El siguiente inquilino (Lo que pasó después 2) IV
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IV

Bajo a la papelería para imprimir dos correos y comprar cinta de embalar. A la vuelta encuentro a Tuno junto a los buzones, hablando con la encargada de la limpieza. Lleva un abrigo ligero color piedra y sostiene una carpeta que no parece vieja aunque se empeñe en llevarla bajo el brazo.

—Maura Belsué —dice antes de que llegue a la puerta—. Me había enterado de que te mudas.

—Hay cajas por toda la escalera. La información está al alcance de cualquiera.

—¿Te vas lejos?

—A Parque Goya. Mi hermana vive allí.

—Ah, bien. Más tranquilo. Este barrio está para echarle paciencia.

—El edificio también.

Se ríe con una exhalación corta y mira hacia el techo del portal.

—Es viejo. Hay que ponerlo al día. Ya se lo explicamos a los arrendatarios.

—¿A todos?

—A todos los que tienen alguna incidencia.

—A Hada, por ejemplo.

No es una pregunta. Tuno baja la mirada hacia su carpeta, donde lleva varias hojas señaladas con adhesivos amarillos.

—Ella debería hablar con su interlocutor de zona. Hay cauces establecidos. A ti te interesa acabar la mudanza en paz.

—Acabarla, desde luego.

Abre la carpeta y me enseña, de lejos, una hoja con varias columnas. Una línea lleva mi número de vivienda.

—Tendrás la revisión final el viernes a última hora. Me han dicho que han encontrado dificultades con los muebles de la entrada. Si necesitas un poco de margen, podemos organizarlo.

—No hace falta. Mañana se lo llevan todo.

—A eso voy. No te compliques el último día. En cuanto entregues llaves, se inicia la liquidación de la fianza, siempre que no haya incidencias.

—Ya he hablado con administración.

—La administración habla conmigo cuando hay una incidencia.

Me muestra los dientes en algo que podría pasar por una sonrisa. Desde el patio se oye un cubo que cae al suelo. Aprovecho para moverme y recoger una caja que había dejado junto a la puerta. Tuno se ofrece a sujetarla, pero prefiero apoyarla en el peldaño.

—Quince años —dice—. Más, quizá. El tiempo que llevas aquí.

—Dieciocho.

—Eso. Ha sido una buena relación. Me alegra que puedas irte a tu gusto.

En 2011 utilizó otra expresión: «Lo más cómodo para ti». Lo dijo en la cocina el lunes 17. Todavía recuerdo dónde colocó el bolígrafo, junto al plato con el pan.

—¿Qué significa «incidencia de habitabilidad»? —pregunto.

Tuno se queda inmóvil un segundo.

—Lo que significa. Una situación que afecta a las condiciones de uso.

—Es bastante amplio.

—Depende del informe.

—¿Existe el informe?

—Los técnicos elaboran informes. Yo gestiono la comunicación.

Mira, Maura, te conozco. Sé que eres buena con los papeles.

Lo que hacemos es evitarles a los vecinos preocupaciones innecesarias.

Hay viviendas que necesitan intervención y gente que prefiere discutir una semana antes que atender una recomendación.

—¿Y si no es una recomendación?

—Entonces se le informa por el procedimiento que corresponda.

Se ha colocado en la posición de quien puede aclarar una duda, aunque lleva varios minutos sin aclarar ninguna. No tengo prueba de que el piso de Hada sea seguro. Tampoco de que necesite ser desalojado al día siguiente.

—Tú lo recordarás —añade—. Hubo problemas hace años. Al final, todo se resolvió. Ahora tenemos otra propiedad y otras reparaciones. No mezclemos los expedientes.

—¿Y quién ha hablado de recuperarlos?

—Ibón pregunta demasiado. Ya sabes cómo se pone. Me han dicho que estuviste con la vecina del tercero y supongo que te habrá pedido consejo. Hazlo, si quieres. Solo procura no atribuir a nadie hechos que no has visto.

Recuerdo la declaración que firmé. «No tengo conocimiento directo de actuaciones irregulares». En el papel no figuraban las horas que pasé ordenando las notas de Alodia. Tampoco me las pidieron.

—Si Hada pide una copia de ese informe, ¿se la daréis? —pregunto.

—Debe solicitarla formalmente.

—Ya lo ha hecho por correo.

—Entonces tendrá respuesta.

Comprende que la conversación no va a concluir con mi asentimiento. Comprueba la hora en el reloj y cierra la carpeta con el pulgar.

—Cuando salgas, deja copia de las lecturas de los contadores. Luego vienen las discusiones y no hay manera de aclararse.

Sale al exterior. No lo sigo. Espero a que se cierre la puerta del portal y subo con la caja hasta mi piso.

A mitad de escalera tengo que sentarme porque se me ha abierto una de las solapas.

Se han desparramado por los peldaños los manuales de un motor de corte que traduje hace siete años.

Las hojas presentan imágenes de dedos junto a cuchillas, flechas rojas, advertencias sobre no retirar las protecciones mientras la máquina está en funcionamiento.

Recojo las páginas en el orden que puedo. Cuando llego arriba, Hada está apoyada en su puerta con el teléfono en la mano.

—Me han mandado otra cosa —dice—. Aseguran que fui yo quien pidió marcharme.