III
Era un programa de lectura que utilizo para comprobar traducciones. Se lo expliqué. La niña no pareció convencida.
Hada entra sin quitarse el abrigo. Aparto dos cajas de libros para ofrecerle una silla. Hada no se sienta. Tiene el sobre agarrado con las dos manos. Me tiende el sobre.
—Llegó ayer a las ocho de la tarde. Debajo de la puerta. He llamado tres veces y no me cogen. Hay un móvil, pero salta una locución.
No se adjunta el informe que fundamenta la recomendación. Tampoco explica qué sucedería con el alojamiento si, tras comprobar la avería, no fuera seguro quedarse.
—¿Ha venido alguien a ver tu piso? —pregunto.
—A mi piso no. Ayer hubo dos hombres en el patio. Miraron las bajantes y uno tomó fotos desde abajo. Se fueron a las seis y media.
—¿Tienes humedades?
—En el baño, una mancha que apareció en marzo. Lo comuniqué. Vinieron en abril, picaron dos azulejos y dijeron que faltaba una pieza. No volvieron. La mancha sigue ahí. Y ahora me hablan de peligro grave, pero llevan siete meses sin arreglarla. ¿Cómo se entiende?
—No estoy juzgando cómo tienes el baño.
—Ya. Es que llevo una noche escuchando que quizá he hecho algo mal.
Se frota el puente de la nariz. Tiene una marca rojiza debajo del ojo derecho, probablemente del elástico de la mascarilla que usa en la panificadora. Mira una caja rotulada «ESCRITORIO / FRÁGIL».
—Ibón dice que sabes leer estas cosas.
—Traduzco manuales de máquinas. Lo que sé hacer es mirar si un documento dice lo mismo en todas partes.
—Con eso ya me ayudarías.
La invito a sentarse. En la segunda página, el formulario está redactado en primera persona: «Solicito por razones personales y de forma voluntaria la entrega de la posesión de la vivienda».
Debajo, un espacio en blanco espera la fecha y otro la firma.
Hay una casilla preimpresa que dice «He recibido información suficiente sobre las alternativas disponibles».
—¿Te han ofrecido alguna alternativa?
—Me dijeron que buscara una habitación. Por teléfono, antes de que me colgaran. Pregunté si pagaban ellos y entonces me pasaron con otro departamento.
Hada ha guardado los mensajes en el teléfono.
Me enseña una cadena de correos de abril donde se habla de la filtración y otro de septiembre en el que pregunta si van a reponer los azulejos.
Las respuestas cambian de firma. En una, «Atención a inquilinos» dice que la reparación es de baja prioridad.
En otra, «Gestión técnica» anuncia una visita pendiente.
No hay ninguna confirmación de que el baño sea inhabitable.
—Yo no firmaría que me voy porque quiero, cuando me están pidiendo que salga. Eso lo tiene que ver alguien que conozca tu contrato. Y lo del baño también: si es peligroso, hay que saberlo de verdad.
Hada recoge los papeles. Abre el sobre de nuevo y se queda un momento buscando algo entre las hojas.
—He pedido cita en una asesoría de vivienda —dice—. Me han dado para el lunes. No puedo quedarme sentada hasta el lunes. Si vienen mañana, ¿qué hago?
—Diles por escrito que has pedido la cita. Guarda todo. Si vienen, pide que se identifiquen y explica que quieres conocer el riesgo del baño. Más allá de eso no me atrevo a decirte.
—Yo mañana trabajo a las diez de la noche. Necesito dormir unas horas antes. ¿Y la niña? Mi hermana vive con otras tres personas. Un par de noches nos arreglamos; después, no.
Busca el móvil y saca también la horquilla roja que su hija le hizo guardar antes de ir al colegio. La deja sobre una caja. Por primera vez se quita el abrigo.
Le señalo una firma al pie del requerimiento. Está impresa, aunque debajo aparece un trazo escaneado. «Tuno Varga. Coordinación de incidencias».
Hada observa mi cara.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Te parece que puedo hablar con él?
—Hablar, sí. Ir sola a firmar algo, yo no lo haría.
—¿Es abogado?
—No. En 2011 trabajaba para los administradores anteriores.
Levanta la cabeza.
—¿Y cómo sabes tanto de lo que hacía?
Puedo contestarle. La carta está a menos de dos metros, entre las instrucciones para trasladar la lavadora y el seguro del camión. En lugar de cogerla, le pido que me deje fotografiar el aviso y las dos páginas del formulario.
—Con mi teléfono, si te parece —dice Hada—. No quiero perderlo de vista.
Tiene razón. Le indico qué partes necesito ampliar y ella toma las fotos.
Después las enviamos a su propio correo.
No me ofrece su documentación personal, ni se la pido.
Cuando va a marcharse, busca la horquilla sobre las cajas y tarda en encontrarla.
Me hago a un lado para que mire sin que la apure.
—He salido a toda leche. Nela está con Ibón. Le prometí que volvía en diez minutos.
—Han sido veintitrés.
—Me va a pedir que le explique por qué ha tardado tanto el ascensor. Y aquí ni tenemos.
Le sujeto la puerta. En el descansillo, el zócalo sigue separado de la pared. Hada lo mira, sin darle importancia. Me quedo con el sobre viejo en la mano mientras ella sube los escalones. Oigo que llama a la puerta de Ibón y le pregunta si ha comido la niña.
El viernes por la tarde, si todo sale según lo previsto, yo estaré en otro barrio. Hada seguirá aquí, con un formulario que le atribuye una decisión que no ha tomado.