Capítulo 15
Lo Que Queda
✦ DANTE ✦
No debí haber hecho aquello.
Me quedé mirando el techo a las tres de la madrugada con eso en la cabeza, el apartamento en silencio, el ruido distante de París afuera. No debí haberlo hecho y lo sabía antes de hacerlo y lo hice de todos modos, y la parte más honesta de mí reconocía que lo haría de nuevo.
Ese era el problema.
Isadora había ido a su cuarto después. No de forma abrupta —se había quedado un momento, la frente todavía apoyada en la mía, y después se había apartado despacio con esa expresión que no lograba leer del todo porque era nueva, no la había visto antes en ella.
Había dicho buenas noches con la voz callada. Había cerrado la puerta.
Y yo me había quedado en la sala con París afuera y veinte años de líneas claras completamente inutilizables.
Marcos Vellano me pagaba. Desde hacía seis años. Había una lealtad ahí —no afecto, sino lealtad profesional, del tipo que sostiene la reputación y la continuidad del trabajo. Cruzar esa línea con su hija era exactamente el tipo de cosa que había visto destruir a otros hombres en esta profesión.
Veía el problema con claridad.
Veía también que Marcos había usado a su hija como moneda de cambio y que el hombre que me pagaba desde hacía seis años no era el hombre que yo había creído que era.
Eso cambiaba la ecuación.
A las cuatro desistí de dormir. Fui a la cocina, hice café, me senté en la mesa con el laptop y trabajé hasta que salió el sol.
Cuando Isadora salió del cuarto a las ocho y media, yo seguía en el mismo lugar.
Se detuvo en la entrada de la cocina. Cabello suelto, camisón, pies descalzos sobre el piso de madera. Me miró.
—¿Dormiste? —dijo.
—Algunas horas.
Conocía la mentira. No dijo nada.
Fue hasta la cafetera, sirvió dos cafés sin preguntar, puso uno frente a mí y se quedó de pie del lado opuesto de la mesa con el suyo.
—¿Me vas a decir que fue un error? —dijo.
La miré.
—No —dije.
Se quedó callada un segundo.
—¿Pero? —dijo.
—Pero tenemos cosas que resolver antes de cualquier otra conversación.
—Lo sé.
—Tu padre—
—Lo sé, Dante.
Se quedó mirándome con esos ojos directos. No era impaciencia —era ella diciendo que entendía el peso y no necesitaba que le explicara cada capa.
Siempre había sido así con ella.
—¿Cuándo lo llamo? —dijo.
—Hoy. Cuanto antes.
Asintió. Bebió el café. Miró por la ventana.
—Tengo miedo de que no escuche —dijo, en voz baja.
—Va a escuchar.
—No puedes saber eso.
—Conozco a tu padre desde hace seis años. —Hice una pausa—. Es capaz de muchas cosas, pero no es tonto. Cuando entienda lo que está en juego, va a escuchar.
Se quedó mirando el café un momento.
—¿Y si no logro convencerlo?
—Entonces pensamos en otra cosa.
—¿Tienes otra cosa?
—Todavía no. Pero la tendría.
Levantó la vista.
—Eres imposible de sacudir —dijo.
—Lo fui —dije—. Aprendí a no mostrarlo.
Eso quedó en el aire.
Puso la taza en el fregadero, fue a su cuarto, y volvió quince minutos después vestida y con el celular en la mano.
—Voy a llamar desde el cuarto —dijo—. Tú te quedas aquí.
—Claro.
Fue hasta la puerta del cuarto y se detuvo.
—Dante.
—Sí.
—Si sale mal —dijo, sin darse la vuelta—, no desaparezcas. ¿Está bien?
Me quedé callado un segundo.
—No voy a ninguna parte —dije.
Entró. Cerró la puerta.
Fui hasta la ventana y me quedé mirando la calle. La panadería de enfrente, la gente pasando, el sol de París que no calentaba pero iluminaba todo con esa claridad fría.
Veinte minutos después la puerta se abrió.
* * *
✦ ISADORA ✦
Mi padre contestó al primer timbre.
—Isadora.
—Papá. Necesito que escuches.
Una pausa.
—Estoy escuchando.
Me senté en el borde de la cama. Respiré una vez. Y conté todo —sin emoción, sin acusación, de la forma más directa que logré. Milán, Reiter, la holding en Luxemburgo, los tres contratos, el asiento en el directorio que él tenía.
Se quedó callado mientras yo hablaba.
Cuando terminé, el silencio duró tanto que pensé que se había cortado la llamada.
—¿Dónde te enteraste de esto? —dijo, por fin.
—No importa.
—Importa mucho, Isadora—
—Papá. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Puedes seguir con miedo de Reiter, o puedes cancelar ese contrato y ver cómo se derrumba su estructura. Esas son las opciones.
—No es tan simple—
—Es exactamente así de simple. Léa —la persona que armó este análisis— dijo que si el contrato cae, la holding queda expuesta. Reiter va a replegarse. La deuda desaparece porque él no va a querer dejar rastro de que fuiste tú quien lo debilitó.
—¿Y si no se repliega?
—Entonces asumes ese riesgo. Pero ahora mismo no estás asumiendo ningún riesgo —estás esperando que alguien más tome una decisión por ti.
Silencio.
—Cambiaste —dijo.
—Fui yo misma —dije—. Tú eras el que no me conocía.
Otro silencio. Más largo.
—Isadora —dijo, por fin. La voz distinta. Más pequeña, de alguna forma—. No pretendía—
—Sé lo que pretendías, papá. Y sé que creías que lo ibas a resolver antes de que yo necesitara saberlo. —Hice una pausa—. Pero necesitaba saberlo. Y ahora lo sé. Y ahora te estoy diciendo lo que tienes que hacer.
El silencio esta vez fue distinto a todos los demás.
—Necesito verificar algunas cosas antes de comprometerme —dijo.
—¿Cuánto tiempo?
—Veinticuatro horas.
—Tienes doce.
Una pausa.
—Está bien —dijo.
Colgó.
Me quedé sentada en la cama con el celular en la mano. El cuarto estaba en silencio, la luz de París por la ventana, el rumor sordo de la calle allá abajo.
Estaba temblando levemente. No de miedo —de descarga. El tipo de temblor que llega después, cuando el cuerpo procesa lo que la cabeza sostuvo durante la conversación.
La puerta sonó suave.
—Puedes entrar —dije.
Dante abrió. Se quedó parado en la entrada, me miró, y leyó todo en mi rostro sin que necesitara decirlo.
—¿Cómo te fue? —dijo.
—Va a verificar y me llama en doce horas.
Dante asintió.
—Lo hiciste bien.
—Estaba temblando mientras hablaba.
—Lo sé. —Pausa—. Y aun así.
Me levanté de la cama.
Fui hacia él —era lo que quería hacer, era lo que tenía sentido— y apoyé la frente en su pecho sin decir nada.
Se quedó quieto un segundo.
Después sus brazos vinieron, despacio, y me envolvieron.
No era un beso. No era más que eso. Era solo eso —la frente en su pecho, los brazos alrededor de mí, el latido de su corazón que era más rápido de lo que su voz calmada sugería.
Me quedé así un tiempo que no medí.
—Dante —dije, contra la tela de la camisa.
—Mm.
—Gracias por quedarte.
No dijo nada.
Pero los brazos apretaron un poco más.
* * *
✦ DANTE ✦
Nos quedamos así un tiempo.
No sé cuánto. No lo conté.
Su frente en mi pecho, mis brazos alrededor de ella, el apartamento en silencio a nuestro alrededor. Todavía podía sentir el temblor leve —no miedo, sabía distinguir el temblor del miedo. Era el otro tipo, el de después, cuando el cuerpo suelta lo que sostuvo.
Había hablado con su padre.
Le había dado el camino y el plazo y no se había disculpado por ninguno de los dos. Lo había oído desde la sala —no las palabras, pero el tono. Firme. Sin retroceso.
Veinte años.
A veces lo olvidaba.
Cuando se apartó fue despacio, sin prisa, y me miró de abajo hacia arriba con esa expresión que ahora lograba leer mejor —no del todo, pero más que al principio.
—¿Hambre? —dijo.
Algo en el pecho se aflojó por completo.
—Sí —dije.
—Hay una panadería aquí abajo.
—La vi.
—¿Vamos?
Fui a buscar el abrigo.
Salimos. París afuera —el frío seco, el sol blanco, la calle empedrada con las tiendas abriendo. Ella caminó a mi lado con las manos en los bolsillos del abrigo gris, el cabello suelto en el viento frío.
En la panadería, pidió en francés con ese acento que no era fluido pero tenía confianza, y el hombre detrás del mostrador respondió sin poner cara. Yo pedí lo mismo.
Nos sentamos en una mesita afuera a pesar del frío, porque ella quiso y porque París era mejor así, afuera.
Comimos sin hablar.
Era el mejor silencio que había tenido en mucho tiempo.
—Dante —dijo, en algún punto del café.
—Mm.
—Cuando todo esto termine.
Levanté la vista.
Me estaba mirando con esa forma directa suya, sin rodeos.
—Quiero conocerte fuera de esto —dijo—. Fuera de mi padre, fuera de Reiter, fuera de todo esto. Solo tú.
Me quedé callado un segundo.
Había todas las razones prácticas. La diferencia de veinte años. El mundo en el que yo vivía, que no era compatible con el suyo. La salida que todavía no había terminado de construir.
Estaba todo eso.
Y estaba ella del otro lado de la mesita con un café en la mano y París detrás de ella y esos ojos que no pedían una respuesta fácil.
—Está bien —dije.
Era la respuesta más simple que había dado en veinte años.
Y la más verdadera.
Ella no sonrió exactamente. Pero había algo en su rostro que era mejor que una sonrisa.
Bebimos el café.
París siguió a nuestro alrededor, indiferente y enorme y completamente ajena.
Y por un momento —un momento específico, entre el café y el final del croissant y el viento frío de la calle— nada más tuvo peso.