El siguiente inquilino (Lo que pasó después 2) VII
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VII

Hada ha apartado los juguetes de Nela de la mesa del comedor.

Hay un vaso con leche sin terminar y una libreta donde Nela ha escrito su nombre en mayúsculas y ha dibujado un sol al lado.

El tercero B es algo más luminoso que el mío; entra un reflejo blanco desde la pared del patio.

En el techo del baño se ve la mancha de las fotografías.

De cerca resulta más extensa, con el yeso blando en un borde.

No tengo ninguna razón para llamarla inofensiva.

—¿Ves por qué me asusto? —dice Hada—. Si es peligroso y me quedo, la culpa será mía. Si me voy y firmo, también. Necesito saber qué están arreglando.

—¿Te gustaría que lo viera una persona independiente? —pregunto.

—Lo he pedido tres veces. La asesoría me ha dicho por teléfono que, si hay un peligro inmediato, llame al servicio municipal correspondiente. Y que guarde todo. El lunes me ven el contrato.

—¿Te han dicho que firmes la entrega?

—Me han dicho que no confunda una indicación de seguridad con rescindir el alquiler. Que antes de aceptar nada les envíe los papeles. Ya se los he mandado.

Por la ventana veo una bolsa de yeso apoyada junto al patio.

Hada me pide que la acompañe a hablar con Ibón a la mañana siguiente si vienen operarios.

Le digo que sí. Después saco de mi carpeta la carta de 2011 y una funda de plástico transparente donde conservo los anexos de mi contrato.

Entre ellos está el acuerdo del lunes 17 de octubre, firmado con Tuno y con un representante de la antigua administración.

Lo pongo delante de ella.

—Hay otra cosa que deberías saber.

Al oírme, Hada apaga la pantalla del móvil. Hada deja de mirar el techo y se concentra en el papel.

—Esto es tu contrato.

—Una modificación. Me prorrogaron el alquiler y dejaron la renta fijada para varios años. A cambio, firmé esto.

Señalo el último apartado. El lenguaje es torpe, pero se entiende: «La arrendataria declara no disponer de conocimiento directo de irregularidades imputables a la gestión del inmueble y se abstendrá de promover o respaldar actuaciones colectivas basadas en hechos no acreditados».

Hada lo lee dos veces. Luego vuelve a la carta escondida.

—Tú habías visto lo que pasó con los del tercero A.

—Vi una visita a una hora extraña. Oí lo que dijeron. Ayudé a ordenar la documentación que tenían los vecinos.

—Y después firmaste que no ibas a intervenir.

—Sí.

—¿Por el alquiler?

—Me convenía quedarme. Estaba a punto de perder el trabajo, no tenía dinero para una mudanza y pensé que los Cuarte podrían arreglarse con los otros vecinos. Supongo que entonces busqué razones más elegantes, pero fueron esas.

Hada aparta el contrato. No levanta la voz. Hace un ruido con los dientes, una aspiración breve, y va a recoger el vaso de leche. Está frío. Lo vacía en el fregadero.

—¿Se lo contaste a la familia?

—No.

—¿A nadie?

—No.

—Pero lo escribiste todo, por si algún día entraba otro en tu piso. Qué detalle.

Hada tiene ahora treinta años. Yo tenía treinta y uno cuando guardé el sobre. Ella mete el contrato en una funda sin pedirme permiso; las manos le tiemblan un poco al encajar la cremallera.

—¿Por qué ayer no me lo dijiste? —pregunta.

—Porque pensé que, si te ayudaba a mirar las fechas, mi historia no importaría.

—Te interesaba que yo confiara en ti sin saber en qué te habías metido.

—Sí.

Hada apoya ambas manos en el fregadero. Una de las uñas está partida muy cerca de la piel y tiene harina seca alrededor de la cutícula. Cuando habla de nuevo, parece que ha decidido no gastar más energía en juzgarme.

—¿Tienes copia de la declaración? La que firmaste después de aquello.

—Esta es la única que firmé. Conservo el contrato y el anexo. También hay correos antiguos en mi ordenador, pero quizá ya no se puedan abrir los adjuntos.

—No quiero presentar un papel que no entiendo. ¿Vas a decir que firmaste eso?

—Si es necesario, sí.

—No te pregunto si es necesario. Tú has venido a contármelo.

Tardo en contestar. Desde el baño cae una gota al cubo. Hada mira el teléfono, comprueba que sigue encendido y vuelve a esperarme.

—Lo diré por escrito —contesto—. Lo que vi, lo que hice y lo que no quise hacer después. Antes lo leerá la persona que te asesore. No quiero que mi versión estropee tu reclamación.

Ella asiente, pero no me agradece nada.

Suena el teléfono. Es su supervisor de la panificadora.

Hada se aparta al dormitorio y habla en voz baja durante varios minutos.

Cuando regresa me explica que le cambian el turno del viernes, pero le descontarán unas horas.

Podría protestar; ahora no tiene fuerzas para sumar otra conversación desagradable a la tarde.

—Mañana a las ocho voy a llevar a Nela al colegio —dice—. Mi hermana puede recogerla y quedarse con ella por la tarde, por si tienen que abrir el techo. Yo estaré aquí. Si vienen de la empresa, necesito que alguien escuche lo que dicen.

—Puedo venir a las nueve. Los de mi mudanza no llegan hasta las once.

—A las nueve está bien. Si cambias de idea, escríbeme. No voy a suplicarte que aparezcas.

Me entrega el contrato por una esquina. Me acompaña hasta la puerta. Al coger el anexo de contrato me lo devuelve sin rozarme la mano.

—Maura, una cosa. Cuando te ofrecieron todo aquello, ¿pensaste que era un soborno?

Podría explicar que el documento no decía nada ilegal de manera expresa, que había firmado con prisa, que no sabía lo que ocurrió después. El anexo sigue entre nosotras, abierto en la cláusula final.

—Pensé que era un trato —digo—. Y que, si no lo aceptaba, iba a quedarme sin piso.

—Ahora ya tienes otro —responde.

Cierra con suavidad. Bajo a mi casa y reviso el cajón donde guardo la carpeta del alquiler. Nunca he tirado ese anexo. Siempre había sospechado que deshacerse del papel no sería suficiente para librarme de lo que recordaba.