IX
Tuno sube a las dos y veinte. Me lo encuentro junto a la puerta del piso, esperando a que salga con una bolsa de trapos. Lleva un formulario sobre la carpeta y una pequeña botella de agua sin abrir. El rellano está vacío; el hueco que deja la cómoda es más grande de lo que recordaba.
—Me han dicho que los de la mudanza han terminado —comenta.
—Terminado de llevarse los muebles. Falta limpiar.
—Puedo mandarte a alguien. La entrega la hacemos a las seis, como acordamos.
—Había quedado con administración a las cinco y media. Tú querías que fuera a las seis.
—Es lo mismo. Conmigo quedará más fácil.
Se quita un hilo de la manga. Cuando comprueba que no le ofrezco entrar, baja un escalón para que podamos hablar sin estorbarnos.
—La del tercero ha enviado tres escritos desde ayer. No quiero que parezca que no atendemos a la gente, pero alguien le está recomendando plantearlo todo como una pelea. ¿Has sido tú?
—Hada escribe sus propios correos.
—Seguro que sí. Las ideas no siempre son de quien pulsa las teclas.
Le pregunto si ha leído el informe de esa mañana.
—Tendrá su curso. No puedes pedir informes de un día para otro. Lo que buscamos es una salida consensuada. Es evidente que hay que intervenir en ese baño y conviene facilitar las cosas.
—Ella no se niega a una reparación.
—Entonces tendrá que aclararlo sin gente alrededor. Las conversaciones a cuatro bandas terminan siendo un problema. Eso antes ya lo sabías.
Deja descansar la carpeta sobre el pasamanos y saca una hoja de mi expediente de alquiler. Contiene los apuntes habituales sobre lectura de contadores, pintura y limpieza. Hay una observación donde consta «desperfectos de carpintería pendientes de valorar».
—Por tu parte está todo prácticamente resuelto —dice—.
Solo quedaría determinar si hay que descontar algo de la fianza por ciertas cosas.
Te conozco, sé que has cuidado la vivienda.
Si cerramos hoy sin más escritos cruzados, intentaré que se resuelva sin retrasos.
De lo de 2011 tampoco tiene sentido hablar.
Han cambiado los titulares, los contratos y medio edificio.
No me pide que firme un segundo documento. Señala la hoja de daños con el dedo índice. Una uña golpea dos veces la casilla de observaciones. Tuno formula el ofrecimiento con la misma facilidad con que alguien propone dejar una silla cerca de una mesa.
—¿Qué quieres exactamente? —pregunto.
—Que entregues tus llaves y tengas un buen fin de semana. Que dejes a los demás resolver sus asuntos. Que podamos cerrar lo de la fianza sin abrir otra discusión. Me parece una manera razonable de terminar.
Pienso en mi cuenta del banco. El pago del nuevo alquiler, el mes de garantía y la mudanza han dejado poco margen.
Una discusión sobre la fianza podría alargarse semanas.
Ofelia se ha ofrecido a prestarme dinero si lo necesito, y me resisto a pedirle nada porque ella ya ha pagado la entrada de la vivienda nueva y ha dedicado dos fines de semana a ayudarme.
—En 2011 dijiste que la prórroga no tenía nada que ver con los Cuarte.
Tuno entrecierra los ojos.
—¿Y ahora quieres volver a eso?
—Quiero saber por qué pusiste aquella cláusula.
—Era una protección frente a acusaciones sin pruebas. Una cosa bastante común en contratos delicados. Tú la aceptaste porque te convenía.
—Lo sé.
—Pues estamos de acuerdo. Fíjate qué sencillo.
Lo observo con atención. Tiene las uñas cuidadas y una pequeña rozadura en el borde del teléfono. Mira el estado de la ventana de la escalera y me explica que alguien tendrá que repararla. Mientras habla, guarda mi hoja bajo la de otro piso. No veo dónde la coloca.
—Hoy voy a entregar las llaves —le digo—. Pero antes pondré por escrito lo que pasó entonces y lo que he visto estos dos días. Te enviaré copia si figura tu nombre.
—No necesitas hacer eso.
—Para la fianza tendréis que valorar el piso como corresponda. No voy a usar una declaración sobre Hada para arreglar mis cuentas.
Tuno cierra la carpeta. Espera unos segundos, quizá confiando en que añada un matiz.
—Solo te pido que no pongas en un escrito cosas de las que no estés segura. Una reclamación mal hecha acaba perjudicando a quien la presenta.
—Pondré mi nombre y me ocuparé de lo que escriba.
—Haz lo que quieras. La liquidación seguirá su procedimiento. No puedo prometer que se haga hoy.
—Nunca te lo he pedido.
Baja la escalera. Lo oigo detenerse en el primero, intercambiar un saludo con Ibón y continuar.
Me siento en el suelo del salón, junto a un enchufe sin tapa.
Media hora después, mientras friego un armario, Moisés me manda la foto del resguardo del punto limpio y el cargo extra por retirar la cómoda.
Le doy las gracias y acepto el importe. En el estado de cuenta veo una cantidad que no me apetece mirar dos veces.
Ofelia llama. Los muebles han llegado. Mi hermana ha decidido poner el sofá contra una pared distinta de la que marcamos en el plano.
—Lo moveré cuando vengas, si no te gusta —dice—. ¿A qué hora te vemos?
—Después de las siete. Quizá más tarde.
—Estás pagando el piso nuevo para pasar el día en el viejo.
—Ya me he dado cuenta.
—Bueno. ¿Quieres que pase a buscarte?
—No. Tengo que terminar aquí.
Me pregunta si he comido. Le miento con la respuesta automática que damos quienes creemos que el café cuenta como comida. Ella deja pasar la mentira y me anuncia que ha comprado yogures. Apago el teléfono y saco del armario un paquete de galletas que ya no recuerdo de cuándo es.
A las tres y cuarto Hada golpea mi puerta. Lleva la chaqueta puesta y una bolsa con documentos.
—He hablado con la asesora. Me verá a las cuatro en el local del barrio, aunque solo sea media hora. Me ha pedido que lleve el contrato y todos los correos. ¿Vienes?
Dejo la esponja en el fregadero. El suelo del piso sigue húmedo, los enchufes están llenos de polvo y la planta comienza a torcerse hacia la luz de la ventana vacía.
—Traigo también lo mío —le digo.
Hada mira la bolsa. Ve el anexo de 2011 en una funda transparente.
—Será mejor —responde. No añade nada más.