El siguiente inquilino (Lo que pasó después 2) VIII
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VIII

—Buenos días —les digo—. ¿Van al tercero B?

Uno levanta la vista.

—Nos han encargado revisar una humedad.

—La inquilina vuelve enseguida. Os abrirá ella.

—Eso esperamos —contesta, sin malos modos.

No me dicen que tengan intención de expulsar a nadie.

Revisan primero una bajante del patio, hablan del revestimiento y fotografían un conducto.

Ibón aparece con las gafas de leer colgadas del cuello.

Al ver la furgoneta parece sentirse obligado a presentarse por completo, nombre y dos apellidos.

Los operarios contestan con sus nombres de pila y la empresa para la que trabajan.

Les preguntamos, sin impedir el acceso a las zonas comunes, qué revisión les han encargado y si existe una comunicación sobre obras urgentes.

—A nosotros nos han mandado tomar medidas y comprobar si la tubería pierde —dice la trabajadora, que lleva el pelo recogido bajo un gorro—. Lo demás será cosa del administrador. Si hay riesgo, lo avisamos. No podemos saberlo desde aquí.

El compañero abre el maletín. Saca un medidor, lo pone junto a la pared y toma varias lecturas. No comprendo la escala. Él explica que una medición aislada tampoco basta; tendrá que comparar con otros puntos. Me anoto la hora y el lugar. La trabajadora observa mi cuaderno.

—¿Eres de la finca?

—Voy a dejar de serlo hoy.

—Pues ánimo con la mudanza.

Hada llega poco después de las nueve, sin abrigo y con el pelo todavía húmedo de la ducha.

Ha dejado a Nela en el colegio y viene preparada para pasar la mañana sin dormir.

Saluda a los técnicos, les pregunta si van a entrar en su piso y pide que le expliquen qué harán.

Ellos le hablan de comprobar la humedad, medir un punto del baño y ver si hay agua retenida. Ella les deja pasar.

Subo con Ibón. Antes de cruzar el umbral Hada nos pregunta si nos importa esperar en el pasillo mientras les muestra la mancha. No necesita tres espectadores en su baño, y me alegra que lo diga. Desde fuera oímos el agua del lavabo, unas preguntas y el sonido seco de algo que se apoya en la pared.

Después la técnica sale al comedor. Dice que hay humedad activa, que debe localizarse el origen y que probablemente haya que abrir una cata en una zona del falso techo.

No determina en ese momento si la vivienda es segura o no para permanecer en ella.

Recomienda que, mientras se comprueba, se evite usar parte de la instalación afectada y que se programe una intervención cuanto antes.

Hada pide la recomendación por escrito. La mujer explica que entregará el parte a quien la contrató y que puede facilitarle un resumen de las observaciones realizadas, previa autorización de la empresa.

—¿En ese parte pondréis que habéis entrado hoy? —pregunta Hada.

—Claro.

—Es que aquí consta que entrasteis el miércoles.

Le muestra el correo de Pórtico. La técnica frunce el ceño.

—Nosotros no. Y yo no sé quién pudo venir el miércoles. Esto lo hablamos con el encargado.

—¿El miércoles estuvo aquí alguien de vuestra empresa, fotografiando el patio? —pregunto.

—No lo sé. Puede haber venido otra cuadrilla. Eso os lo confirmará quien organizó el trabajo —dice el compañero.

La trabajadora no quiere firmar una acusación contra nadie y es razonable.

Hada toma nota de la respuesta. Le pide que no deje abierto el techo si no van a poder cerrar o proteger la zona; la técnica le explica que hoy solo harán comprobaciones.

La humedad existe, no se resuelve con una carta, y obliga a actuar de algún modo.

Hada consulta de nuevo con el servicio de asesoramiento al que había llamado y decide que Nela duerma esa noche en casa de su hermana mientras esperan la revisión siguiente.

Ella se quedará en el piso si le confirman que puede hacerlo sin peligro inmediato, y procurará usar el baño lo mínimo.

Cuando los técnicos se marchan, Ibón me pide que le recuerde cómo se llama la trabajadora para escribirlo. Le digo que no voy a poner en un documento el apellido que no nos ha facilitado. Él asiente y anota el nombre de la empresa y la matrícula del vehículo que estaba a la vista.

Moisés llega a las diez y cincuenta con un compañero que parece conocer todos los golpes de la escalera.

Arrastran las cajas hacia el ascensor inexistente y hacen comentarios sobre el peso de mis diccionarios.

Desde mi piso escucho cómo desmontan la cama, sacan el frigorífico y negocian con la cómoda rota del rellano, que les dejo retirar al punto limpio con la autorización de administración, que he conseguido esa mañana por correo.

El mueble desaparece en ocho minutos. El zócalo suelto queda descubierto, sin nada que lo oculte.

A las doce y cuarto me encuentro en el dormitorio vacío con una mochila, la planta y una bolsa de comida.

Los muebles viajan hacia Parque Goya; Ofelia los recibirá.

Me quedan todavía el suelo, las últimas lecturas de contadores y la entrega de llaves.

Todo lo que había previsto para una mañana se ha convertido en un día entero.

Antes de bajar a buscar bolsas de basura, veo a Hada en el descanso.

Tiene una hoja de incidencias que acabamos de redactar.

Ha insistido en poner su propia frase al final: «Solicito una evaluación clara de la seguridad de la vivienda y niego haber pedido la extinción del contrato».

La lee en voz alta, con una vacilación en la palabra «evaluación», y luego guarda el folio.

—Me han vuelto a escribir —dice—. Quieren que vaya a la oficina antes de las cinco. A firmar la salida.

—¿Qué vas a hacer?

—Primero comer. Después hablar otra vez con la asesoría. Llevo dos días sin hacer ninguna de las dos cosas como es debido.

Me enseña un mensaje de su hermana: Nela se ha llevado una bolsa de pinturas y no parece contrariada por pasar la noche fuera. Hada sonríe al leerlo. La sonrisa se extingue cuando el teléfono vibra de nuevo.

—Es él —dice—. El del que me hablaste. Tuno.

No contesta. Lo deja sonar hasta que se corta. Me acuerdo de la llamada de Alodia en 2011, apagada en mi mano. No le digo a Hada si debe contestar o no. Le pregunto si quiere que la acompañe a la reunión de la tarde. Ella me mira sin entusiasmo.

—Si vas, vas como testigo de lo que hayas visto. No como mi representante.

—De acuerdo.

—Y tráete lo que firmaste en 2011.