VI
—La pata es de plástico. No tendría que habérsela pegado —aclara—. Ahora baila más que antes.
—Necesitamos comparar unas fechas.
—Yo diría que fue antes del Pilar. Había gente fuera de Zaragoza.
—Pues me he liado con la semana. Espera, que debo de tener una foto.
Ibón deja el papel sobre la mesa y va a buscar una caja de galletas llena de tarjetas de memoria, baterías y teléfonos viejos. Busca uno de color gris, lo conecta a un cargador con cinta aislante y espera. La pantalla tarda tanto en iluminarse que ofrece revisar las juntas del patio mientras tanto.
—De las juntas se ocupan los profesionales —le digo.
—Por eso llevamos tantos años esperando.
Lo dejo encender el teléfono. Ibón no se maneja bien con las fotografías; pulsa dos veces la aplicación de música y después encuentra una carpeta llamada «CASA».
En la tercera imagen aparece el tablón del portal, con una convocatoria fechada el jueves 13 de octubre de 2011.
Una segunda fotografía, tomada el sábado 15 por la tarde, muestra la misma hoja junto a otra que dice «Se ruega a los ocupantes del 3.
º A que faciliten las comprobaciones necesarias».
No se identifica al autor, pero sí se ve la fecha escrita a bolígrafo y parte del portal por detrás.
Ibón mira la pantalla y se queda quieto.
—Pues tenías razón con octubre.
—Con una parte. No sabemos todavía cuándo se originó la avería.
—No sé dónde empezó el agua. Sé que pagamos dos derramas y nunca apareció el fontanero el día anunciado —replica—. Eso sí lo puedes poner.
Le pido que no diga más de lo que puede demostrar. Él me dedica una mirada que acepto merecida.
—Llevas media hora poniendo pegas. Empiezo a acordarme de cuando te pedí que vinieras a aquella reunión.
—No es eso. Si enviamos una queja, tendrán que diferenciarse las fotografías, lo que cada uno recuerda y lo que le han contado.
—De acuerdo. Pero que se vea lo que sí sabemos. No me llenes tres hojas de «según parece».
Se sienta y saca una hoja en blanco. Tiene una letra pequeña, tan regular que parece impresa. Anota cuándo tomó las fotos, dónde vivía la familia Cuarte y el nombre de un antiguo representante de la propiedad. Al recordar a Tuno golpea suavemente el bolígrafo contra el mantel.
—Lo vi otro día con un hombre que llevaba una maleta plateada. Me acuerdo de la maleta porque la dejó atravesada en la escalera. Le pedí que la quitara. Me dijo «ahora mismo» y tardó diez minutos.
—Eso no aparece en ninguna de las fotos.
—No. Si tuviera fotos de todo, no terminaríamos hoy.
Le pregunto por la familia. Ibón no tiene dirección ni teléfono. Avelino se llevó la furgoneta, Alodia dejó las llaves en un sobre y alguien fue a comprobar el contador de agua. No recuerda quién.
—Pensaba que tú sabrías algo —dice.
—No volví a hablar con ellos.
—Qué raro. Alodia dijo que estabais arreglando unos papeles.
Ibón tiene la delicadeza de no añadir nada más. Se entretiene con una fotografía en la que aparece él mismo, quince años más joven, colocando un cartel sobre la prohibición de dejar bicicletas en el portal.
La memoria me devuelve un detalle que había conseguido desplazar a un rincón: Alodia me llamó el lunes 17 de octubre de 2011, a las siete y media de la tarde.
Vi su nombre en la pantalla. Yo acababa de firmar el anexo con Tuno y me quedé mirando el teléfono hasta que dejó de sonar.
Esa misma noche recibí un mensaje que decía: «Maura, necesito saber si podemos poner tu nombre en el escrito.
Cuando salgas, llámame». Lo borré de inmediato.
Esa noche cené de pie. Me acuerdo del plato, aunque no de lo que comí.
—Lo de Hada es diferente, ¿no? —me pregunta Ibón.
—Los papeles se parecen. No sabemos si el problema de su baño es grave.
—Su niña ha dormido aquí un rato mientras la madre hablaba por teléfono. Ha preguntado si las grietas van a crecer por la noche. Yo le he dicho que las paredes no comen.
—¿Y se lo ha creído?
—No, pero me ha enseñado un dibujo.
Ibón señala una hoja con tres personas y un perro bajo un tejado amarillo. En una esquina, Nela ha dibujado una llave enorme, de la altura de una puerta. Ibón dice que la llave es la suya, que la niña se empeñó en dibujar al verla colgada de su cinturón.
Le pido a Ibón que me envíe las fotografías. Tarda un cuarto de hora en hacerlo porque el móvil viejo no se conecta bien a su red. Acabamos copiándolas a mi ordenador mediante un cable que guardo entre los accesorios de una impresora descatalogada.
Mientras esperamos, Ibón vuelve sobre el documento que quiere firmar. Me dice que no pondrá su nombre junto a afirmaciones de Hada que no ha podido comprobar por sí mismo. Yo le contesto que es exactamente lo que necesitamos.
—No me uses para hacerme el favor de sentirte tranquila —dice.
—No te estoy utilizando.
—Entonces tráeme mañana el texto final. Lo leeré con las gafas buenas, no con estas. Y si estoy de acuerdo, firmaré.
Salgo a la escalera con las fotografías guardadas en una memoria.
Bajo un piso y me quedo frente a la puerta cerrada del segundo B.
Abro los contactos del teléfono y escribo «Alodia».
Ya no está. Busco su nombre en un mensaje viejo del ordenador y lo cierro sin enviar nada.
Tendría que explicarle por qué la busco precisamente ahora.
A las cinco, Hada me escribe: «Han contestado. Dicen que la visita técnica fue ayer a las 17.30 dentro de mi piso. Eso tampoco es cierto. ¿Puedes venir?».