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El local de asesoramiento ocupa una antigua tienda de suministros eléctricos, dos calles más allá del mercado.
En el escaparate hay carteles de reuniones vecinales, uno de un cineclub y un aviso de que no se atienden consultas sin documentación.
La mujer que nos recibe comprueba la cita de Hada y nos hace pasar a una mesa detrás de una estantería.
Hay una pareja esperando; hablan muy bajo y siguen una conversación a través del móvil.
La asesora lleva una camiseta gris y tiene un bolígrafo sujeto a la coleta. Empieza por Hada.
—Empieza por el correo de ayer —dice la asesora—. Y luego volvemos al baño. Tengo el contrato aquí, pero no puedo leerlo mientras me cuentas cinco cosas a la vez.
Hada asiente. La escucho preguntar por el colegio de Nela, por el trabajo nocturno y por el coste de un alojamiento provisional.
Yo no le había preguntado cómo se iba a organizar con el colegio si le cerraban el baño durante varios días.
La asesora anota las cuestiones que necesitan respuesta: reparaciones, acceso a la vivienda, informe técnico, alternativas si se confirma que no puede utilizarse y condiciones de cualquier propuesta de salida.
—Esta tarde aún podéis presentar un escrito a la propiedad —dice—. Que quede constancia de que rechazas la atribución de una solicitud voluntaria y de que pides el informe y las medidas de seguridad. Mañana podemos continuar con los documentos que falten. ¿Tienes acceso al correo desde el móvil?
—Sí.
—Bien. Te enviaré el texto y lo decides tú antes de mandarlo.
Hada consulta la hoja donde ha anotado la conversación del viernes con los técnicos.
Pregunta si debe incluirla. La asesora le dice que sí, distinguiendo las recomendaciones sobre seguridad de la discusión sobre la entrega de llaves.
Yo saco mi carpeta cuando ya han terminado de revisar lo relativo al contrato.
—Tengo una declaración sobre lo que ocurrió en este edificio en 2011 —digo—. También firmé un anexo comprometiéndome a no intervenir en una reclamación. Lo he traído por si procede incorporarlo.
La mujer me pide que explique qué presencié. Me interrumpe cuando empiezo a hablar de las intenciones de Tuno.
—¿Eso se lo dijo él, o es una interpretación suya?
—Es una interpretación.
—Entonces lo separamos. ¿Puede indicar qué día vio la visita a los Cuarte?
—Viernes 14 de octubre de 2011, sobre las diez de la noche.
—¿Cómo fija la fecha?
Le enseño la carta del día siguiente, la fotografía de Ibón del tablón y una anotación de mi agenda laboral que pude recuperar del portátil viejo.
La agenda registra un encargo urgente hasta las nueve y media; no demuestra dónde estuve después.
Lo aclaro antes de que la asesora lo pregunte.
Ella revisa también el anexo de mi contrato, toma copia con mi autorización y me devuelve el original.
—Puedo guardar tu declaración como antecedente. En el escrito de Hada no mezclaremos una firma de 2011 con la humedad de esta semana.
Me pide que prepare una declaración corta, con mi nombre, el domicilio en que vivía y las fechas de las que puedo responder. Me da una hoja y empiezo a escribir allí mismo. Al llegar al lunes 17 de octubre de 2011 se me para el bolígrafo. Hada me observa desde el otro lado de la mesa.
—A lo de Alodia me refiero —dice Hada—. Lo de la llamada.
—Ya sé que tengo que ponerlo.
—No tienes que convencerme de nada. Cuenta lo que pasó y ya está.
Escribo el párrafo. La asesora lo lee, subraya dos afirmaciones demasiado generales y me devuelve la hoja para que precise quién me hizo la propuesta.
Cuando termino, incluyo algo que no aparece en la documentación: «Después de firmar el anexo no respondí a una llamada ni al mensaje de Alodia Viñas, que pedía mi testimonio para una queja conjunta».
No he encontrado ese mensaje. Lo digo expresamente.
La asesora revisa el texto y me pregunta si estoy dispuesta a firmarlo. Tardo menos de lo que esperaba en hacerlo.
A las cinco y cuarto acompañamos a Hada hasta la oficina de gestión de Pórtico, que está a unas manzanas.
La asesora nos ha recomendado conservar una copia de la reclamación y prueba de su remisión, además de enviar el escrito por correo electrónico.
Al llegar, una administrativa nos indica que pueden recibir documentos para traslado al departamento de incidencias, pero que allí no se decide nada sobre los contratos.
Hada le entrega el escrito y pide constancia de la recepción.
La mujer consulta con un compañero y marca la copia con fecha y sello de entrada. No garantiza una respuesta inmediata.
—¿Algo más? —pregunta.
Hada mira sus papeles. Podría pedir que nos recibiera Tuno, pero no lo hace.
—Sí. Quiero que hagan llegar el apartado sobre la seguridad del baño a quien vaya a dirigir la reparación. Si hay una medida urgente, necesito saberla por escrito y cuanto antes.
La administrativa hace una marca junto al párrafo correspondiente.
Al salir, Hada fotografía la copia sellada.
Envía el mismo escrito por correo, adjunta los documentos mencionados y guarda la confirmación de envío.
Tiene tan poca batería que busca un enchufe en una cafetería.
Pedimos dos bebidas y algo para comer. Ella devora medio bocadillo antes de volver a hablar.
—No sé si servirá —dice.
—Yo tampoco.
—¿Sabes lo que más rabia me da? Que llevan siete meses teniendo mis correos. Ahora quieren que sea yo la que corra.
Le cuento que he dicho a la asesora todo lo que puedo acreditar sobre 2011 y que he guardado el original de la carta. Ella se limpia los dedos con la servilleta.
—No quiero leerla más hoy —dice—. La he leído bastante.
Comemos. Mi teléfono se ilumina con varios mensajes de Ofelia preguntando si necesito ayuda. Le contesto que terminaré la entrega de llaves y saldré hacia el piso nuevo. Hada comprueba la hora en la pantalla.
—Tienes media hora.
—Tengo las llaves y las lecturas apuntadas. Falta que alguien venga a ver el piso.
—Te acompaño hasta el portal.
Se guarda el teléfono en el bolsillo y se pone a buscar las llaves de casa.