II
Aquel día vuelvo del trabajo poco antes de las diez de la noche. En la escalera hay un hombre con una cazadora azul y una carpeta rígida. Otro espera en el tercero A. Llevan una linterna grande, de las que se sujetan por el asa.
—No pueden entrar sin enseñarme nada —oigo decir a Alodia.
El hombre de la carpeta contesta con una paciencia ensayada.
—Señora, le he explicado que se trata de una incidencia de habitabilidad. Si mañana el técnico confirma el riesgo, se tendrá que actuar. No le estoy pidiendo que decida ahora una obra. Le pido que facilite la revisión.
—¿Y qué van a revisar? Se lo he preguntado tres veces —dice Alodia—. Si hay un peligro para mi hija, quiero saber cuál.
Me detengo frente a mi puerta. Los dos hombres se giran. Reconozco al que sostiene la carpeta: un auxiliar de la administración que a veces trae cartas certificadas y que acaba de renovar las etiquetas de los buzones. Tuno. Entonces lleva el pelo más largo y parece incómodo dentro de la cazadora.
—Buenas noches, Maura —dice—. Estamos terminando.
Me quedo frente a la cerradura, con las llaves en la mano.
Llevo once horas fuera y mañana tengo que madrugar.
Abro mi casa. Desde dentro escucho una voz más baja y después la puerta del tercero A, que se cierra de golpe.
Por la mirilla veo a Alodia inmóvil junto al pasamanos.
Tiene el llavero en la mano y algo que parece una tarjeta doblada entre los dedos.
Bajo a tirar la basura veinte minutos después. Avelino está en el portal y habla por teléfono con un familiar. Dice que no van a meter a la niña en un hostal por una filtración que nadie les ha mostrado. El hombre de la carpeta se ha marchado. Tuno sigue esperando junto a los buzones.
—¿Pasó algo grave arriba? —le pregunto.
—Han detectado humedad. Hay que comprobarlo.
—¿A las diez de la noche?
—Han llamado esta tarde. Venimos cuando podemos.
Lo dice sin ironía. Me muestra unas fotografías en una pantalla pequeña. No identifico el cuarto, aunque sí las manchas oscuras de una pared. Antes de que pueda observarlas bien, guarda el teléfono.
—Si la familia colabora, habrá menos molestias para todos —añade.
A la mañana siguiente, sábado, los Cuarte han reunido a cuatro vecinos en su cocina.
La humedad de las fotografías no está en el dormitorio, como les dijeron, sino en un cuarto de instalaciones al que no tienen acceso.
Hay una nota pegada en el tablón, fechada el jueves 13, que exige colaboración con los servicios técnicos.
El documento no lleva firma. Uno de los vecinos cree que la filtración empezó tres meses antes.
Otro ha visto pasar cajas de herramientas.
Nadie consigue ponerse de acuerdo sobre qué ha sucedido exactamente.
Alodia extiende sus papeles sobre un mantel de hule.
—No pretendo que os enfrentéis con nadie —dice—. Si alguien vio venir a esos hombres, si alguien habló con ellos, que lo escriba. Solo eso.
Yo he visto al hombre de la carpeta y a Tuno.
Podría escribir sus nombres. Podría decir qué hora era, qué dijeron, cuándo salieron.
Me ofrezco para ordenar las copias, pongo fechas y hago dos montones: testigos directos y comentarios de otros vecinos.
Cuando Alodia me pregunta si dejaré mi nombre, le digo que primero quiero comprobar el horario.
A las doce Alodia me sirve un café que no he pedido.
Tiene mi cuaderno abierto delante y espera que termine una frase sobre Tuno.
Tengo treinta y un años y llevo tres redactando instrucciones de seguridad para maquinaria que nunca utilizaré.
En los informes que traduzco, una preposición puede cambiar quién responde de un fallo.
Aun así, dejo sin terminar la frase del cuaderno.
Esa tarde, de vuelta en mi piso, redacto once indicaciones.
Incluyo los nombres y las fechas, y al final pongo un párrafo sobre los Cuarte.
La carta se dirige a quien venga detrás de mí porque pienso marcharme.
Llevo meses buscando otro alquiler y, después de lo ocurrido, el edificio ha empezado a parecerme un lugar provisional.
En la última hoja anoto: «Si le piden una firma inmediata, pida una copia y una explicación por escrito. No confunda la prisa de la otra parte con una obligación suya».
El domingo por la noche la meto en un sobre de nómina.
Aprovecho que el zócalo del descansillo está suelto detrás de la cómoda y la escondo.
No lo hago para que la encuentre la familia Cuarte.
Ellos saben bastante más que yo de lo que les está ocurriendo.
Quiero que, cuando alguien me sustituya, sepa al menos qué nombres preguntar. Ese domingo estoy segura de que me iré.
El lunes 17 de octubre Tuno llama a mi puerta con una propuesta distinta.
Ha traído un anexo de contrato. Me ofrece prórroga, una renta estable durante los años siguientes y la promesa de que revisarán las humedades de mi vivienda.
Al final del anexo hay una declaración ya redactada: que no tengo conocimiento directo de irregularidades imputables a la gestión y que no participaré en reclamaciones sobre hechos que no puedo acreditar. Tuno deja el bolígrafo encima.
Le digo que sí he visto cosas.
—Haber visto una conversación no es saber por qué ocurrió —contesta.
Repaso la cláusula. Lo que vi y lo que puedo demostrar no son lo mismo, me digo. Firmo a las ocho y media, antes de ir al trabajo. No aviso a Alodia. Cuando vuelvo por la noche, encuentro su puerta cerrada. Los Cuarte continúan allí unas semanas; después se marchan. Nunca sé en qué condiciones.
Quince años después, Hada espera en la entrada de mi piso mientras yo pienso en la última llamada de Alodia, la que no contesté.