me aceleró.

¿Lo traes contigo?... Sabes que sí… ¿Está en tu bolsillo?… Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

Asegurándome de que nadie me observara, me llevé la mano derecha al bolsillo de la falda y sentí el estuche.

Consulté el reloj, de platino, que me regalaron mis padres, cuando faltaban segundos para las diez de la mañana.

Levanté la mirada hacia la puerta de caoba al final del pasillo cuando la escuché abrirse.

Reconocí al señor Avikar, pues había hecho una consulta en el motor de búsqueda sobre él y la empresa.

Vestía un traje de tres piezas en azul añil, el cual estaba impecable.

Usaba unos zapatos negros lustrosos y llevaba el cabello tan brilloso como la turmalina, en un corte moderno, un poco largo para un ejecutivo.

Él se había hecho cargo de la compañía hacía dos años, cuando su padrino se retiró.

Antes que él, su abuelo también había estado al frente.

Era una empresa familiar, uno de los motivos por los que la escogí.

El otro era mi admiración por el señor Avikar: en solo dos años había llevado una compañía local a una nacional, algo impresionante para un hombre de treinta y ocho años.

Yo tenía treinta y ni siquiera había logrado un puesto de freidora en un establecimiento de comida rápida.

Con un paso desenfadado, él caminó hacia mí. Le extendí la mano izquierda al percatarme de que usaba el reloj en la muñeca derecha. La correa era de cuero oscuro y tenía una esfera de gran tamaño, un toque muy masculino al igual que él.

Una pequeña curva se dibujó en sus labios como si estuviera complacido. Su abuelo era un inmigrante indio, el motivo de ese tono moreno claro en la piel. En el rostro de mandíbula cuadrada no había ninguna marca.

—Buenos días, señorita Swan —dijo en un tono grave, muy placentero y fluido. La presión sobre mi mano fue firme, aunque delicada—. Soy Antoine Avikar. Bienvenida a la embotelladora Avikar. Si gusta, dialogaremos en mi oficina.

Asentí. Él señaló el despacho y comenzamos a caminar.

¡Tienes que pisar las baldosas negras también!

—Dígame, señorita Swan, ¿consume usted nuestro producto?

—Lamento decirle que no —respondí sin bajar la mirada, aunque el calor golpeó mis pómulos.

Ese dejo de sonrisa apareció una vez más.

—Gracias por la honestidad. Su grupo demográfico es un reto para nosotros. Quizás podamos descubrir juntos en qué fallamos.

Él se adelantó unos pasos para abrir la puerta y me permitió entrar.

Un segundo de calma me golpeó. Su oficina era prolija con un olor agradable, su perfume a cardamomo y clavo almizclado impregnaba cada rincón.

Era un espacio amplio, y el gran ventanal en la pared derecha era el responsable de la iluminación natural y cálida.

Los pisos eran de madera pulida en un tono claro; el escritorio era de acero inoxidable.

Un archivero, también de metal, se encontraba al lado de un librero de roble antiguo que, sin embargo, combinaba a la perfección con ese aire de modernidad que quería transmitir.

Dos metros a la izquierda se encontraba un sillón para cuatro personas en cuero negro y un corte clásico. Frente a él había una mesa de centro de cristal. Detrás estaba una puerta doble de pino.

Él se acercó a la silla de cuero blanco y metal frente al escritorio y la sacó para que me sentara. Le dio la vuelta a la mesa y se acomodó en el asiento del mismo material.

—Lamento el desorden.