V
—Yo el martes a esa hora estaba con Nela en la farmacia —dice—. Fuimos a buscarle un jarabe. Tengo el tique si hace falta. Mi hija tenía fiebre. Es lo único que hice a esa hora, esperar el jarabe.
—¿El tique?
—¿Pongo que es mentira?
—¿No habéis tenido goteras en otros pisos? —pregunta.
—En el primero, hace tiempo. En el mío entra agua por la ventana del dormitorio cuando hay cierzo fuerte. En el patio han roto dos veces el desagüe.
—Entonces pueden decir que todo el edificio está mal.
—Pueden decir muchas cosas. Lo importante es lo que acrediten y lo que haya que reparar.
Me mira un momento. Tiene ojeras recientes y una forma de escuchar que intimida, porque no se adelanta a llenar los silencios. Al cabo de un rato señala la mesa de mi cocina.
—¿Eso lo has encontrado hoy?
El sobre de la carta está debajo del justificante del seguro de mudanza. La esquina violeta sobresale. Hada se inclina, lee las palabras del exterior y vuelve a mirarme.
—¿El siguiente inquilino? ¿Hay otro piso disponible?
—No. Es mío. Lo escribí cuando pensaba irme, hace quince años.
—¿Y qué pone?
Cojo las dos hojas, compruebo que no se han desprendido por el doblez y se las doy.
Hada empieza por el principio, despacio, siguiendo las líneas con un dedo.
La primera indicación le arranca una sonrisa breve: «Si alguien le ofrece resolverlo todo verbalmente, anote también la hora y el lugar de la promesa». Luego deja de sonreír.
—¿Lo de aquí es de este edificio?
—Sí.
—¿«Incidencia de habitabilidad»? —lee—. ¿Ya lo decían entonces?
—Tuno ya trabajaba aquí.
Hada coloca la hoja frente a mí, con la frase subrayada en azul por mi yo de treinta y un años.
—¿Sabías que lo estaban haciendo otra vez?
—Hasta ayer no.
—No te pregunto eso. ¿Sabías que podían hacerlo?
Dejo la carta boca abajo. Hada espera y ninguno de los electrodomésticos embalados tiene un ruido con que llenar la pausa.
—Lo sospechaba. Y guardé la carta.
Hada retira la mano de la hoja. Tengo el teléfono de Ofelia sonando sobre un montón de manteles.
Lo pongo boca abajo. Hada termina la carta y me la devuelve sin comentario.
Antes de marcharse imprime la respuesta desde mi impresora, que todavía no he desconectado.
La lee en voz alta para asegurarse de no haber omitido ninguna fecha.
—«Solicito información técnica completa y una contestación por escrito sobre la supuesta solicitud verbal, que niego haber realizado». Eso es todo —dice—. No voy a poner que estoy asustada. Ya lo estarán viendo.
Sale con su carpeta. Desde la escalera me pregunta si puede enseñarle la carta a una persona de la asesoría cuando consiga hablar con ella.
—Puedes hacer una copia. El original lo guardo de momento.
—No la voy a utilizar sin preguntarte. Hay un nombre aquí que no reconozco. ¿Los Cuarte?
—Vivieron en el tercero A.
—¿Y dónde están?
—No lo sé.
Hada espera un segundo, con el bolso en la mano. No me pide que explique por qué escribí una carta de advertencia y dejé que se pudriera tras una tabla. Se va con la foto de la carta y un correo que ha redactado ella sola. Yo sigo sin decirle qué firmé aquel lunes.
Cuando se va, llamo a Ofelia. Me contesta mientras hace algo en la cocina; oigo una batidora y el ladrido de su perro.
—¿Te llega el camión mañana a la una? —le pregunto.
—Eso dijiste ayer. ¿Por qué? ¿Se ha muerto un mueble?
—La cómoda del rellano. Solo una pata.
—Te lo tomas con mucho cariño. Mira, déjamela aquí si quieres. Arreglamos la pata y la vendemos.
—No quiero verla nunca más.
—También decías eso de los diccionarios y te has quedado con siete cajas.
La dejo hablar de una estantería que me ha reservado. Me pregunta si me pasa algo y le contesto que hay un lío con una vecina, que mañana quizá necesite quedarme en el edificio después de que se lleven los muebles. Ofelia no dramatiza.
—Hay arroz hecho —dice—. Si llegas de noche, no te lo pondré como castigo. Me mandas un mensaje.
Cuelgo. La impresora conserva en su bandeja una hoja olvidada: el acta que Hada ha preferido no llevarse en papel.
El texto dice «sin presión ni reserva». En el margen aparece un código de expediente.
Lo anoto en una hoja nueva, junto a los horarios que Hada me ha enseñado.
La carta de 2011 vuelve a su sobre. Hace quince años ya había empezado igual, con la idea de ordenar los datos en lugar de enfrentar lo que significaban.