El Sicario de Mi Padre Capítulo 11
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Capítulo 11

El Vestido

✦ ISADORA ✦

Dante salió a las diez de la mañana y volvió a las doce con dos bolsas.

Puse el libro que fingía estar leyendo sobre la mesa y lo miré cuando entró. Dejó las bolsas en el sofá sin ceremonia.

—La cena es a las ocho —dijo—. Ambiente formal. Vas a necesitar algo adecuado.

Miré las bolsas.

—Compraste ropa para mí.

—No sabía la talla exacta. Traje dos opciones.

Abrí la primera bolsa. Vestido negro, tela pesada, corte recto. Clásico, discreto, el tipo de cosa que desaparece en una sala llena de mujeres vestidas para que las noten.

Abrí la segunda.

Este era distinto. Vino oscuro, casi burdeos, con un escote que no era agresivo pero tampoco pedía disculpas. La tela caía de una forma que supe, incluso antes de probármelo, que iba a funcionar.

Miré a Dante.

Me estaba mirando de vuelta con esa expresión neutra.

—¿Cuál te parece? —pregunté.

—No es mi decisión.

—Te estoy pidiendo tu opinión.

Una pausa.

—El segundo —dijo.

Tomé el vestido burdeos y fui al baño.

Cayó exactamente como lo imaginé. El espejo del baño era pequeño y estaba empañado en los bordes pero era suficiente para ver lo suficiente. Me miré un momento —el corte del escote, la forma en que la tela se ajustaba en la cadera y caía suelta abajo, el color contra mi piel.

Salí del baño.

Dante estaba de pie junto a la ventana, de espaldas. Se volvió cuando oyó mis pasos.

Se quedó callado un segundo.

No era el silencio de siempre —el controlado, profesional. Era un segundo distinto, más corto, antes de que volviera a organizar el rostro.

—Funciona —dijo.

—¿Solo funciona?

Me miró.

—Funciona bien —dijo.

Volví al baño a quitarme el vestido y cuando salí de nuevo él ya tenía el laptop abierto en la mesa, el rostro cerrado en modo trabajo.

Me senté en la silla de al lado.

—Cuéntame el plan —dije.

Giró el laptop hacia mí. Había un documento abierto —nombres, un mapa del restaurante, una lista corta de temas.

—Entramos como pareja —dijo—. No hay otra cobertura que tenga sentido en una cena de este tipo. Dos extranjeros juntos levantan menos preguntas que dos extranjeros separados.

Miré el documento.

—Pareja —repetí.

—Es cobertura —dijo. Voz plana.

—Lo sé.

—Necesitas actuar natural. No exagerado —natural. Como si lleváramos el tiempo suficiente juntos como para no necesitar demostrar nada.

—¿Y tú?

—Yo llevo años haciendo esto.

Claro que sí.

—Reiter va a estar con dos hombres —continuó Dante—. Seguridad discreta, pero presente. No hace nada sin seguridad. El objetivo es acercarnos lo suficiente para tener una conversación real —no tú pidiendo una conversación. Él llegando hasta ti.

—¿Cómo hago eso?

—Siendo exactamente lo que eres.

Lo miré.

—¿Qué soy?

—Interesante —dijo, simplemente—. Y lo sabes.

Me quedé con eso.

—¿Y si me reconoce? ¿Por el apellido de mi padre?

—Ese es el objetivo. Va a reconocer el apellido. Lo que no puede pasar es que parezca que te mandaron. Llegaste por cuenta propia, por tus propias razones, y tu padre es solo contexto.

—Eso no es exactamente mentira.

—No lo es —concedió.

Cerró el laptop.

—Tenemos el día —dijo—. Descansa. Come algo. A las siete te cuento el resto.

—¿Hay un resto?

—Siempre lo hay.

* * *

✦ DANTE ✦

A las siete menos veinte toqué la puerta del cuarto.

—Puedes entrar.

Entré.

Estaba frente al espejo pequeño con un labial oscuro en la mano, casi lista, el cabello recogido en un moño bajo que dejaba el cuello al descubierto. El vestido burdeos. Los tacones que había traído en la maleta —negros, simples, correctos.

Me quedé parado en la puerta un segundo más de lo debido.

—El resto del plan —dijo ella, sin darse la vuelta, aplicándose el labial.

Entré del todo. Fui hasta la ventana.

—Si en algún momento te toco el brazo dos veces, buscas un motivo para alejarte cinco minutos. Si te toco una vez y mantengo el contacto, te quedas donde estás. Si digo que necesito aire, salimos.

—Código —dijo ella.

—Sí.

—¿Y si necesito salir por mi cuenta?

—Me miras. Solo eso. Yo me encargo del resto.

Se dio la vuelta.

De frente, con la luz débil del cuarto, era distinta a la del espejo. El labial oscuro, el moño bajo, esos ojos que siempre fueron directos pero que ahora tenían algo más —concentración, o tal vez solo la versión de ella que aparecía cuando estaba por hacer algo difícil.

—¿Estoy bien? —preguntó.

Era una pregunta simple y debí haber dado una respuesta simple.

—Sí —dije.

Asintió. Tomó el bolso pequeño que estaba sobre la cama.

—Dante.

—Mm.

—Si sale mal esta noche.

—No va a salir mal.

—Pero si sale.

Me quedé callado un segundo.

—Si sale mal, te saco de ahí —dije—. Eso no está en discusión.

Me miró un momento.

Después fue hasta la puerta.

Salimos.

* * *

✦ ISADORA ✦

El restaurante en el Aventino era el tipo de lugar que no necesitaba anunciarse.

Sin letrero en la entrada, solo un número en bronce discreto en la pared de piedra. La puerta de madera oscura abierta por un hombre de traje que nos miró con esa mirada de quien evalúa y decide en dos segundos. Dante dijo un nombre —no el suyo, no el mío— y el hombre nos dejó pasar.

Adentro, luz baja y cálida. Mesas alejadas unas de otras, espacio entre las personas, el tipo de ambiente donde las conversaciones no se mezclan porque hay distancia suficiente para eso. El olor a carne y vino y algo de madera quemándose en una chimenea que no veía pero sentía.

Sentí la mano de Dante en la parte baja de mi espalda.

Leve. Solo lo suficiente para guiar, o para parecer que guiaba. Pero estaba ahí, cálida a través de la tela, y tuve que concentrarme en mirar el salón como si estuviera acostumbrada a ese contacto.

No lo estaba.

Nos llevaron a una mesa lateral. Dante me corrió la silla sin convertirlo en un gesto —solo pasó, natural, como si fuera costumbre. Me senté. Él se sentó del lado opuesto, de espaldas a la pared, con vista de todo el salón.

—Mesa del fondo a la izquierda —dijo, en voz baja, abriendo el menú.

No miré de inmediato. Tomé el menú, fingí leer, y después levanté la vista despacio como quien solo está observando el ambiente.

Reiter.

Más viejo que en las fotos, o tal vez las fotos eran antiguas.

Cabello rubio casi todo blanco ahora, rostro ancho, esos ojos claros que incluso a la distancia tenían algo frío.

Estaba hablando con una mujer a su lado —rubia, elegante, el tipo de presencia que existe para complementar y no para competir.

Dos hombres en una mesa cercana. Demasiado discretos para ser invitados.

—Me vio —dije, en voz baja.

—Lo sé —dijo Dante, sin levantar la vista del menú—. No reacciones.

No reaccioné.

Pedí el vino cuando llegó el mesero. Dante también pidió. Conversamos —de verdad, no en broma, porque eso era lo que exigía el plan y porque había algo extrañamente fácil en hablar con él cuando el peso de los últimos días salía de escena por un momento.

Me contó algo sobre la Roma antigua que tenía que ver con la colina donde estábamos. Le dije que no lo sabía. Explicó con esa economía de palabras que era solo suya.

Y me reí.

De verdad, no como parte de la actuación.

Lo sentí antes de verlo —esa conciencia de ser observada que llega antes de que puedas confirmarla. Levanté la vista despacio.

Reiter me estaba mirando.

No con urgencia. Con atención calma, el tipo de mirada de quien reconoce algo y está decidiendo qué hacer con ese reconocimiento.

No aparté la vista.

Sostuve la mirada dos segundos —no como desafío, solo presencia— y después volví a Dante.

—Va a venir —dije, en voz baja.

Dante bebió el vino.

—Lo sé —dijo.

Diez minutos después, los pasos.

—Disculpen la intrusión.

La voz de Reiter era más suave de lo que esperaba. Acento austríaco leve, el italiano con una cadencia distinta. Se quedó de pie junto a nuestra mesa con esa postura de hombre acostumbrado a ser bien recibido.

Levanté la vista.

—No hay intrusión —dije.

—Creo que nos conocemos —dijo él, mirándome—. O deberíamos conocernos. Vellano, si no me equivoco.

Sentí a Dante completamente inmóvil del otro lado de la mesa.

—Isadora —dije—. ¿Y usted es?

Sonrió. Era una sonrisa que sabía exactamente lo que era.

—Alguien que conoce bien a tu padre —dijo.