El siguiente inquilino (Lo que pasó después 2) XI
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XI

La revisión del segundo B se hace a las seis y veinte.

Tuno llega con una administrativa que recorre las habitaciones, toma fotografías de los contadores y anota que una de las ventanas tiene el cierre gastado.

Hay polvo en el hueco donde estaba el frigorífico.

La mujer dice que lo incluirá en el acta de entrega y que después se determinará, conforme corresponda, si tiene alguna repercusión en la fianza.

—¿Tienes observaciones? —me pregunta.

La firma del acta no incluye ninguna renuncia relacionada con Hada.

Leo el documento, incluida la parte pequeña sobre desperfectos, antes de escribir mi nombre.

Compruebo que han anotado los contadores como los fotografié y pido una copia.

Me la envían por correo. La administrativa espera a que confirme que la he recibido.

Una vez vacío, el piso parece más pequeño.

En el dormitorio quedan las sombras claras de los muebles sobre la pared, y en la cocina los azulejos conservan la huella de una estantería que instalé al entrar.

Me obligo a mirar cada estancia una última vez, aunque ya he decidido que no me llevaré ningún objeto que haya olvidado.

He dejado la casa razonablemente limpia.

Cierro el agua, compruebo las persianas y salgo.

En el rellano me espera Ibón con sus gafas buenas. Lleva una hoja en la mano.

—He leído lo que me has dado —dice—. Hay una fecha que no comparto. Has escrito que vi a dos hombres el viernes 14, pero no estaba en el edificio esa noche. Aquella noche cené con mi sobrino. Lo sé porque se empeñó en hacer una sopa con curry y se me quedó el olor en el abrigo tres días.

—Entonces la quitamos.

—Y donde dice «en representación de los vecinos», también. Yo no represento a nadie. Soy Ibón Aroz y puedo hablar de las fotos que hice.

Corregimos la frase con un bolígrafo que Ibón lleva prendido en el bolsillo.

Se niega a firmar mientras haya añadidos a mano y me pide una copia limpia para el lunes.

Saco de la mochila la reproducción de mi carta de 2011, con una nota firmada que indica cuándo la encontré, dónde estuvo oculta y que fui yo quien la escribió.

Ibón la lee, la dobla con cuidado y me dice que la guardará en su archivador de la comunidad, en una carpeta aparte de su propia declaración.

—En 2011 tenías muchas carpetas —me dice, al verme guardar el papel—. Me acuerdo porque parecían todas iguales. Era imposible encontrar una factura cuando venías a ayudarme.

—Ahora uso colores.

—Ya era hora.

Nos reímos con una discreción impropia de una despedida. Ibón se marcha a preparar la cena y yo bajo con la mochila y la planta.

Hada aparece en el primer tramo de escalera.

Lleva una sudadera que no le había visto y el teléfono en la mano.

La pantalla muestra un nuevo correo de Pórtico, recibido hace cinco minutos.

En él se confirma que han recibido la reclamación, anuncian una revisión complementaria de la instalación para el lunes 19 de octubre y mantienen abierta la propuesta de entrega de llaves, a la espera de una respuesta de la arrendataria.

Sobre la supuesta solicitud verbal del martes no dicen nada.

—Por lo menos ya hay una fecha para el técnico —dice Hada—. Pero sigue apareciendo lo de la salida voluntaria.

—Lo has impugnado por escrito.

—Sí. El lunes llevo también esto a la asesoría. Esta noche Nela se queda con mi hermana, y yo voy a dormir un rato antes del turno. Por lo que me han dicho esta mañana, no tengo que usar el lavabo que pierde agua hasta que revisen la bajante. Lo he dejado cerrado.

Guarda el teléfono. Miro la bolsa de documentos que lleva colgada del hombro. Tiene la cremallera rota; la sujeta con un imperdible.

—¿La carta? —pregunta.

—Ibón tiene una copia con mi nombre y la fecha del hallazgo. La original sigue conmigo; la asesora también ha visto una reproducción. Tú tienes las fotografías.

—Pon también que la escribiste tú. Es lo que faltaba entonces.

—Lo pondré.

Hada baja hasta el portal. Tuno ha desaparecido. La administrativa cierra una ventana y se despide de nosotras con una inclinación de cabeza. Cuando salimos a la calle empieza a llover despacio. Nela estaría encantada de pisar los charcos; Hada lo comenta sin darse cuenta y después se ríe, agotada.

—Se va a enfadar porque no la he ido a buscar yo —dice—. Tendré que explicarle algo mejor que lo de las tuberías.

—A lo mejor le basta con que vayas mañana.

—Ojalá. Le dije que íbamos a hacer magdalenas el domingo y no se me da nada bien calcular las cantidades.

—He traducido manuales de hornos industriales. Todo viene por kilos.

—Pues no te invito, que me dirías que falta presión nominal.

Es la primera vez que se permite bromear conmigo desde que leyó el contrato. Se coloca bien la correa de la bolsa. Antes de cruzar me pregunta si tengo modo de hacerle llegar la copia de la carta a la asesoría, y le digo que sí.

Nos despedimos en la esquina. Ella gira hacia su calle, donde intentará dormir antes del turno, y yo camino hasta la parada del autobús con la planta bajo el brazo.

Al sentarme encuentro en el bolsillo pequeño de la mochila el sobre de nómina en que guardé la carta de 2011.

Está vacío; el original va dentro de su funda, con las otras copias.

En la nota constan la fecha y mi firma. El sobre tiene todavía una costra de yeso en el pliegue.

El autobús tarda nueve minutos. En ese tiempo Ofelia me manda una fotografía del salón nuevo.

Ha dejado el sofá donde quiso y sobre él ha colocado la lámpara sin pantalla que encontró entre las cajas.

Le respondo que no toque los cables y que lleve el vino blanco a la nevera.

Mi hermana escribe: «Ya está. Y se enfría».

Coloco la funda con la carta junto al contrato nuevo, donde no se doblará. La lluvia se ha vuelto más firme. Cuando llega el autobús, tengo que proteger la maceta con el cuerpo mientras subo. El conductor espera a que encuentre dónde apoyarla antes de cerrar la puerta.