El silencio de Avikar
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Edén
¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… Esto es una locura… Y el taxista, ¿es que no piensa limpiar la mancha en el cristal?… Olvídalo ya… Podría detenerse un momento y limpiarla… No es importante… ¡¿Qué no es importante?! Al salir, una partícula podría tocarte. Vas a morir… morir… morir…
Me dirigía en taxi a una entrevista en la Embotelladora Avikar.
Era la última a la que asistiría, pues si no conseguía el empleo, tendría que regresar a casa con el sabor del fracaso.
Mi currículo no era problema; luego de enviarlo a más de veinte compañías, todos me llamaron.
Las entrevistas por teléfono eran estupendas; me ofrecían empleo desde interna hasta asistente ejecutiva.
Era al pasar al siguiente nivel cuando comenzaban las complicaciones.
Transitábamos con lentitud por Baker Street, la carretera estaba mojada y en muy mal estado. Solo en esa semana, cerca de quince vehículos habían perdido el control ante la fina capa de hielo que solía cubrir el pavimento.
Me mudé a Cranbrook, un pueblo al sureste de la Columbia Británica de Canadá, a finales de noviembre con la intención de buscar empleo y encontrar mi independencia.
Me gustaba que fuera una comunidad pequeña, rodeada de zonas turísticas y hermosos paisajes.
Pero quizás muy pronto tendría que despedirme de ese magnífico lugar.
Era la primera semana de enero y no hallaba el trabajo indicado.
Tenía esperanzas de que ese lo fuera… las tuve desde que descubrí el significado de Avikar.
Con un poco de agua y jabón esa mancha saldría con facilidad…
Acaban de pasar un bache y cae nieve sin parar.
¿Podrías perdonar al pobre de Jacob? Después de todo, es el único taxista en la ciudad que está dispuesto a transportarte e intenta mantener tus estrictas reglas…
En el bolso tengo unas toallitas húmedas; quizás deba pedirle que se detenga y yo misma limpiarlo.
—Jacob, por favor, ¿podría…?
—Ya llegamos, señorita Swan —dijo al interrumpirme y detenerse.
—Muchas gracias, Jacob —le extendí un billete con la mano enguantada—. Conserve el cambio.
—Gracias, señorita. ¿Mañana a qué hora paso a recogerla? Me toma cerca de hora y media lavar el taxi y limpiarlo por dentro.
No era un reclamo. Jacob era tan quisquilloso como yo y le gustaba mantener en orden a su bebé, como él lo llamaba.
Rondaba los sesenta años. Llevaba el cabello rubio en un estilo mojado, con nada fuera de lugar.
Vestía una camisa de botones blanca impoluta, un pantalón negro y una boina del mismo color como lo haría un chófer antiguo.
—Todo depende de la entrevista.
—Usted tiene mi teléfono, llámeme cuando salga. Me dice si le dieron el puesto o si tengo que llevarla al aeropuerto.
—Gracias, Jacob. No sé qué haría sin usted.
Él asintió. Tomé mi bolso negro y guardé el monedero rojo en el bolsillo izquierdo interior.
Luego agarré el paquete de toallitas húmedas y saqué dos, además de la sombrilla, del bolsillo derecho exterior.
Abrí la puerta del taxi en el mismo instante en que extendí la sombrilla.
Al cerrar la puerta, limpié la mancha en el cristal delantero.
Jacob tocó el claxon en agradecimiento y le dije adiós con la mano enguantada.