El Sicario de Mi Padre Capítulo 14
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Capítulo 14

Marais

✦ ISADORA ✦

Desperté con luz.

No el sol gris de Roma ni la garúa de Lisboa —luz de París, blanca y directa, entrando por la ventana sin pedir permiso. Me quedé mirando el techo un momento intentando recordar dónde estaba, y después recordé y el peso volvió, pero más liviano de lo que esperaba.

Eran las nueve de la mañana.

Me levanté, fui hasta la ventana. La calle allá abajo estaba viva —la panadería del otro lado ya abierta, una fila de cuatro personas en la acera, un hombre en bicicleta pasando con una baguette bajo el brazo como si fuera lo más natural del mundo.

Me reí sola.

Fui a la cocina. Dante no estaba —la sala vacía, el sofá arreglado, una taza lavada en el escurridor. Una nota en la encimera, escrita a mano en letra pequeña e inclinada:

Reunión hasta el mediodía. No salgas. —D

Miré la nota un segundo.

Después tomé el abrigo, el bolso, y salí.

No era desobediencia. Era París.

La calle del apartamento era estrecha y estaba llena de ese estilo específico de las calles del Marais —tiendas pequeñas, galerías, una tienda de discos antigua con la puerta abierta y música saliendo, un café con mesas en la acera donde tres personas fumaban y conversaban sin ninguna prisa.

Compré un café y un croissant en el mostrador de una panadería y comí caminando, algo que en Lisboa habría sido impensable pero en París parecía la única forma correcta de hacerlo.

Llamé a Clara.

Contestó al primer timbre.

—Isa. Estaba a punto de llamar a la policía.

—Estoy bien.

—¿Sigues en Roma?

—París.

Silencio.

—París —repitió.

—Sí.

—Isadora Vellano, me vas a contar qué está pasando.

Caminé un poco más antes de responder.

—Hay mucho que todavía no puedo contarte. Pero estoy bien. Lo prometo.

—Ese hombre —dijo Clara—. El que trabaja para tu padre.

—Dante.

—Dante. —Una pausa pequeña en la forma en que dijo el nombre—. ¿Estás bien con él?

Me detuve frente a la vitrina de una librería de usados sin mirarla realmente.

—Estoy —dije.

—¿Bien como amigo o bien como—

—Clara.

—Pregunto porque usaste un tono cuando dijiste su nombre.

—No usé ningún tono.

—Isadora. Doce años.

Cerré los ojos un segundo.

—Es complicado —dije.

—Siempre lo es —dijo—. ¿Pero estás bien?

—Estoy.

—Entonces está bien. —Una pausa—. ¿Es guapo?

—Clara.

—Solo pregunto.

—Sí —dije—. Lo es.

No dijo nada un segundo. Después:

—Cuídate, Isa.

—Me cuido.

Colgué.

Me quedé parada en la acera con el café enfriándose en la mano y París alrededor —el ruido, el olor, esa energía que no era urgencia pero tampoco era calma, era otra cosa, una frecuencia propia.

Mi padre había llamado de madrugada. Lo había visto al despertar y no había contestado.

Eso iba a tener que cambiar en algún momento.

Pero todavía no.

* * *

✦ DANTE ✦

El contacto en París se llamaba Léa.

Cuarenta y pocos años, cabello corto, lentes de armazón fina.

Trabajó diez años en una de las mayores firmas de auditoría de Europa antes de descubrir que ganar dinero rastreando el dinero ajeno era más rentable que auditarlo legalmente.

No era criminal —se movía en una zona gris que conocía mejor que nadie.

Nos encontramos en un café del cuarto distrito. Ya estaba ahí cuando llegué, café en mano, el laptop abierto en la mesa.

—Reiter —dijo, cuando me senté, sin preámbulo—. Vi el nombre en tu mensaje e hice algunas búsquedas antes de venir.

—¿Y?

—Y el hombre tiene una estructura financiera elegante. Difícil de atacar directamente. —Giró el laptop hacia mí—. Pero tiene un punto débil.

Miré la pantalla.

—Una holding en Luxemburgo —seguí, leyendo.

—Que depende de tres contratos activos para mantener la apariencia de operación legítima. Si uno de esos contratos cae, la holding queda expuesta. Si la holding queda expuesta, Reiter pierde el escudo legal que protege todo lo que hay debajo.

—¿Cómo tumbamos un contrato?

—Ustedes no lo tumban. —Cerró el laptop—. Pero la persona correcta, con acceso al directorio de la empresa correcta, puede volver un contrato lo bastante inconveniente como para que se cancele por iniciativa propia.

—¿Quién es esa persona?

Léa me miró.

—¿Conoces a Marcos Vellano? —dijo.

Me quedé callado.

—Vellano tiene un asiento en el directorio de una de las tres empresas —continuó—.

Si cancela el contrato con la holding de Reiter, cae el dominó.

Reiter pierde el escudo, necesita replegarse, y una deuda pendiente con un socio que acaba de debilitar su estructura se vuelve un costo innecesario que va a querer cerrar discretamente.

—Estás diciendo que Marcos puede librarse de la deuda destruyendo la protección de Reiter.

—Estoy diciendo que es la única salida limpia que encontré.

—¿Por qué haría eso? Le tiene miedo a Reiter.

—Porque alguien tendría que mostrarle que tiene más que ganar que perder. —Me miró por encima de los lentes—. Tú no serías la persona indicada para eso, Dante. Pero su hija sí.

Cerré los ojos un segundo.

—Tendría que hablar con su padre —dije.

—Tendría que convencer a su padre. Es distinto.

Salí del café a las once y cuarenta.

Caminé de vuelta por el Marais con las manos en los bolsillos y el sol de París en la cabeza, pensando.

Isadora tendría que volver a su padre. No como hija obediente, no como moneda de cambio —como la persona que tenía la información que él necesitaba para salir del pozo que había cavado.

Era la salida limpia.

Pero significaba ponerla de nuevo en ese ambiente, con ese hombre, después de todo lo que había descubierto en los últimos días.

Entré al apartamento.

La sala estaba vacía.

Miré la encimera. La nota seguía ahí. La taza en el escurridor.

Isadora no estaba.

Fui hasta la ventana.

Estaba en la calle allá abajo, apoyada en la pared del edificio de enfrente, el café en la mano, mirando la vitrina de una tienda de discos. Abrigo gris, cabello suelto, los tacones cambiados por los tenis que tenía en la maleta.

Viva. Bien. París alrededor de ella como si siempre hubiera sido así.

Algo en el pecho se aflojó.

Después se endureció de nuevo porque había salido después de que le dijera que no saliera y yo iba a tener que hablar de eso.

* * *

✦ ISADORA ✦

Estaba escuchando el disco que sonaba en la tienda cuando lo sentí.

No oí pasos —nunca oía sus pasos. Solo sentí la presencia antes de que apareciera a mi lado en la acera, las manos en los bolsillos, mirando la vitrina junto a mí.

—La nota decía que no salieras —dijo.

—Vi la nota.

—Isadora.

—Dante. —Me volví hacia él—. Estaba bien. Fui a una panadería y llamé a Clara. Me quedé en esta calle todo el tiempo.

Me miró.

Había algo distinto en su rostro —no era rabia. Era eso que había visto en la ventana del apartamento de Roma, su versión de la preocupación, que no se llamaba así pero era eso.

—Sorel sigue suelto —dijo, la voz baja.

—Lo sé.

—Si te encuentra sin mí—

—Lo sé —repetí—. Perdón.

Se quedó mirándome un segundo.

Después miró el disco en la vitrina.

—¿Cuál estaba sonando? —dijo.

Hice una pausa, sorprendida por el cambio.

—No sé el nombre. Jazz. Algo con trompeta.

Asintió.

Nos quedamos los dos parados en la acera un momento, el disco sonando por la puerta abierta de la tienda, París alrededor, el sol blanco y frío de marzo.

—La reunión —dije—. ¿Cómo te fue?

—Tengo una salida.

—¿Buena o complicada?

—Las dos.

Lo miré.

—Cuéntame.

—Aquí no. —Inclinó la cabeza hacia el apartamento—. Subamos.

Caminamos de vuelta en silencio. En la escalera, iba un paso detrás de mí, como de costumbre, y yo sentía eso —esa conciencia constante de la distancia entre nosotros, que era menor que al principio y que seguía disminuyendo sin que ninguno de los dos hiciera nada declarado.

Entramos al apartamento.

Él fue hasta la ventana. Yo fui hasta el sofá y me senté, me abracé las rodillas contra el pecho, lo miré.

—Cuéntame —dije de nuevo.

Se quedó de espaldas un segundo. Después se dio la vuelta.

—Vas a tener que hablar con tu padre —dijo.

El apartamento quedó en silencio.

—Explicarle —continué, en su lugar.

—Convencerlo. Hay una diferencia.

Me quedé mirándolo.

—¿Y crees que puedo?

Dante me miró un largo momento.

—Creo que logras cosas que la mayoría de la gente no logra —dijo—. Y tu padre, en el fondo, lo sabe.

No era consuelo. Era lo que de verdad pensaba.

Me levanté del sofá.

Fui hacia él —no rápido, sin prisa— y me detuve a una distancia que no era la distancia de trabajo ni la distancia de extraños. Era la distancia de algo que todavía no tenía nombre.

—Cuando todo esto termine —dije, en voz baja—. ¿Qué pasa contigo?

Se quedó callado.

—No sé —dijo, por fin.

—Con nosotros —dije—. Qué pasa con nosotros.

La palabra salió antes de que decidiera dejarla salir. Pero no me arrepentí.

Dante me miró. Los ojos oscuros, la línea leve entre las cejas, esa expresión que había pasado días intentando nombrar y que ahora, de cerca, lograba ver con más claridad.

Era deseo.

Contenido, controlado, con veinte años de disciplina encima.

Pero era eso.

Levantó la mano despacio —lo bastante lento como para que pudiera apartarme si quería— y apoyó los dedos en mi rostro, en la línea de la mandíbula, leve.

No me aparté.

—Isadora —dijo. La voz más baja que de costumbre.

—Lo sé —dije—. Sé todo lo que vas a decir. La diferencia de edad. Mi padre. El trabajo. Lo sé.

—¿Y?

Lo miré de abajo hacia arriba.

—Y sigo aquí.

Sus dedos en mi mandíbula. El apartamento en silencio. París afuera, indiferente y enorme.

Se inclinó despacio.

Y me besó.

No era el beso de alguien que olvidó las razones para no hacerlo —era el de alguien que las conoce todas y elige de todos modos. Lento, firme, con esa contención que era solo suya convertida en otra cosa.

Levanté las manos y las puse en su pecho.

Profundizó el beso un poco más.

Después se detuvo. Se apartó lo justo. Su frente apoyada en la mía, los ojos cerrados un segundo.

—Esto complica todo —dijo.

—Lo sé —dije.

—Isadora—

—Dante. —Puse la mano en su rostro—. Lo sé.

Abrió los ojos.

Y me miró de una forma en que nadie me había mirado antes.